Las supernenas y los supermenas

No paro de darle vueltas a lo de “La patrulla canina” que denuncia esa gran pensadora de todas las izquierdas posibles llamada Teresa Rodríguez. De repente, levanto la vista del folio en blanco y me encuentro con que el megavatio/hora ha subido otros 5 euros de golpe, alcanzando así el mayor precio jamás registrado en la Historia de España.

Decido, pues, cambiar de asunto y comienzo a pensar en “Las Supernenas”, que son esa troupe delirante de chicas progres que han abordado la política de la mano de sus maromos o viceversa para denostar el rosa, aunque luego convierten ese color en el emblema de cualquier reivindicación feminoide transformando la sustancia en mero envoltorio.

El pijoprogresismo ha entrado ya en grado de chiste y cada nueva ocurrencia se salda con un canto a la nacionalización de algo, que es la única manera que se les ocurre de bajar los precios. Más barato que en el mato porque lo pagamos todos.

De las supernenas pasamos directamente a los “supermenas”, que son bandadas de inmigrantes de cualquier país que ya no viajan ni en patera, sino a bordo de esas catedrales volantes de un Ministerio que sobra, según la aguda observación de Pedro Sánchez cuando estaba en la oposición, traídos al voleo desde Afganistán para que él asome el hocico un instante en su madriguera y para hacerse una foto antes de volver al Falcon a toda prisa, que no hay tiempo que perder en atrasar la edad de jubilación mientras el paro juvenil roza ya el 40 por ciento.

Creo que desde el éxodo judío que llevó a la fundación del Estado de Israel no se conocía un fenómeno masivo tan alarmante como este de acoger a presuntos refugiados en países a miles de kilómetros de distancia del de origen. El ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados, se ha quedado sin sustancia porque ya no tiene que montar ni asistir campamentos en los países limítrofes, sino que ahora se ha convertido en una agencia de viajes de larga distancia que desplaza a miles de presuntas víctimas de una punta a otra del planeta.

Y digo lo de “presuntas víctimas” porque a menudo esos campamentos estuvieron y están preñados de asesinos que huyen en retirada, convirtiéndose en la retaguardia feroz de un ejército derrotado o que emigra en desbandada, como ocurrió en Ruanda, pero también en Jordania y en muchos otros lugares.

La comunidad internacional estableció en su día que un campo de refugiados no se montaría nunca a menos de 50 kms de distancia de la frontera del país en armas, para dificultar así razzias de castigo sobre la población civil por parte de los combatientes victoriosos, pero es que ahora les organizamos puentes aéreos y les ofertamos mantenimiento a coste cero de la población que emigra, algo que los ganadores de todas esas guerras (esta vez son los talibán) no sabrán nunca cómo agradecernos, pues les hemos liberado de toda amenaza de contrainsurgencia.

Los más versados en estas cosas alegarán enseguida que México o Argentina sí prestaron en su día sus países como lugar de acogida de los españoles que huían de la guerra civil, pero ocultan o desconocen que aquellos cupos fueron pactados con los Gobiernos respectivos y en el contrato se incluía que el coste del desplazamiento de aquellos refugiados y el sostenimiento en el país de acogida correría a cargo del Gobierno de la República. Con tal motivo, entre Negrín e Indalecio Prieto expoliaron en el yate Vita la Caja de Reparaciones y los tesoros de catedrales, iglesias, museos y conventos al objeto de afrontar esos pagos.

Aquel monumental tesoro nunca se destinó a tal fin, pues una vez que Prieto logró robarle ese botín bestial a Juan Negrín en sus mismas narices, el primero de ellos se lo repartió con los muy corruptos gobernantes mexicanos y los refugiados se quedaron a dos velas. Aún existe un lago mexicano en el que la leyenda cuenta que alberga en el fondo un gran tesoro español, aunque se tiene la certeza de que allí sólo arrojaron los baúles que transportaban en el yate Vita la infinidad de joyas y obras de arte expoliadas por la dirigencia del PSOE en los últimos compases de nuestra guerra civil.

El latrocinio de ahora, como entonces, es a costa de los parados y jubilados españoles, las víctimas que verán mermadas sus prestaciones mientras miles de refugiados afganos, ‘secuestrados’ como lo niños marroquíes en Ceuta, los supermenas, reciben pagas y alojamiento gratis a mayor gloria de las supernenas.

He dicho.




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