Las otras epidemias

El rasgo elemental y principal que define a una epidemia es su contagio, la onda expansiva que le permite replicarse y anidar en más y más individuos. Sin contagio o transmisión, la enfermedad es soliloquio, mala suerte u onanismo.

“Hay dos cosas infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”, dicen que dijo Einstein cuando reformuló su tesis sobre la permanente expansión del universo, lo cual le concedería a la idiotez humana la característica básica de las epidemias y casi que permitiría decretar en nuestros días por ese motivo un nuevo estado de alarma.

Es esa capacidad de contagio y de expandirse la que asusta y también la razón por la que debiera preocuparnos tanto la idiotez como el sanchicomunismo, porque con Tezanos sustituyendo a Simón en el pilotaje de las cifras, pueden convertirse en patologías que alcancen niveles de pandemia.

Ya lo habíamos comprobado en nuestras propias carnes con el nacionalismo insurgente de catalufos, vascos y navarros, pues almidonados y cebados convenientemente a lo largo de años, alcanzaron cotas de colapso que los anticuerpos de España vienen resistiendo a duras penas.

Bien es cierto que la mutación entontecida que registran ciertos virus de la política española es a menudo degenerativa y en su disparatada carrera hacia el desastre se autofagocitan, a veces hasta la extinción.

Rufián, esa barrica de catalanismo avinagrado, sería un buen ejemplo de que la cepa de Junqueras ha abastecido de células autodestructivas el corpus así como ideológico del esquerrismo.

Pero es aún más obvio si se contempla la siguiente fila de reproducción del virus, la de esa Marta Rosique de 24 años, diputada en el Congreso por ERC, que el otro día en la Comisión de Reconstrucción (no sabemos lo que se ha caído y que están reconstruyendo) quiso saber “qué va a hacer el Gobierno español para acabar con la violencia policial en los Estados Unidos”.

Y no sé, lo mismo va Marlaska y ordena el cese del director del FBI, como hizo con la mitad de la cúpula policial y de la Guardia Civil; o le exigen a Margarita Robles que ordene a Trump el recambio inmediato del comandante en jefe de la VI Flota, porque aquí ya cabe esperar casi cualquier cosa.

Mientras descubrimos las leyes fijas de comportamiento que permitan predecir el futuro de estos caóticos agentes infecciosos, nos queda observar la manera que tienen de mentir y de saltar de un lado a otro.

Por ejemplo, de los ministros de Sánchez hemos aprendido que estamos en mitad de otra pandemia, la de las mentiras, y cada vez que alguno de ellos pone excesivo énfasis en algo, eso significa que no piensan hacer nada o que harán todo lo contrario.

Miente Sánchez como una cepa madre de todas las mentiras y la infección inunda ya el Consejo de Ministros, al completo y de forma generalizada. Mienten Calvo, Iglesias, Marlasca, Ábalos, Illa, las Montero, pero también Lastra, Simancas y Simón…, ergo la epidemia se expande hacia abajo como un lodo.

Nadie sabrá decir dónde están los 300 millones de euros que Pablo Iglesias aseveró al comienzo del primer estado de alarma que se dedicarían a medicalizar las residencias de ancianos, convertidas en un Auschwitz pavoroso que se ha llevado por delante a casi 75.000 pensionistas de un plumazo.

Cada compra ordenada por Salvador Illa constituyó un fiasco monumental y los dineros no aparecen, pero ahora dice Marisú Montero que el Gobierno se limitó a comprar cositas y a distribuirlas como un Amazon o un DHL por las autonomías. Y a mí que me registren…

Esta vez la epidemia no viene de Wuhan, aunque sí tal vez de La Habana, vía Caracas, como las maletas de Delcy, y se alimenta de una egolatría y una soberbia inmensas, sólo comparables por tamaño con el núcleo de combustión del Sol.

Sánchez arde como una espada flamígera que cuanto más oxígeno consume más tiempo ilumina el plasma de la TV.
Menos mal que estamos en la UE y dentro del euro, pero imagínense a esta tropa con una máquina de fabricar billetes a destajo. No quedaba en pie ni el cupón de la ONCE.

O la UE nos encuentra la vacuna para estas otras epidemias o arderemos como en el 36, ya saben.

PS: Y C’s…, con el chupete puesto.

He dicho.

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