Las epístolas de San Sánchez

Como apuntaba ayer el muy guasón y erudito amigo Fernando Navarro, ese príncipe de la mentira llamado Sánchez, a fuer de plagiario incorregible, está cerca de iniciar un discurso frente al plasma con un rábano o un nabo entre las manos mientras recita dramáticamente con lágrimas en los ojos el “¡A Dios pongo por testigo…!”.

Todo en Sánchez es un plagio, una copia, un mimetismo, un corta y pega en las formas y una retahíla de palabras huecas, de cartón-piedra o de papier-mâché, extraídas de enunciados literales sin cita de autor ni nota a pie de página. El copy-paste de Sánchez no perdona ni a Michael Jackson ni a Coelho. Ni a Kennedy ni a Churchill. Ni a Borges ni a Paulina Rubio. O sea, Sánchez es un show de Les Luthiers.

La SGAE debería exigirle a la Moncloa pagar el canon y una multa por reproducción mecánica sin permiso y por atentado a la propiedad intelectual. Un falsario al galope, un farsante sin fisuras: “un puro teatro, estudiado simulacro”, que le diría La Lupe.

Tengo otro amigo con el que nos reímos mucho, porque cuando la situación induce a ponerse lírico o mayestático en circunstancias comprometidas, acostumbra a ensayar alguna frase rimbombante y pretendidamente aleccionadora en plan serio y circunspecto y entonces, distraídamente, sin darse cuenta, le salen topicazos televisivos que invitan a la risa.

Por ejemplo, en un casorio puede felicitar al novio y susurrarle al oído con aire trascendente: “Felicidades, amigo, en las distancias cortas es donde un hombre se la juega”… y luego no suena la música de Brummel, sino que estalla la carcajada de los presentes. O puede darle el pésame a un conocido recordando que el finado era “la chispa de la vida”…

A Sánchez, que lo lleva todo escrito, la entendedera no le da para más y cuando siente que se le queda corto el discurso o la pulsión ególatra le puede, se anima a prolongarse en el vacío y la emprende a derramar desdobles de género sin venir a cuento que su palabrería podría extenderse hasta mañana.

Todas las decisiones de Sánchez son un puro ejercicio de improvisación calculada media hora antes de salir a escena, aunque por escrito, lo que obliga a sus guionistas a preseleccionarle párrafos como de enciclopedia o extraídos de un vademécum antológico de frases célebres que valen lo mismo para justificar la inutilidad de los test y las mascarillas que su obligatoriedad; lo mismo para pasar a la Fase 2 que para confinarte en Alcatraz el resto de tu vida; igual vale para sacar en procesión a Arrimadas que para pactar con Bildu o lo mismo para llamar a Abascal demócrata conservador que para calificarle de ultramegahiperfascista de la muerte mundial. O sea, un caso.

Cualquier día nos lo encontramos ante el plasma, con sus tres capas de maquillaje, que ya recuerda a la Sara Montiel del final de su carrera con la gasa traslúcida para difuminarle los contornos y las sombras, y nos estampa el “Ich bin ein ampurdanés” que Kennedy le dirigió a los berlineses: “En verdad, en verdad os digo, hermanos que… Ich bin ein turolense, porque Teruel también existe”. En fin, las epístolas de San Sánchez.

La palabrería de Sánchez es tan reversible como un discurso de Mario Moreno Cantinflas y todas sus medidas sanitarias y económicas parecen extraídas de la Wikipedia y suenan a ocurrencias de un vendedor de mantas o de burras viejas en una feria de ganado.

Ni la burra come ni la manta abriga, pero el tipo, como un encorbatado de Salt Lake City, seguidor del Advenimiento de los Santos de los Últimos Días, es capaz de tenerte con la puerta abierta hora y media en el zaguán de tu casa mientras declama la palabra y las andanzas del profeta José Smith sólo para sostenerse en la Moncloa. Es decir, un plasta de cojones.

A Tip y Coll les habría entusiasmado el personaje, aunque quizá los espectáculos de Sánchez le habrían arruinado el negocio de llenar un vaso de agua con una jarra en dos idiomas, porque el esperpento lo supera.

Sánchez ha aprovechado el confinamiento para mejorar sus “mises en scène” y ha alcanzado momentos tan cumbres en vistosidad para la memoria colectiva como el de Móstoles y las empanadillas de Martes y Trece. Nadie podrá olvidar, sin partirse el culo de la risa, aquello de “¡Cuántas veces tengo que decirle que no pactaré con Bildu!” o su afamada loa de que la pandemia contribuye decisivamente a que los niños se laven más las manos y a la bajada de consumo de queroseno.

Tengo por seguro que apenas los españoles logremos sacarle de la Moncloa, a puntapiés si hace falta, el propio Sánchez se planteará muy seriamente montar un espectáculo de humor junto a Alberto Garzón, el de “las apuestas deportivas han bajado”, y con Carmen Calvo, la del virus unido “en línea recta” entre Nueva York y Tasmania, que programará giras por los teatros de los pueblos de España y se promocionará regalando entradas en lo de Ferreras o en “El Hormiguero” de Pablo Motos.

Por cierto, a Ferreras ya podrían hacerle un hueco en este show como de Chiquito de la Calzá. Ayer mismo, por no alargarme, conectó con su barbie-manipuladora desplazada a la playa de la Barceloneta para anunciarnos que los fachas de la sociedad civil catalana habían tomado la playa al asalto de manera irresponsable y se estaban… ¡bañando!.

Detrás, al fondo, una playa inmensa, vacía, con dos personas cada 300 metros, lo cual viene a demostrar que la precaución y el pavor de Ferreras no es al covid y a su contagio, sino al agua… Y al jabón. Espesito tela.

Siempre nos quedará París… O Casablanca.

He dicho.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *