Las “compañías eléctricas” de Pablo y el Conde de Montecristo

El cinismo es una pulsión que se retroalimenta de sí misma. A mayor cinismo, éste se incrementa exponencialmente como una pandemia.

Creo haberlo enunciado de forma parecida apenas decretado el primer estado de alarma y me parece recordar que allí indicaba que a medida que pasara el tiempo crecería la necesidad de este gobierno de abusar de la mentira..

Decía así en aquel entonces: “… a medida que la gente perciba la absoluta parálisis culpable y la evidente ineficacia del Gobierno, crecerá exponencialmente su desparpajo para mentir. No se pararán en la simple ocultación, sino que manipularán y mentirán todo lo que haga falta para salir del atolladero. Irá in crescendo…” Diez meses después de aquel presagio, el cinismo se acumula como caspa en las hombreras de esta gente.

En enero de 2018, los megacínicos entraron en tromba a exigir la dimisión del director de la DGT y ex concejal sevillano Gregorio Serrano por el resultado elemental de una nevada prevista, prima hermana de Filomena. Al frente del Ayuntamiento de Madrid estaba una tal Manuela Carmena y Errejón, como siempre, haciendo el tonto. Hoy, en cambio, el echeniquismo y el errejonismo, materias de parvulario, vuelven su mirada hacia el acalde Almeida y hacia Isabel Díaz Ayuso, pero nada que decir sobre el ministro de Fomento y sus derivadas, que se encerró en una maleta de las de Delcy en el desván.

¿Qué cabe añadir a esa colección enciclopédica de las hemerotecas cuando Pablo Iglesias, su enchufada Montero de la casta, Alberto Garzón, Sánchez, Ábalos y demás ralea elevaban sus protestas porque el precio de la electricidad había subido un 8% en mitad de una ola de frío mientras ahora sube un 27% el mismo día que arrecian las tormentas de nieve en más de media España y en León se alcanzan temperaturas siberianas?

No hay cabeza humana capaz de soportar tanta impostura, tanta basura, tan contumaz cinismo de bocachanclas y debiera estar tipificada la ruindad de Irene Montero cuando enumeraba las diferencias que existirían en una reunión entre las compañías eléctricas y Pablo Iglesias o entre aquellas y cualquier otro político.

Y la diferencia entre los unos y el otro, es verdad, es muy sencilla, porque las verdaderas ‘compañías eléctricas” de Iglesias (saltan chispas) son Dina Bousselham, Tania Sánchez, Lilith Verstrynge, Marta Flor, la abogada contra Calvente, Rita Maestre y toda esa tropa de tocapelotas feminoides cuyas carreras están construidas por la vía amorosa y vaginal en los pupitres de la Universidad y en la noches de calimocho y perritos calientes del 15-M. No dan para más.

A estas alturas la realidad es sorprendente y nadie entiende que el precio de la luz no haya bajado después de que el ‘Ninisterio’ de la Montero y sus secuazas recomendase dejar de utilizar el color rosa en la ropa y los juguetes de las niñas.

Resulta incomprensible que una vez que el Instituto de la Mujer pasó a denominarse Instituto de las Mujeres, los precios de la electricidad no se hayan desplomado y ni siquiera el clima se haya atemperado en esta ola de calentamiento global mega acojonante y de sequía inusitada que desborda el río Cachón a su paso por Zahara de los Atunes y anega la localidad de La Línea, de donde hace unos años, tras una visita a Gibraltar, huí justo cuando el parking subterráneo frente a la verja acumulaba ya dos cuartas de agua.

Mientras todo esto ocurre, que ni fabricamos electricidad suficiente para abaratar los precios ni se ven los efectos de la gran patraña climática por ninguna parte, tenemos un gobierno que apoya todo su discurso hueco y derrocha nuestra pasta en la necesidad de una transición ecológica y en una lucha solemne, estúpida y urgente contra un cambio climático que ni está ni se le espera por ninguna parte.

La conclusión de todo esto empieza a ser muy simple porque la ecuación es muy sencilla: si quieres saber quién está robando sólo hay que prestar atención a quien recurre con insistencia al argumentario del calentamiento global como una muletilla, porque ese es el ladrón o es alguien a quien se la han metido hasta donde pone en un cartel “Bienvenido a Groenlandia”.

A Sánchez no se le cae de la boca el discursito de las renovables y cree que llenando de molinillos el paisaje lograremos aventar un día todas las miserias de esta paupérrima España que ahora mismo se sostiene a base de pedir prestado a la familia o a los amigos para poder comer.

Cierran nucleares y le compramos energía a Marruecos, que la produce con carbón y gasoil, pero ellos siguen propalando que el planeta está en peligro porque se calienta a una velocidad inexistente y lo que les sobra en pagar asesores se lo gastan en subvencionar placas solares y molinillos incapaces de cubrir la demanda.

Confinados por la pandemia y por el frío y bloqueados en el Twitter y en el Facebook sin calefacción, estamos rodeados por un campo magnético que en otros tiempos se denominaba dictadura. Si cuatro megamillonarios invisibles, con nuestro talibán presidencial convertido en gañán de sus intereses, nos bloquean el acceso a la verdadera realidad, habrá que concluir que esto era el Big Brother del que hablaba Orwell y que han secuestrado la soberanía nacional y a 75 millones de votantes a base de cerrar las cuentas de los mandatarios no afectos de cada país.

Mientras tanto, no se olviden de una cosa: han convertido a Donald Trump en el Conde de Montecristo y no pasarán demasiados años antes de que vuelva para vengarse de todos los que comenzaron este secuestro inusitado de la democracia.

He dicho.




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