Leyendo algunos artículos de opinión de los que abundan en la prensa diaria uno llegaría a pensar que el autor, forzado por la obligación diaria de rellenar folio y medio de palabras, tiene que, recurrir, digámoslo elegantemente, a estimulación «externa».


No de otra manera cabe entender diarreas mentales convertidas en columnas periodísticas como las que pueden leerse con demasiada frecuencia.

Hace unos días apareció un artículo en el diario El País, periódico de probada independencia (entiéndaseme la ironía) en el que burdamente  y, digámoslo también, con una llamativa mala baba, se venía a descalificar a todos los votantes de Vox, tildándolos de borrachos, pendencieros y no sé cuantas lindezas más. El mismo título del artículo «VOX, el partido del cuarto gintonic» ya era vergonzoso, si, pero no para ese partido, sino para el autor del mismo.


En la citada pieza periodística se acumulaban párrafos insultantes y descalificativos como estos: “Vox es un partido de calentón, de venirse arriba”, “Votar a Vox requiere al ciudadano sobrepasar altas tasas de alcoholemia», “El líder de Vox es el síntoma de una sociedad revanchista, malhablada y milagrera, sobre todo cuando los estertores de la inconsciencia etílica incitan a musitar la fórmula mágica del exorcismo: “Ponme la penúltima”.

Sobran los comentarios.

Sobrevuela todo el artículo esa peregrina idea predominante en la izquierda y la progrez patria de que hay opiniones políticas mejores que otras, y no solo eso, que hay opiniones benéficas para la sociedad y otras opciones deslegitimadas desde su nacimiento y que no se pueden defender en política, ergo todo aquel que lo hace, o es un loco peligroso o, como en el desvarío del autor del artículo, un borracho aún más nocivo para la sociedad, y, por tanto, hay que impedir su llegada al Parlamento, a cualquier precio.

Pero se abstiene de incluir entre esas opciones ilegítimas y peligrosas para la sociedad a los separatistas que quieren destruir España o a los comunistas que pretenden convertirla en una dictadura emula del chavismo venezolano. Esos solo beben cerveza sin alcohol.  

Obvian los que así se manifiestan que entre los miles de personas que han llenado los mítines de ese partido durante toda la campaña electoral hay mujeres, jóvenes de catorce, quince años, ancianos de ambos sexos, profesionales, académicos, escritores, catedráticos, funcionarios, obreros, agricultores, cazadores, toreros…..y lo reducen todo al absurdo de insultar a ese grupo heterogéneo descalificándolo en bloque y denigrándolos como borrachos irredentos dispuestos a empuñar una pistola en la barra de cualquier bar para descerrajarle tres tiros al primer podemita que aparezca por el horizonte, nebuloso por el influjo del calimocho, de su vista.

Tengo mi particular teoría sobre esta manera de proceder de la izquierda en nuestro país y sus medios afines, que no es original (en el periódico El Mundo recientemente se publicaba una Tribuna denominada “Miedo” que abundaba en esta opinión), y es que el poder más eficaz es el miedo, que el pánico es la fuerza que nos mueve más irrefrenablemente a realizar acciones. Incluso a personas que, en condiciones normales, no actuarían de esa manera, les impulsa a ejecutar actos a veces irreflexivos. Y que es el miedo a ser desplazado, a perder la preponderancia, la supremacía en la opinión, en suma el miedo a que quiebre esa idea universalmente extendida de que todo aquel que se salga de los bordes de esa entelequia llamada corrección política queda fuera de juego y se transforma en un paria, el que origina estas maniobras que, finalmente, perjudican a sus autores.

Artículos como ese, que me abstendré de calificar, pero son muchos los que se han despachado en el mismo sentido en esta larga y tediosa campaña, son los que van a hacer que el partido vilipendiado e insultado desde todos los frentes de una campanada este domingo que va a resonar no sólo en todos los rincones de España sino en Europa entera y que va a significar una auténtica revolución de las ideas y de la manera de hacer política en este país. 

Así que sigan así, servidores a sueldo de esos medios periodísticos a su vez mantenidos por la izquierda (y la derecha acobardada y acomplejada).

Porque lo que no mata hace más fuerte.