Los cortacabezas en La Mareta

Hace más de 20 años que sigo con sumo interés los prolijos análisis sobre el Islam del politólogo y orientalista francés Gilles Kepel, quien, al menos desde los atentados del 11-S en Nueva York, sostiene que el aparente incremento de la virulencia del extremismo musulmán en el mundo es una muestra casi irrefutable de los estertores de la Yihad, la cual se encontraría al borde de una implosión definitiva que conducirá a un cambio de paradigma en la práctica de la fe islámica.

Se refiere a ello como si el Islam estuviese ya muy cerca de producir una suerte de Concilio universal o de Renacimiento que daría paso a un nuevo modo de coexistir consigo mismo y con el resto de doctrinas religiosas, incluido el laicismo de cualquier procedencia.

Créanme que hago votos por otorgarle la máxima credibilidad a la opinión de un especialista que me merece todo el respeto por la experiencia, conocimiento y profundas argumentaciones en las que apoya su tesis o su hipótesis, pero no logro matrimoniarlo con la realidad cotidiana en la que vivimos desde hace al menos dos décadas y nada me induce a pacificar su teoría con la abrumadora y pertinaz violencia que practican esas corrientes radicales dentro y fuera de sus fronteras, ni siquiera cuando vislumbro un posible choque final entre las dos fuerzas mayoritarias del Islam, la del sunnismo y la del chiísmo, capaces, sí, de perpetuarse e inmolarse en el afán sagrado del unitarismo, del Islam (y Dios) es sólo uno.

A juicio de Kepel, la Yihad “hacia fuera” se encontraría en fase de convertirse en una Fitna, una especie de guerra civil interna entre las diversas facciones que provocará una implosión que extinga y expulse de sí misma a las teorías más proclives al combate ciego, pero lo cierto es que el Islam más agresivo y violento no ha dejado de expandirse y de ganar posiciones cada vez más al sur de África y también en el Lejano Oriente, mientras fracasan con estrépito los intentos de integración en Occidente de sus practicantes.

En la Umma, cada vez que hay ocasión porque los esfuerzos occidentales se empeñan en implantarles democracias, los musulmanes terminan por votar masivamente a los Hermanos Musulmanes o a sus asimilados, como en Egipto, en Argelia o en Libia, donde los militares se vieron obligados a practicar nuevos golpes de Estado para recobrar un equilibrio de cordura que no les devolviera a la Edad Media afgana. Y es que no hay un sólo Estado de confesión mayoritariamente musulmana cuyo poder religioso no esté sometido al marcaje estrecho y al control militar. Y cuando eso no es así, tengan por seguro que reina la sharia.

Por lo demás, la experiencia histórica de las fitnas que se registraron en Al-Andalus en el siglo XI, que arrasaron el Alcázar de Córdoba y el Palacio de Medina Azahara y condujeron hacia los reinos de taifas, donde se independizaron hasta las coras más minúsculas e insostenibles, no concede el menor horizonte de optimismo a un fenómeno como el que pronostica Kepel.

Así las cosas, lo más preocupante de todo esto, me parece, es la falta de visión estratégica a largo plazo y de perspectiva histórica por parte de Occidente, en especial de EE.UU., que vuelve ahora con Biden a las andadas de Obama, promotor de las llamadas “primaveras árabes” que incendiaron el Mediterráneo y abrasó a Siria, todo ello favorecido por el control de las universidades norteamericanas gracias a la financiación de las petromonarquías, que imponen sus fantasías sobre el “Islam bueno” y el “Islam malo”, olvidando, otra vez, que el Islam es “sólo uno”, por definición y de manera absolutamente excluyente.

La izquierda no soporta que en el mandato de Trump todos los conflictos de impronta yihadista quedaran reducidos o apagados, pero no saben explicar por qué razón se oponían entonces a la invasión estadounidense y ahora claman porque las afganas volverán a la burka, a los latigazos y a las lapidaciones con un Biden visiblemente perturbado por sus patologías y una Kamala Harris en la sombra preparada para asumir la Presidencia y colocar a Michelle Obama, tal vez, de vicepresidenta. Dos mujeres no electas para hacerse cargo de un panorama desolador que otra mujer, Hillary Clinton, alimentó como secretaria de Estado. O sea, la gran hipermentira del feminismo.

En Kabul, la situación es trágica, mientras Sánchez se luce en Meyba en un palacete regalado por un rey jordano y continúa la incertidumbre sobre la repatriación urgente de los ciudadanos españoles, atrapados en un caos de ladrones y bandas armadas que impiden llegar al aeropuerto, protegido por helicópteros Apache para blindar en lo posible los despegues y aterrizaje de los aviones de transporte.

Más abrumador resulta comparar la actitud pretendidamente compasiva del Gobierno de Sánchez con la inmigración ilegal que llega a nuestras costas a los cuales otorga estatuto de refugiados y el silencio y pasotismo que acredita con los ‘fixers’ (traductores, guías, informadores, etc.) que durante los años de plomo trabajaron con lealtad para las tropas, periodistas y personal de la Embajada de España, ahora expuestos a su suerte, sin protección alguna frente a los cortacabezas que rodean ya la capital. No cabe ya mayor cinismo, indignidad e inmisericordia.

He dicho.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *