Lechuga para los caníbales

En el niuguorlorder de los ofendiditos no se puede decir la verdad o, lo que es lo mismo, no se le puede llevar la contraria a lo que dicte el catecismo progresista, de tal modo que cuando es el propio “stablishment” el que precisa hacer algo inconveniente para la pseudomoral de esta caterva, la única alternativa es contar una solemne mentira adaptada a la nueva realidad (también denominada a veces “nueva normalidad”), como cuando le mientes a un niño sobre lo rico que está un jarabe que sabe a rayos o cuando le dices que lo que le vas a pinchar no le dolerá nada nada nada…

En Afganistán (no desde el principio, porque se dieron cuenta un poco tarde) hubo que contarle al buenismo occidental que la guerra de invasión emprendida tenía como objetivo liberar a las mujeres del uso de la burka y permitirles que fueran a la escuela o que pudieran escuchar a los Beatles.

Nada de eso era cierto, como es obvio, porque a nadie en las alturas le puede importar un guano si una tribu prefiere escuchar el tam-tam de sus abuelos que la Novena de Beethoven o si las mujeres lucen hojas de palmera trenzadas con las tetas al aire o si sufren los rigores de vestirse con la extravagancia de un traje de flamenca con tremendo abuso para su dolor de pies. Por cierto, a menudo asumido con sumo gusto por las propias protagonistas.

Pudieron haber vendido que el objetivo era que los afganos probasen las delicias del cerdo que preparan en Jabugo o en Guijuelo en defensa del derecho a degustar una ración de jamón de bellota o un salchichón de primera, pero tenía mala venta ese negocio, así que escogieron lo de las mujeres que perdían la vista y que vivían encarceladas de por vida en su miserable condición de analfabetismo extremo y de esclavizadas en su sociedad, porque sabían que hasta los más recalcitrantes anti-yuesei cederían al argumento. Como así fue.

La de Afganistán, en realidad, era una guerra estratégica con muchos cabos, uno de los cuales, desde luego, consistía en acosar a un líder de una facción del yihadismo global al que se creyó enrocado en las lejanas montañas de Tora-Bora y que había asumido la autoría de un plan de ataque contra diversos objetivos del Imperio, entre ellos el corazón mismo del poder militar de Occidente simbolizado en el edificio del Pentágono. Había que darle su merecido castigo al bribón apoyándose en el líder de la llamada Alianza del Norte, el olvidado Ahmad Sha Massud, que cayó asesinadito por los suyos apenas iniciada la contienda.

Añádanle un largo catálogo de intereses, que irían desde taponar una zona geostratégica primordial para la expansión de China y del resto de repúblicas del entorno, la modulación del tráfico de opio, el posible establecimiento de gaseoductos, la venta de armas, el posicionamiento global a largo plazo y un largo etc. En fin, la realidad de las cosas verdaderamente importantes en la mentalidad de los estrategas de arriba, en cuyo magín no alcanzaría a entrar jamás quemar la vida de millares de soldados y miles de millones de dólares del presupuesto apenas por liberar a las geishas de sus pies apretados o a las mujeres-jirafa de la antigua Birmania de los rigores de sus aros estirándoles el cuello.

Pretendo decir con ello que si lo que defienden los progres a propósito de Talibania es apenas por el “ad mulierem”, confieso entonces que el asunto me interesa sólo limitadamente y no me parece de recibo plantearse una campaña colosal de acogida de refugiados al bulto en la que nos llegarían no las mujeres o los hombres que huyen de ese horror, sino millares de yihadistas varones aprovechando la ocasión que les brindamos.

Las afganas viven bajo ese sistema casi prehistórico por mil razones diversas, incluida la ignorancia, del mismo modo que los indios no contactados del Amazonas desconocen la penicilina y la rueda y a menudo son las mujeres quienes eligen a los distintos varones que se van a zumbar una noche porque creen que los embarazos se producen por acumulación y almacenamiento de semen de varios padres, cada uno de los cuales aporta una extremidad o un trozo del cuerpo de la criatura, lo que significa que cada mujer se mete una orgía de primera clase a discreción. Que no disfruten de otras ventajas de la modernidad es cosa que a nadie preocupa, así que tampoco veo motivo excelso en convencer a la esposa de un talibán de las maravillas de escuchar a Irene Montero o a Ione Belarra pregonando sus caprichos en prime time si ese no es su gusto ni su uso ni le aporta nada para vivir en una sociedad semi caníbal con ellas, francamente.

El esfuerzo coordinado de acogida que propone la Merkel en los países del entorno es otra paparruchada gélida y monumental de quienes se empeñan en creer que lo que desean aquellos pueblos es vivir a nuestro modo, aunque yo no descarte en absoluto acoger en la medida de lo posible a quienes huyan de aquel horror, como tampoco excluyo de quienes hacen lo mismo desde la isla de Cuba, que son millones y a la izquierda no sólo no le preocupa sino que además los tacha de ‘gusanos’ y ‘traidores’.

El asunto, pues, no es “ad mulierem”, pienso, porque las consecuencias las sufren allí tanto ellas como ellos, obligados a soportar el riesgo de que les corten los pies, las manos y la cabeza. La cuestión es de libertad y de derechos humanos e individuales para todos; claro que, visto así, a los progres se les van mucho las ganas y les pesa poco la barbarie ajena, pues aquí también la practican con leyes diferenciadas y una visión de la realidad que imponen a su capricho para todos. O sea, no pienso dedicar mi vida a convencer a los antropófagos de que se hagan veganos ni a llevarles lechugitas y raciones de tofu.

He dicho.




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