Las pizzas y el puchero

No hará falta dar demasiadas vueltas por las hemerotecas para comprobar el objetivo declarado por las huestes podemitas de prescindir o minimizar el voto de las personas mayores.

Desde Iglesias a Carolina Bescansa, la pijo-heredera de tatas dominicanas, es abultada la lista de quienes en estos últimos años destacaron la necesidad de reducir a escombros a ese segmento electoral y reemplazar su peso con el voto de menores de 18 años, que supuestamente les beneficiaría.

No resulta del todo extraño, por tanto, que el subcomandante, aprovechando las competencias que su Vicepresidencia supuestamente tiene atribuidas, se inclinara en su primera comparecencia tras el decreto del estado de alarma para presentarse como el valedor de todas las residencias de mayores con aquel armatoste verbal del “escudo social”. Nadie iría a sospechar si lo que se proponía entonces era exactamente lo contrario, poner en marcha un holodomor electoral, tantas veces sugerido, si no enunciado.

Holodomor es el nombre que recibe en ucraniano la operación de requisa de alimentos que perpetró Stalin contra aquella población desde 1931 en adelante con el objetivo de rusificar y sovietizar Ucrania.

Catalogado como “crímenes contra la Humanidad”, no como “genocidio”, por un quítame allá esas pajas, el holodomor acabó con la vida de entre 1,5 y 10 millones de personas y le sirvió al ídolo de nuestros ‘reconstructores’ nacionales para eliminar cualquier atisbo opositor a sus objetivos.

Casa mal creer de buena fe y razonablemente que un ególatra de la dimensión grotesca de Iglesias salte a la palestra para asumir motu proprio una tarea y que la misma se le desmorone de manera tan flagrante, con semejante pasividad y desdén de su parte y estruendo sobre su coleta.

Pueden hacer la vista gorda, si lo desean, pero también pueden aceptar la monstruosa dimensión de lo que sugiere cierta lógica aplastante de los hechos. Al fin y al cabo, nadie en su momento quiso ver la crueldad que llegarían a acreditar desde Eichmann a Stalin, desde Pol Pot a Bokassa I, o desde el Ché a “Billy el Niño”, que tal vez no por casualidad, junto a la incompasiva serie “Juego de tronos”, es otra de las fanmanías del subcomandante de Galapagar.

Esto no es ninguna acusación formal, sino una acumulación lógica de hechos que merecería ser estudiada desde el ámbito político, jurídico y administrativo para esclarecer todas las responsabilidades, al frente de las cuales, ya digo, se situó, por decisión propia, esa Daenerys del escudo social podemita, cuyo original, no la copia, en uno de los capítulos finales exclama:. “El mundo que necesitamos no se erigirá con hombres leales al mundo que tenemos […] No es fácil ver algo que antes jamás se había visto: un mundo bueno”. Y a la pregunta de Jon de ¿qué hay de los que no comparten su idea?, ella contesta: “No tienen elección”.

Piensen lo que quieran, pero lo cierto es que las incontestables cifras de muertes de mayores, víctimas, además, de la abominable práctica de los triajes, añadido al abandono de las residencias, la denegación absoluta no ya de equipos de protección y mascarillas a los trabajadores, sino incluso la prohibición de traslados a los hospitales, de respiradores para los enfermos y hasta de suministros farmacológicos, excepción hecha de las dosis de morfina, todo debería conducir a pensar al fiscal más desavisado que podríamos estar ante una enciclopedia de indicios delictivos suficientes como para investigar los hechos en la clave de una presunta operación, cuando menos negligente, con resultado de muertes masivas.

Para colmo de males, y por contraste, la siguiente aparición del susodicho personaje en escena no pudo ser más devastadora ni pretendidamente más alejada y olvidadiza de aquella otra, pues con voz de neófito maestrillo de escuela quiso dirigirse esta vez al lado opuesto, “a los niños y las niñas”, para pedirles disculpas y mostrarles toda su fingida compresión paternalista antes de anunciarles que el benefactor Estado les permitiría dar paseos vespertinos con el progenitor A o con el progenitor B, a elección de la familia y no del auténtico propietario, como sabemos por la ministra Celáa, de las criaturas.

Como ven, en todo caso, la obsesión identitaria de esta zurda que padecemos no se limita a lo sexual, ni a cuestiones relativas a la etnia o al género, sino que también la edad pretende ser parte de ese permanente deslinde demoscópico que le ayude a sostenerse en el poder, sea mediante elecciones o mediante presión de sus lobbies en la calle y en los despachos.

El agit-prop de este populismo zurdo trata de mantener en riesgo de electrocución permanente a la opinión pública aunque para ello necesite volcar toda la demagogia de la que sea capaz incluso con las pizzas.

No sé qué narices tienen los señoritos Iglesias y Escolar contra las pizzas, comida popular por antonomasia en toda Italia y que cualquier azzurri de bien consume a diario con desparpajo desde la infancia. Y ya ven cuánto mal les hizo en forma de focaccia, bruschetta, pizzettas o calzone desde Sofía Loren a Mónica Bellucci, desde la Lollo a Lucía Bosé, o desde Mónica Vitti a Virna Lisi.

Bien mirado, lo que les debe resultar insoportable a estos gourmets de La Tour d’Argent, más allá de su odio grotesco a Isabel Díaz Ayuso con su aspecto de madonna en un tondo, no es la pizza, sino la empresa Telepizza, que fue fundada por un ex director de la Coca-Cola de Atlanta y víctima del castrismo.

Es decir, que para entender la enjundia del potaje mental de estos personajes uno tiene que mezclar la lectura de “La obsesión antiamericana”, de Jean-Fraçois Revel, y el “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, de Álvaro Vargas Llosa (et al).

Sólo así uno puede acceder al catálogo de escombros ideológicos que alberga el rancio puchero recalentado que tienen por cerebro.

He dicho.




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