Liberar al Carnaval

Cuando esto les escribo resuena a lo lejos, en la radio, el rasgueo de una guitarra que me eriza el alma. Es la primera sesión de preliminares en el Gran Teatro Falla de mi amada gaditana.

Soy gaditano de La Isla de León, nacido frente a ese mismo teatro de sueños de febrero y, tópicos arriba, reconozco que esperaba con ilusión volver a escuchar esa banda sonora de mi tierra que me traslada a épocas pasadas. No sé si ustedes lo entenderán, pero en esos acordes, para mí, se reflejan los sonidos nocturnos de la mar llegando a la mismísima orilla de su alteza la Caleta; eco de un Neptuno que le manda mensajes de enamorado. Las voces rotas, los contraaltos en disputa con la emoción misma; las falsetas de los coros que, aunque fuera de la Tacita no sean del todo comprendidos, son la esencia misma; como en las fachadas la piedra ostionera, como un ocaso por Santa Catalina, como un amanecer con olor a sal por la Alameda. ¡Que sí! Que Cádiz huele a sal, como inmortalizó para la voz de Niña Pastori Alejandro Sanz.

Cádiz, perdonen este ataque de amor, este arrancarme el corazón, es un poema chiquitito al que se le pueden añadir versos infinitos. Por eso creo que da tantos poetas, populares y de academia, porque es una inspiración sin respiro. Por eso creo en el Carnaval, en mayúsculas, como forma universal de hacer poesía, como forma de literatura única, como forma de expresarse con arte y sin pelos en la lengua, y al le pique… ¡que se le seque la yerbabuena! Y tan universal y única es que, fíjense, lo mismo, y con igual premisa, escriben un tango, un pasodoble, una cuarteta o un cuplé en Cádiz que en Sevilla y que en Santander.

Sin embargo, comprendiendo la historia heroica, el bagaje numantino de la fiesta del humor y la boca prestada, y que en esta, en su quevedesco concurso del Falla, todo debe caber [desde el respeto], echo de menos más letras de verdad y menos de esas, impostadas, buscando el aplauso sencillo por ideológico trovar. El concurso de agrupaciones, que si por algo ha destacado fue por aquellos autores que, sobre todo en tiempos de la dictadura, se jugaban el tipo inventado rocambolescas fórmulas verbales para ser, diríamos, políticamente incorrectos, se ha convertido, en algún caso concreto, en un escaparate de lo contrario: de la corrección política, y sus temas muchas veces son tan manidos que, como aficionado lo digo, cansa. Tanta reivindicación ultraandalucista, tanta reivindicación ultrafeminista, tanta reivindicación populista, tanta reivindicación monopolítica, tanta reivindicación y tan poca imaginación. Que no digo que no haya que cantarle, de forma literal, las cuarenta a quienes lo merecen, ni callarse lo que uno piensa y hacerlo, al ritmo del tres por cuatro, a vivo raudal; que no, que no trato de desafinar, y es por esto que lo que digo, pienso, es de afinidad con el auténtico ser del carnaval.

 

Cachondearse –discúlpenme la expresión– de todo, sacudir y emocionar a todos, porque el público es, cada cual, de padre y madre distintos, y esta celebración de la insolencia y la realidad no es de un solo tinte, no es de un solo clamor, ni de un solo camino. Por tal, me río con el suprahumor chirigotero de Cossío –el Selu–, y me emociona aún Quiñones, Martín, o Martínez Ares con ese aire de bohemio comparsista a flor de piel. De coros soy Pardista, y para cuartetos… me quedo con aquel del Masa, Peña y Gabi, que era de tres.

Si el carnaval, en su versión musical, pierde la inmoralidad de ser moral y fiel a su razón de ser, de rebelarse sin importar contra quién en vez de revelarse como instrumento para adoctrinar, de encerrarse entre rancios oportunismos en vez de ser libertad, ¿qué sentido tendrá? ¡Si se ha censurado hasta la figura de la ninfa! Una figura que ensalzaba a la mujer gaditana y le daba un papel tal que, si será, la primera de todas ellas ¡era proclamada diosa! ¡Pues no! Según decían eso era cosificar. Pues que les pregunten a ellas, a ver qué opinan. ¿Lo próximo será reprochar a aquellas agrupaciones que salgan parodiando a la mujer o al homosexual? Ay, mi admirado Selu, ni Las que cosen pa´la calle, ni Viva la Pepi, ni las Marujas… Y de machista chulo de playa, ¡titi!, ¡ni hablar! ¡Lo que diga mi mujer, y sin chistar!

Liberar al Carnaval. Evocar a la rebeldía aunque sea amotinándose contra los amotinadores, a la vergüenza de poner la cara colorada a los sinvergüenzas, de ser originales para llamar a las cosas por su nombre y no tan vulgares como para cacarear las mismas consignas de siempre, sean o no verdad. ¡Eso es este Carnaval!

Ustedes perdonen, yo sé que no lo escuchan y quizás, aunque así lo hiciesen, ni les gustará, pero me tengo que dejar llevar. Suena en aquella radio que les decía una falseta por tanguillos, que para mí es como cerrar los ojos y respirar el frescor del agua mansa y oír su pausado golpear sentado en las piedras del Puente Canal. Es Cádiz, que me habla en clave de carnaval, ustedes disculpen, no lo puedo remediar, pero me arrastra como ola a soñar. Si lo desean, ¡feliz Carnaval!



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