Lavado de manos 

Desde que se puede salir a andar dedico una hora diaria a hacerlo. Al principio, más del 50% de los andarines no se ponían la mascarilla, a pesar de que nos llegaban recomendaciones de los médicos que indicaban que debíamos hacerlo. Un día nos cruzamos con un amigo y su mujer y no la llevaban puesta. Al hablar de ello, acabó preguntándome que si estaba haciendo algo ilegal. Entonces no lo era, a pesar de las encarecidos consejos de los sanitarios. Otro día pasamos junto a un grupo de personas que hablaban de la Covid-19. Pudimos oír lo que una señora mayor, con mascarilla, le decía a una joven treintañera que no la llevaba: “Yo la llevo puesta para no contagiarte a ti y tú me puedes contagiar a mí porque no la llevas puesta”. La señora mayor había entendido el mensaje perfectamente. 

Somos una sociedad, la española, que adecuamos nuestro comportamiento a nuestros intereses personales en lugar de hacer caso de las normas cívicamente. Siempre tenemos nuestra propia doctrina para justificar el incumplimiento de la ley, la escrita y la del sentido común. “Que no puedo respirar”, “Que me molesta mucho”, “Que tengo alergia”  o “Que me pica la nariz”. El civismo, creo que por encima de todo, es una actitud de empatía, de solidaridad, en definitiva, de generosidad. El caso es que, en determinadas circunstancias, sabemos ser solidarios -donación de órganos, sangre, etc.- pero en lo tocante al civismo, por el cual debemos someternos al imperio de ciertas normas, dejamos bastante que desear. Solo se nos mete en cintura cuando nos meten la mano en el bolsillo: sanciones económicas. Y a veces ni por esas. 

Ahora, demos la vuelta al argumento. Nos ha contado Simón -no Don Simón-, el de la almendra mal masticada, que los sanitarios que nos recomendaban el uso de mascarilla llevaban razón, pero que el gobierno no lo había exigido porque no había suficientes para todos. ¡Es tremendo el hecho!. Quienes dictan las normas de autoprotección de los ciudadanos, han dejado de exigir el escudo de las mascarillas porque no han sido capaces de proveer de ellas a los que podíamos infectarnos y morirnos, lo mismo que no han sido capaces de dotar a los sanitarios de los EPIs necesarios para que estuvieran protegidos en la peligrosa primera línea de combate. Los ciudadanos debemos asumir el mea culpa por ser poco cívicos, de acuerdo, pero cómo hay que calificar a nuestro gobierno por su incompetencia letal. Ahora es obligatorio su uso -parece que ya hay para todos- y las autoridades pueden multar severamente -son 600 €- a los infractores. Solo me pregunto por la autoridad moral de este gobierno para meternos las manos otra vez en el bolsillo cuando por la misma infracción hace tan solo cuatro días, se las lavaban tranquilamente mientras mentía por tierra, mar y aire.

El uso masivo de mascarillas es la principal “vacuna”, junto con la distancia de seguridad, que los ciudadanos tenemos a nuestro alcance. Ahora y antes.

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