Los Derechos Humanos de las lechugas y las estatuas

Santa Sofía, la antigua iglesia ortodoxa de la Santa Sabiduría de Dios (que tal es el nombre original del monumento desde el año 360 d.C.) volverá a ser una mezquita por decisión de Erdogan.

Tras casi 90 años desacralizada y transformada en museo, el líder otomano aspira a convertir a Turquía en la puerta de islamización de Europa con sus políticas migratorias.

La Unesco mira de reojo y realiza una advertencia de que el monumento podría perder su catalogación como Patrimonio de la Humanidad, cosa que a nadie asusta, desde luego, y a Erdogan menos que a nadie.

Poco asombro más puede causar en Occidente que ocurra de ese modo y menos en España, donde la erdogana Carmen Calvo se prepara para ‘resignificar’ el Valle de los Caídos como los talibanes ‘resignificaron’ en su día los budas del Valle de Bamiyán y las viejas ciudades asirias de Nínive y Nimrud…, o sea, echándolos abajo a martillazo limpio.

La propuesta es más sangrante por cuanto llega de la mano de una ex ministra de Cultura, lo que viene a subrayar el valor real que tiene para la izquierda esa palabra, idéntico al que le conceden los salvajes.

La iconoclasia zurda la ha emprendido en todo Occidente contra las estatuas, las obras de cine y de la literatura, de modo que nadie se podrá extrañar de que el nuevo sultán resitúe la diana y dinamite los símbolos que nos unen para convertirlos, como pretende la Calvo, en símbolos que nos separen.

La distancia física a la que nos obliga la pandemia de coronavirus es una metáfora más de lo que sucede, de forma que el separatismo catalán y vascongado podrían ser considerados meros síntomas de la enfermedad global que padecemos.

Muchos siglos de civilización (represión de los instintos) nos condujeron a ponernos de acuerdo en unas cuantas verdades, reales o inventadas, pero suficientes, como la de reconocer a todos los miembros de la especie humana en la dignidad esencial que nos iguala, sin distinción de raza, sexo, religión o nacionalidad.

Pero de un tiempo a esta parte la tarea parece descivilizatoria y cada cual puede aspirar a encontrar la diferencia que le otorgue alguna clase de agravio o de privilegio que tirarle a la cara a alguien por cualquier motivo, sea por su color, por sus gustos sexuales, por la pertenencia al grupo de machos o de hembras, por la autopercepción que cada uno tenga de sí mismo como gato o como marciano, etc.

Hay quienes incluso desean ampliar en ese reconocimiento al resto de seres vivos, de modo que terminaríamos por otorgarle derechos humanos a una lechuga, a un bosque o a un lagarto, aunque de momento andan con los caballos, les gallines o los simios.

Tal vez, llegados a ese punto en el dislate, la mejor alternativa fuese redefinir las categorías esenciales y rebajarle la condición a los defensores de tanta teoría absurda hasta que obtengan el certificado de pertenecer a una subespecie a medio camino entre el mundo mineral y el estado gaseoso…; no sé, lo mismo prueban y les gusta.

Marlaska, por ejemplo, creo que se ha fosilizado o se ha caído en el interior de una gota inmensa de ámbar que le impide mover los brazos, a la espera de que aparezca Spielberg con sus expertos de Jurassic Park y obtenga una proteína ancestral que le permita recobrar la ajetreada vida que tenía cuando los esquerros apedreaban en Vía Layetana a su ejército de policías y guardias civiles, abandonados a su suerte con un bocadillo de lonchas de queso y una botellita de agua.

A otro al que se le ha parado el aliento es al ministro de las pandemias, ahíto de salir en el plasma como una autoridad sin auctoritas ninguna. El flequillo se le ha petrificado o ha formado argamasa con la patilla de las gafas y están en el misterio de algún disolvente que permita separarlos a ver si coge el sueño.

Los ministros están de vacaciones, empezando por Castells, el de universidades, del que ahora dudo si su juramento y toma de posesión no habrán caducado por falta de uso o si es causa de nulidad, como rezaba el Derecho Canónico del matrimonio “ratum sed non consummatum”.

La que se ha quedado muda es Irene Montero, pero han tenido que recurrir al viejo truco de otorgarle una Visa Titanium, de modo que donde tenía un presupuesto de menos de 2 millones de euros, la señora ha tirado de tarjeta y se ha fundido más de cuatro kilos en sus gansadas de género y ha dejado temblando el proto presupuesto de Marisú Montero.

A Iglesias le tiemblan ahora las canillas después del batacazo galaico-vascongado, justo cuando apura sus últimos meses en el poder antes de que la Comisión Europea le descalabre el lomo con sus exigencias antes de prestarnos el dinero.

Yolanda Díaz no sé si es un clon de Antoñita la Fantástica o si aspira a ser el doble de Gracita Morales o de Lina Mogan. El otro día, en su tierra, durante el cierre de campaña, se mostraba emocionada porque había gente, dijo, que se le acercaba a celebrar la puesta en marcha de los ERTE como se aproximaban al Dr. Fleming para agradecerle el hallazgo de la penicilina. Y es que no hay nada tan abrumador como un verdadero ignorante.

Hay en el ambiente una especie de silencio como el que precede a las tragedias, una calma chicha amenazadora que anuncia la tormenta. El motivo no parece otro que la fría acogida que los mandatarios europeos de Holanda, Dinamarca, Austria y Suecia le están prestando a Sánchez en su ronda mendicante para que le salven el trasero.

Europa parece que no cede a los encantos de Súper Sánchez y lo que le exigen es que acabe de una vez con los experimentos socialcomunistas y olvide los separatismos, porque en la UE no cuela que Casado y Cayetana representen oscurantismo ni crispación de ninguna clase.

O sea, que deje de tirarse al suelo como si los defensas le hubieran roto una pierna, porque en el VAR se observa con detalle que lo suyo es un piscinazo, una representación y una monserga.

Hay algo que nos une más que nos separa: la ruina que tenemos encima, pero Sánchez prefiere que el país se siga dividiendo antes que dar su brazo a torcer. Seguirá mintiendo, o derribando estatuas, porque ya es una costumbre sin remedio.

He dicho.


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