Lo han rechazado: es un genio

Ya en el colegio, en Historia del Arte, era una anécdota con rango de dato obligatorio de conocer, que el cuadro del primer pintor impresionista, Manet, fue rechazado por la Academia parisina. Y al explicar esto, la profesora en cuestión, y los libros de texto, se hacían lenguas de lo anquilosada y acartonada que se había vuelto esa otrora prestigiosa Academia, que en su rigidez no supo ver el “genio” que había de revolucionar la Historia de la Pintura…

Creo que todos hemos estudiado eso – con más ahínco que el que se invertía en hablarnos de Murillo, Zurbarán, Ribera, etc, por esta cosa hispánica de casi avergonzarnos de lo nuestro, y elogiar sin discusión lo de fuera (aunque recientemente, por fortuna, iniciativas como el Año de Murillo y otras, están compensando un poco dicha tendencia). Y tanto lo hemos estudiado y comentado, tanto nos han insistido en eso (“¡El cuadro del genio fue rechazado por la Academia!”), y en otras anécdotas similares de otros artistas, que curiosamente hemos venido a considerar que el ser rechazado por la oficialidad es sinónimo de genio.

Y no es así.

Una institución oficial puede, en un momento dado, rechazar una obra que más tarde sea sumamente valorada (puede “no ver el genio”). Y también rechaza a diario obras nada geniales que simplemente son malas. En el caso de la parisina academia decimonónica, ¿cuántos cuadros desecharía que no eran nada originales ni rompedores, sino cuadros convencionales que no daban la talla, que no habían alcanzado el nivel técnico exigido?

Y eso puede hacerse extensivo a otras áreas. Se elogia una obra de teatro diciendo que “escandalizó al público”. ¡Qué bien viene la palabra “escandalizar” para no decir que una obra no gustó al público! Pero al usar el vocablo “escandalizar”, ya se presupone que el público, burgués y acomodado, no ha entendido la obra, y sólo por eso ya adquiere un aura de rompedora y “genial”. En algún caso puede ser así, visto con perspectiva histórica. Y en muchísimos más casos, en la inmensa mayoría de ellos, lo que al público no le gusta es aburrido y malo.

Pero la cosa no queda ahí. ¿Alguien ignora el hecho más comentado de la biografía de Thomas Edison, a saber, que “el inventor de la luz” (como lo conocen popularmente algunos, usurpando incluso funciones divinas) fue suspendido y hasta expulsado del colegio “por inútil”? Pues si muchos ignoraran este detalle, sería hasta más sano para la sociedad en general. Pues la repetición de esta anécdota y de otras similares hasta la saciedad, unido a la actual pedagogía blandengue, ha producido una mentalidad en la que los suspensos de un niño en el colegio se consideran casi sinónimo de facultades de inteligencia excepcional.

No lo creerán, pero pude oír este diálogo entre dos madres:

  • ¿Y Luisito, qué tal?
  • Pues… la verdad es que ha suspendido tres.
  • Es que, ¡es muy listo!

Puede que Luisito sea un genio incomprendido. Es mucho más probable que sea simplemente perezoso o torpe. Y en el caso de que sea “superdotado” (como por lo visto hay tantísimos) y que se aburra  en clase– ciertamente los libros de texto y las clases en general parecen hechos para tontos, eso es innegable – pues a Luisito le falta la agudeza para adaptarse y salir del paso, lo que indica falta de responsabilidad o de capacidad de desenvolverse. En cualquier caso, los suspensos siempre son un síntoma de algo malo, no bueno.

Pero aceptemos los tiempos. Aspirantes a artistas, ¡alegrémonos! No podemos perder. Si triunfamos, bien. Y si no, seguro que somos unos genios.



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