Los bikinis de Marisú

En la capital africana de un país netamente musulmán conocí a una joven secretaria de redacción, natural de allí pero que trabajaba para una agencia de prensa extranjera, que durante el día vestía a la usanza occidental e incluso usaba pantalón vaquero, pero que, por evitar gestos o miradas de reproche de los suyos, se negaba a aceptar una invitación a tomar café en el bar de abajo.

Cada tarde, cuando se marchaba a casa y según se aproximaba al populoso barrio en el que vivía con sus padres, la chica se embutía en un hiyab o un nikab que le evitase los insultos y el acoso de desconocidos y hasta de su vecindario.

La presión social a la que se veía sometida en su entorno más cercano (algo menos en el centro de la capital, donde se encontraba ubicada la sede de la agencia foránea en la que muy eficazmente se desempeñaba a diario) me recuerda demasiado a la situación que se vive con la izquierda en muchos pueblos y barrios de España, especialmente de Andalucía.

La zurda española (subrayo esto porque no hay en Occidente otra zurda igual de dogmática, atrabiliaria, tuerta, agreste, montaraz y matacuras como la carpetovetónica) es hoy una piscina inmensa de viscoso sectarismo en la que no pueden nadar ni ellos y en la que cualquier ocurrencia, disparate o contradicción toma su asiento como si fuese un trono.

A un buen zurdo le importa tres puñetas la inmisericorde falta de rigor de que las mascarillas sean innecesarias o las impongan tres días más tarde de forma obligatoria y por decreto. A un buen zurdo se la suda por completo la inoperancia, la corrupción o tener la certeza firme de que los actos en torno al 8-M no se prohibieron por el mero intento de aprovechamiento ideológico y, si murieron por miles, será cosa de los recortes de Rajoy o de los fachas.

Al zurdo español le trae al fresco la incompetencia o si le secuestran y le suspenden todos sus derechos fundamentales sin posible justificación en la pandemia. El zurdo patrio es un primor en hemiplejia moral, ideológica o intelectual y le tiene sin cuidado la negligencia de los suyos o que sus jefes de filas anuncien 29,5 millones para investigación sobre el virus y 76 millones para el sector de los culturetas que les hacen la ola y les extorsionan… ad maiorem gloriam. Y lo llaman interés general.

En muchas de las periferias de España (en especial de Andalucía) abunda ese clima de presión social que en la meninge plana como un chip que les gobierna sus dicterios se resume en un escupitajo indescifrable y sin significado: “facha”, eructan, y luego engullen el aero-red prodigioso de Carmen Calvo que alivia el conducto que les une el cerebro con el intestino grueso. Y así todo.

Ni siquiera tienen ocasión de percatarse de que esa falsa sensación de ‘mayorías’ en la que acostumbran a bañarse (“una minoría le ganó la guerra civil a la mayoría”, me espetó el otro día un cabeza de huevo) es un viento que da la vuelta cuando menos te lo esperas y en cualquier parte. Y es entonces, cuando rola, que las periferias transforman la brisa en huracanes que lo tumban todo y les pilla por la espalda.

En las pasadas municipales, por citar un solo ejemplo, la más alta tasa de votos que obtuvo Vox en todos los distritos de Sevilla no fue en el barrio de Nervión o en Los Remedios, sino en el Distrito Sur depauperado de las célebres 3.000 viviendas. Y pueden preguntar en las banlieus parisinas que habitan los antiguos comunistas y tradicionales “uñas negras” de las factorías de Renault o la Peugeot.

Este zurdismo de aluvión sobrevenido, que abomina con brochazos cada vez más gruesos y nerviosos de cualquier propuesta que le llegue de otro lado y que pelea por absorberle hasta la última gota de oxígeno al que no guarde silencio o se doblegue a su instinto totalitario, es ya un peligro cierto para la España arruinada que, antes o después, afrontará una miseria triste que Europa no podrá amortiguar ni con las mejores intenciones de un inexistente Plan Marshall.

El sanchicomunismo ha tomado ya la vía autoritaria y de los subterfugios, pero ha anunciado por primera vez y sin tapujos su falta de liquidez para hacer frente a los pagos comprometidos antes del 10 de junio. Es decir, Marisú ya le ha visto el fondo y las telarañas a la caja de caudales y el mes siguiente, el de julio, será peor aún, cuando se transforme en un agravio que alguien pueda pisar la playa y quien luzca un meyba, un bikini o vuelva morenazo de unas vacaciones impensables pueda ser investigado por Hacienda porque será sinónimo de “facha”; o sea, un ricachón para los “sans culottes” de Iglesias. Una presión social insoportable como la que padecía aquella secretaria de redacción en el musulmanato.

No sé si regresamos a la España de los filetes empanados y el Seat 600, pero desde luego no a la de las ensoñaciones de los coches híbridos de Sánchez ni a la Barataria de las transiciones ecológicas del cuento chino de Wuhan.

Esta muchachada, que lo desconoce todo del pasado reciente de nuestra Historia, y esta zurda, que sólo puede buscar refugio y acomodo en sus continuas alusiones a la II República, porque entre ella y la llegada de la democracia no encuentra nada a lo que agarrarse (tan ausente estuvo), tendrán que acostumbrarse a las navidades parcas y ajustadas que algunos ya vivimos de pequeños. A ver si aguantan con el iPhone viejo.

Y eso con suerte y si Amancio Ortega no decide marcharse con la música a otra parte antes de que nacionalicen los percheros de Zara, porque entonces moriremos todos con las botas puestas.

He dicho.

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