Las manos del Gran Poder

Da igual cómo, pero siempre, de alguna forma, sus manos parecen ocupadas dando esa sensación de tenerlas así ad aetérnam. Son las manos del Gran Poder; asidas al suplicio y también al cariño de quienes lo veneran.

Después de tanto empacho y gasto en lo festivo y gastronómico, no me apetecía mucho opinar de las payasadas con las que han pretendido concluir estas navidades, antes manipuladas por el consumismo y ahora también por las ideologías que pretenden revertir estas fiestas, no ya como paradigma del capitalismo –que lo era–, sino en un estafermo circense y mediático más allá de su esencia.

No me apetecía, no. Así que, caminando perdido por la mañana adormecida de Sevilla, llegué casi en un tránsito a las puertas de la casa de su sevillano más universal: el que duerme en San Lorenzo. Y ante aquellas puertas cenicientas recién desperezadas me dispuse a entrar; al verlo estas palabras se escribieron solas, y no cabía en mi mente más que su presencia.

Así es. Este año me dirigí a visitarlo, como desde hace mucho, en furtivas visitas a deshoras. Parecía que nada hubiese cambiado aunque, en realidad, casi nada era ya igual. Cada año que se sucede nada es lo mismo y, sin embargo, a mí me gusta pensar que sigo siendo aquel muchacho que se acercaba a besarle el talón a Dios como Magdalena enjugó sobre sus sandalias: sabiéndome de alguna forma liberado.

Me acercaba a su figura callada, imponente, perdiéndome en los detalles que le rodeaban. Tras de mí, incipientes murmullos de los más madrugadores que sorteaban el dintel. Cuchicheos en baja voz que conferían al lugar aquella imposible impresión como la primera vez me causó pisar el suelo por el que Él pasa. Todo retumbaba y, a la par, nada molestaba. Era como una comunión perfecta. Él, silente, y el mundo… Ay, el mundo. El mundo, que estaba reflejado bajo aquella bóveda solemne, no podía callarse porque aquella tregua entre los muros alborotaba el alma. El mundo –ay, ese mundo– necesita de momentos para reencontrarse en el silencio y gritar con la garganta muda y el corazón tronando.

Caminaba despacio, como si no tuviese motivos para hacerlo de otra forma. ¿Para qué las prisas allí donde los relojes, sintiendo que el pulso se acelera cuando los dedos se enlazan, se paran, y los pasos se convierten en rodillas flexionadas en las hileras de las bancadas?

¿Caminaba? Más bien me transportaba sin sentir que mis piernas se desplazaran. El aroma a incienso, velas que chorreaban, de cera, lágrimas, flores y ese sosiego casi desasosegado, me recordaban al eco de sensaciones que queda en la mañana tras la Madrugada.

Me detuve. Sí, me paré como una nube sobre otra: imperceptible, suave. Y miré sus manos. ¿O quizás me detuve al mirar sus manos? Huesudas, definidas, abiertas, hermosas; como faltándole algo que abrazar: esa otra abnegada zancada que son sus brazos agarrándose al madero. ¡Qué zancada más preciosa, Señor, la de tu abrazo a mi cruz! ¡Qué zancada más amorosa la de tu mirada buscándome! ¡Qué zancada más dulce la de tu boca llamándome! ¡Qué zancada más valiente la de tus pies guiándome!

Tus manos Gran Poder, tus manos. Te tenía ante mí con tu rostro dolido, con tu cuerpo turbado, casi oyendo tu aliento cansado, casi sintiendo cómo deseabas apoyarte y reposar, también, del dolor enclaustrado en tu altar dorado. Pero tus manos…

Tus manos, aprisionadas con dulzura con el cordón de quienes te aman. ¿Qué sensación delirante será verte sin patíbulo ni ataduras?

Tus manos, capaces de hacer de la madera el más cálido sentimiento; que es tocarte y notar que es carne aquello que tallara tu escultor sin ser consciente de ello. Tus manos, que es besarlas y estremecerse mi lógica al adivinarte acariciándome estos labios de los que de tanta hiel están prisioneros.

En la mañana del seis de enero, con los Reyes Magos mirando aún de reojo las caras de los niños, mis manos no eran mías, sino las tuyas que me hicieron olvidar lo humano y escribir sobre tu Gran Poder, ¡tu Gran Poder! –¡no me importa repetirlo!– tu Gran Poder divino.




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