“Los bárbaros son fuertes por nuestros pecados”

Los resultados de las pasadas elecciones del 10 de noviembre arrojan algunas luces de ilusión que no llegan del todo a iluminar el sombrío panorama político nacional. Al menos se vislumbra cierta esperanza para los que tenemos una determinada visión de lo que es España y sobre los valores sociales que deberían imperar en ella. El auge de un partido como VOX viene a dar por fin visibilidad y voz (valga la redundancia) a esos millones de españoles que hemos sido ninguneados durante años, como si nuestros valores –vida, familia, libertad personal, tradiciones, defensa de la nación española y de sus leyes,…– fueran reminiscencias de un pasado ya definitivamente periclitado. Sinceramente, nunca creí que el “Viva España” de Manolo Escobar pudiera funcionar tan bien como canción protesta en este postmoderno país en el que nos ha tocado vivir.

Sin embargo, como decimos, si prescindimos de esta novedad, el panorama a corto plazo no puede ser más desalentador. Un Pedro Sánchez que nos llevó a estas elecciones en el convencimiento de que las urnas iban a reforzar su posición y que, aunque ha recibido una considerable merma de votos, sigue siendo hoy el líder del partido llamado a formar gobierno. Uno se pregunta cuántos desastres más tienen que suceder para que el noble pueblo español le retire la confianza a un sujeto cuya actuación política ha consistido en sacar a Franco de su tumba, despotricar de lo mala que es la ultra-derecha y contemplar impertérrito cómo sus potenciales socios siguen dando su eterno golpe de estado, al tiempo que saquean Cataluña. No voy a volver con el peñazo de la memoria histórica, pero realmente no se llega a entender qué tipo de amnesia severa padece el votante que ya ha olvidado la zapatiesta que dejó ZP cuando la última crisis económica y la urgencia con la que le dio una mayoría absoluta a Rajoy. Ni la corrupción, ni el guerracivilismo, ni las crisis económicas, ni las alianzas con separatistas, ni sus tesis fraudulentas…, aquí nada parece afectar a la extraña fidelidad que este partido ha sabido concitar a su alrededor.

El PP, por su parte, ha experimentado una considerable recuperación, insuficiente para sus perspectivas de poder ser una alternativa real al Dr. Sánchez. No obstante, en vez de hacer una auto-crítica de cuáles son las razones por las que un partido que sacó mayoría absoluta hace muy poquito no llega a superar a la calamidad que tienen en frente, los ideólogos de este partido se empeñan en culpar a otras opciones “de derechas”, de las que se consideran tutores, por su empeño en no votarles. Parece que no quieren comprender que gobernar no es solo gestionar las cuentas públicas, que gobernar también supone enfrentarse, aunque sea un poquito, a la ideología de la izquierda que hoy lo infecta todo, la escuela, la prensa, la judicatura y hasta el ocio y el deporte, y ante la cual ellos han claudicado desde el principio. No vamos a reiterar ahora la lista de incumplimientos de este partido cada vez que ha tocado poder, que ha sido muchas veces, porque nos quedaríamos sin espacio.

Y luego está la hecatombe de C’s de la que, por cierto, no me alegro. De hecho, un partido empeñado en ser algo intermedio entre el PP y el PSOE tiene objetivamente dificultades de identidad, puesto que habría que hilar muy fino para explicar cuáles son las razones de fondo que separan a unos de otros, sobre todo si vamos al terreno de los hechos. El partido naranja empezó definiéndose como “social-demócrata” para pasar luego a ser “liberal”, seguramente sin tener muy claro lo que significan una y otra cosa. En la realidad, C’s es una formación entusiasta de la corrección política, del europeísmo (versión Macron), del feminismo, de la ideología homosexualista, de las autonomías, de la Memoria Histórica, de las leyes de género… Vamos, que no están tan lejos de políticos peperos, como Feijoo, Maroto o Ana Pastor. Aunque por lo menos sacan en sus mítines la bandera de España, eso sí, rodeada siempre de otras europeas y autonómicas, para no parecer fachas. El partido naranja estuvo gobernando con Susana Díaz sin problemas, y ahora afirma que se ha puesto a levantar “las alfombras de la corrupción de la Junta” sin que ello le suponga la menor contradicción. Nacieron para ser bisagra, sustituir a los nacionalistas en la tarea de favorecer la gobernabilidad de las instituciones, pero cuando tuvieron la oportunidad de serlo en un momento difícil para España, renunciaron incomprensiblemente a desempeñar dicho papel. Y cuando sus líderes pudieron ejercer un papel relevante en Cataluña, se mudaron en masa a Madrid, dejando a sus votantes abandonados. Demasiados errores en tan poco tiempo. Y digo que me parece una mala noticia su debacle a juzgar por el júbilo que demuestran todos los enemigos de España tras la dimisión de Rivera. 

El auge de la extrema izquierda continúa siendo otro misterio para mí. No puedo explicarme las razones por las que unas recetas fracasadas en todos los países, climas y latitudes del universo continúan teniendo esa demoníaca capacidad de seducción, no solo en personas poco leídas sino en universitarios, supuestamente viajados y cultivados. En Venezuela y Bolivia tenemos los dos últimos episodios de la plaga bíblica que supone el neo-comunismo podemítico, infatigable en su tarea de sermonear con el peligro fascista y arruinar cualquier economía que caiga en sus manos (excepto la suya personal). Ahí están los tíos y las tías, hartibles en su tozudez. Y aunque ahora han retrocedido en votos y en escaños, parece que han convencido a Pedro Sánchez de que les permita darle el abrazo del oso. Muy pronto nos vamos a enterar de lo que supone este nuevo Frente Popular si es que llega consumarse.

Y el inexorable auge de los separatistas constituye para mí otro insondable enigma. Que Bildu crezca de forma imparable elección tras elección solo se puede comprender por la exitosísima campaña de lavado de imagen de la que goza en España toda opción izquierdista e hispanófoba. Y eso es culpa de quienes deberían haber combatido estas perniciosas ideologías. Casi más absurdo es lo de Cataluña, porque el deterioro es ya alarmante, comparable con el de Atila: las calles arrasadas, las empresas hundidas, la convivencia rota, los problemas reales postergados; pero ahí siguen los votantes, erre que erre, convencidos de que “Madrit” tiene la culpa de todo lo que les pasa.

Dijo San Jerónimo que “los bárbaros son fuertes por nuestros pecados”. Llevamos cuarenta años engordando, con nuestra pasividad, a los que antes eran insignificantes monstruitos y hoy son ya tiranosaurios hambrientos. Ahora, combatir a la bestia nos va a costar bastante más. Pero, por lo menos, dejen intentarlo a quien está dispuesto a hacerlo.




 

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