LO MÍO. 3.000 camareros

Leemos en la prensa que Sevilla demanda tres mil camareros. Que la pandemia ha hecho que se busquen las habichuelas en la construcción o en otros sectores. La primera conclusión que sacamos de esto es que en Sevilla un camarero es aquel que lo mismo sirve para atender una mesa que para escayolar un techo o darle dos manos de gotelé al salón de una casa. Recordamos sin esfuerzo a pesar de la lejanía en el tiempo aquellos camareros de nuestra juventud, los del bar Las Maravillas o la cafetería Rioja por poner dos ejemplos. Señores de blanco, tonsados por la edad, secos en el trato; serios. Tipos con dominio de la bandeja, gran olvidada de la hostelería moderna. Ahora, los llamados camareros (hablamos siempre en general), te traen las comandas en las manos y teclean en ‘tablets’ con más habilidad que un funcionario de Justicia. 

El trabajo de camarero, como tal, ha desaparecido y en vez de profesión es ocupación. Una especie de precario refugio contra el desempleo. Será el signo de los tiempos, no decimos que no, pero nadie sale ganando: ni el negocio, ni el cliente, ni el trabajador. Al final esta extraña polivalencia, de la hostelería a la construcción o a lo que salga lo que conlleva es que por el precio de un jornal del campo tiene usted un mesero o un encofrador. Es lo que tiene desnaturalizar las profesiones. Al final, pasa que, entre estudiantes, parados y pluriempleados diversos, encontrar un camarero como Dios manda es misión imposible. Por eso, si usted conoce de algún sitio que los atesore, disfrútelo al máximo antes de que se jubilen o el Tío Paco- el de las rebajas- les obligue a echar mano del palaustre y el cubo mezclero.




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