Asistía el otro día, mientras me tomaba un café, a la creación de un nuevo vocablo del que todos ustedes seguro ya conocen. Miraba atónito a la política valiente que potenció al cubo el término «voz». Sí, por tres. Porque voz, per sé, es femenino; cuando decimos «la voz», por dos veces lo asentimos, y con lo de «portavozas»… quede ahí el trío.

Cuando digo valiente, conste –dicho sea sin desatino– lo hago consciente que así la considero porque tal es la ignorancia; capaz de batirse en duelo con el primer mochuelo que intente mesarle las barbas. Y quede dicho también, que mesar no es acariciar, sino tirar: arrancarlas.

Decía doña Milagros del Corral, exdirectora de la Biblioteca Nacional –y cito textual de una entrevista hecha al efecto–, que algunos políticos debieran superar un examen de ingreso, como se da en otras profesiones, que diga si el interpelado es, o no, apto para ocupar sillones de peso. ¡Ah! De estos, desde concejales a ministros, qué amplio espectro quedaría como ineptos si tuvieran que enfrentarse a dicha prueba de acceso.


He perdido la cuenta, lo confieso, de la cantidad de veces que mi sentido común ha llorado de rabia o de pena al comprobar cómo desde el Senado o el Congreso, los señores y señoras que allá se hallan sentados, cuando suben al ambón empiezan a soltar estragos. Y digo ambón y no estrado, porque sus señorías, según sus pareceres, predican más que ponderan sobre los asuntos de Estado. Sus lengudas excelencias, haciendo uso del micrófono, abanderándose en sus ideas, le dan al diccionario de la Real Academia una feminista patada en sus partes pudendas y, en lugar de desbrozar, argumentan ofertar un lenguaje más inclusivo. Inclusivo, para algunos, es hacer exclusiva una palabra. Esto para que se entienda.

En fin, como comentaba. Hay quien se ha empeñado en convertir uno de los más bellos y completos idiomas en una suerte de baratillo de palabras nuevas. Usted se inventa una –cosa que puede hacer– y con todo su donaire la suelta a vuelapluma. Porque el español, hay que explicar, es una lengua tan versátil que acepta sin remilgos cualquier acepción que enriquecerla pueda. Que no sería ese el problema, el de los neologismos; sino el de los inutilismos. ¡Ea!

En ocasiones pienso que aquellos que tienen de la palabra, no el don, sino la oportunidad de expresarla, al resto que somos defensores de cuidar este tesoro que quinientos millones de personas hablan, nos hacen el feo gesto de agarrarse con una mano la sangradura del brazo contrario. Vamos, ¡un corte de mangas! Que su interés reside en crear una lemniscata de expresiones vacuas y que, como el plastinudo del pan de molde, al final, no sirve para nada.

Lo digo como me sale del alma, por más que mi incredulidad crezca; comprobando que todo vale, si va en ello el orgullo, al despreciar a las buenas letras. Que es cosa de progreso, no de mentes catetas. Cateto usted, que se frota por ello con fuerza los ojos y los fosfenos le cercan.

Más aún me sorprendo cuando hay quienes, por hacer bueno lo malo, y en este caso de feminista talibanismo, porque es de una ideología mandato, tienen una batería de acusaciones si se opone a asimilarlo. Que lo sepa, será considerado, como poco, machista y retrógrado. De verdad, hay mentes que, como el giste en una jarra de cerveza, caen sobrando.

Ojalá leyeran algunos de aquellos (y aquellas) este humilde artículo de opinión sincera. Que leyeran el punto de vista de este sencillo hispanista y poeta, y cayeran en la cuenta de lo absurdo de su empresa. Porque con ella tan solo se ridiculizan ellos, sus mensajes, y quienes apoyan tales tretas. Sí, tretas. Ya les he dicho que tienen de las palabras, no el don, sino la oportunidad de ellas, y con estas pontifican a quienes no oyen más que lo que les interesa.

Pero, en serio, ojalá lo leyeran; y, en lugar del inutilismo aquel, cogieran más el diccionario y se instruyeran; que si de algo estoy ahora seguro es que, al menos, para entender los cuatro últimos párrafos, a estos lenguaraces, les hubiera valido la pena.