Lo último de lo último

Siempre resulta gratificante el disertar sobre una cuestión sutil, el analizar un aspecto de la realidad más oculto, el descubrir, de un asunto cualquiera del arte o de las letras, matices nuevos. Pero la situación actual es tal que nos obliga a dejar las sutilezas para más tarde, y tener que enunciar, una vez más, lo obvio, lo obvio, lo evidentísimo.

Lo que llamamos “las noticias” se pueden, hasta cierto punto, y con dificultad, ignorar. Pero ignorar no podemos el brutal descenso de calidad de vida que se nos ha impuesto, de la manera más física, animal y cruel, no bien pasamos un rato en la calle. De repente se ha evaporado esa red de benéficos aires acondicionados (en estaciones, tiendas, autobuses, oficinas, grandes almacenes) que hacían soportable el verano en Sevilla, y más que soportable, incluso grato -comparándolo con otras ciudades no preparadas para el calor.

Esto ha empezado a ocurrir aun antes de que se anunciaran ciertas leyes inicuas de increíble limitación de libertades; porque incluso desde antes, ya a la población se la había debidamente adoctrinado con que era “malo” poner el aire acondicionado fuerte, sí, “malo” moralmente (con el mismo éxito con el que se consiguió que la sociedad considerara “malos” moralmente a los que paseaban solos por la playa sin mascarilla, y cosas así. Con el mismo éxito con el que se extendió el eslogan “Yo me quedo en casa” como diciendo “Yo soy bueno, honrado y responsable”). Pero esa nueva moral, sembrada con asombroso éxito en el seno de una sociedad que parecía estar necesitando normas y principios como el comer (bueno, literalmente las normas y principios fueron más fuertes que la necesidad de respirar), esa moral merece capítulo aparte.

Hablemos de las imposiciones más directas desde arriba. Que, por una crisis energética, debida a las medidas que los Gobiernos tomaron con la intención de “castigar” a Rusia, sin pensar en las consecuencias para sus propios países (que ese es otro tema. La generosidad con otros tiene que ser algo voluntario. La obligación de un Gobierno es proteger a sus propios ciudadanos), pues “hay que restringir el gasto en electricidad”.

Restringir el gasto. Ya esto supone una admisión gravísima, que es asombroso se enuncie con tanto descaro, con tanta naturalidad. Pero aun admitiéndolo: bien, restrinjamos consumo de energía. ¿Por dónde empezamos?

Obviamente, hay que empezar por lo superfluo, arbitrario y decorativo, dentro de las Administraciones. Pero salimos a la calle, sí, ahora en agosto, y vemos obras municipales absolutamente innecesarias. En la calle Reyes Católicos están ensanchando la acera; un capricho arbitrario que, a unos gustará y a otros no, pero todos deberán reconocer que, en época de “crisis energética y necesidad de ahorro extremo”, es una obra totalmente innecesaria. Una obra requiere maquinaria, material, alquitrán, adoquín, y sobre todo, electricidad y agua por un tubo.

He citado una entre las decenas de calles levantadas en esta ciudad por obras. De las más aparatosas es la que mantiene cortada la Avenida de San Francisco Javier, arteria principalísima, con vistas a una “ampliación del tranvía”. De semejante proyecto habrá partidarios y detractores, pero objetivamente, si nos encontramos en escasez extrema tanto de energía como de agua, su ejecución no puede considerarse necesaria.

Si de verdad nos encontramos en emergencia energética y de sequía, la primera medida a tomar, a nivel municipal (no digamos ya del autonómico ni del nacional. Y no, no hablemos del Falcon para ir de compras, porque cuando la indignación nos invade hasta la sangre, se pierde la serenidad para razonar. Comentemos sólo lo que en nuestra calle vemos), es suprimir todas las obras innecesarias; es decir, todas (salvo las imprescindibles de reparación o prevención de averías). Cuanto sean remodelaciones urbanas, cambio de cara de plazas y de calles, aceras más grandes o más chicas, demolición de aceras tradicionales para instalar bolardos… todo eso, prescindiendo ya de otras razones (dejando de lado lo que supone de destrozo de identidad urbana, conversión en parque temático, etc, que, aunque algunos lo consideremos evidente, siempre será opinable), nadie podrá negar que, en plena “emergencia energética y de escasez de agua”, resulta un gasto intolerable. 

Si de verdad hay una imperiosa necesidad de ahorrar en energía y agua (“El invierno va a ser duro”, advierte una ministra con aire severo, como maestra de escuela hablando a niños de otra época), es evidente que se impone un corte drástico de cientos y cientos de proyectos urbanísticos. Las obras, suprimidas casi todas; y mil gastos “menores” (como esos “paneles informativos” municipales que invaden las calles, habitualmente con mensajes ideológicos, pero, dejando aparte ya lo que nos disguste el adoctrinamiento, lo evidente es que producirlos supone gasto y derroche – sí, cada panel gigante de plástico o de metal ha costado muchísimo en energía y agua), pues suprimidos radicalmente también.

Si esto es a nivel municipal, imagínese lo que se puede ahorrar a todos los niveles. ¿Estamos en emergencia? Pues vengan políticas de emergencia. Supresión drástica y radical, por parte de las Administraciones, de toda obra urbanística o de ingeniería que no sea estricta e inmediatamente necesaria.

Por parte de las Administraciones. Gobierno, Junta, Diputaciones, Ayuntamientos… Eso es lo clave. Por parte de ellos.

Y ya lo último de lo último, si llegamos a escaseces como las grandes hambres de la Historia, si llegamos a emergencias bélicas tremendas, pues lo último de lo último, llegados a lo más extremo, sería rebajar el bienestar básico corpóreo elemental de los ciudadanos (aire acondicionado suficiente en autobuses, estaciones de tren, y edificios públicos en ciudades como Sevilla), y ya como ultimísima medida drástica, tocar la libertad individual de cada persona, en su casa o despacho o tienda o negocio o taxi, poner su aire acondicionado, a propio costo, al nivel que quiera. Esa sería la última medida extrema, que, llegado el caso, representaría un oprobio ante la Historia para un Gobierno incapaz de haberla evitado.

Y, ¡viva la Historia Antigua! Que no eran, ahora lo vemos, tan malos ni tan desconsiderados los reyes de Babilonia, ni los asirios.




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