Las causas perdidas

Proyecté hace años una serie documental para TV que reflexionaría sobre los atroces dilemas morales (sobre todo morales) que afrontan las organizaciones humanitarias en todo el mundo. Utilizaría como percha el 50 aniversario de la creación de la primera ONG moderna, que acaba de cumplirse el pasado mes de diciembre y del cual me ha sorprendido que ni siquiera la propia organización haya hecho bandera de estos primeros cincuenta años de recorrido a pesar de que en estas fechas toda esa ristra de siglas embadurnan los canales de comunicación con su propaganda, desde Save the children a Oxfam y desde Médicos del Mundo a Amnistía Internacional.

Me refiero a MSF-Medecins Sans Frontière, fundada por un grupo de sanitarios y activistas (entre ellos Bernard Kouchner, que luego fue ministro de Sanidad con Miterrand) tras el cierre de la guerra de Biafra, en diciembre de 1971, donde actuaron de forma asilvestrada y semi clandestina arriesgando la vida para saltarse el bloqueo perpetrado por las autoridades nigerianas cuando trataban de transportar casi a diario la logística asistencial necesaria para salvar de la hambruna causada por el asedio de las tropas del norte, fulani y hausa (de amplia mayoría musulmana), a varios millones de personas del pueblo igbó (animistas y cristianos, sobre todo) que se descomponía ante los ojos atónitos del mundo por el marasmo y el kwashiorkor. Todo aquello quedó perfectamente consignado en un desconocido y exitoso relato (su primer libro) del entonces incipiente escritor de best-sellers Frederick Forsyth, quien prestó labores en aquella ocasión en el MI5 y el MI6 al servicio de Su Británica Majestad.

La serie, que constaría en principio de cuatro capítulos, centrados en cuatro escenarios bélicos africanos distintos para analizar el papel desempeñado, las crecientes e irresolubles paradojas/contradicciones y los temibles conflictos que les han surgido de la experiencia sobre el terreno, quedó varada con el inicio de la pandemia y el proyecto, ya muy avanzado, se derrumbó como un castillo de naipes, primero en Movistar y luego quedó sin respuesta en Netflix y con una pretendida participación de la RTVA en el alero.

No era imprescindible la efeméride, desde luego, para levantar este proyecto, en el cual se había involucrado incluso el magnífico y brillante productor Gervasio Iglesias, ahora entusiasmado con el proyecto “7+1” de Gonzalo García-Pelayo que les traslada hoy mismo a rodar en el sur de la India, pero serviría de atractivo añadido a lo que pretendía analizarse, porque el nacimiento de MSF puso en pie por primera vez un espinoso enunciado pseudo jurídico como es el del “derecho de injerencia por razones humanitarias”, que contraviene la base misma de las relaciones internacionales y diplomáticas, pues se arroga el derecho a intervenir en un conflicto y a no respetar la soberanía de las fronteras en caso de considerar prioridad urgente la atención sanitaria, alimentaria, epidemiológica, etc. de la población civil.

Loable intención panglobalista, propia de una sociedad cada vez más interconectada, la de anteponer principios relacionados con la piedad, la conmiseración, la caridad o la solidaridad humana por encima de los pequeños o grandes, pero prosaicos, intereses de las sociedades del momento. Sin embargo, las ONG modernas no han logrado soslayar las inmensas contradicciones que se generan con sus a menudo arriesgadas operaciones, la cual se desvirtúa en cuanto diseccionas que si ayudas a una de las partes en conflicto desde el exterior (incluso si lo haces a la retaguardia) formas parte del entramado que alimenta la prolongación, cuando no la perpetuación, de la propia guerra y te conviertes en enemigo o en alguien muy ‘molesto’ para una de las partes, normalmente la que va dominando la situación.

Todo ello implica que, nos (les) guste o no, las ONG se han convertido a día de hoy en una parte tan consustancial de los conflictos como la presencia de los AK-47 de fabricación soviética que inundan desde hace más de medio siglo todas las batallas registradas en el Tercer Mundo, a pesar de los cánticos izquierdosos que pretendieron, y aún pretenden, endilgarnos las monsergas pacifistas y anti-imperialistas surgidas del comunismo patológico del que aún se alimentan personajillos tan delirantes como los miembros de esa banda de los Iglesias, Errejón, Echenique, Monedero, Garzón o Yolichari Díaz.

Hay muchas otras consecuencias perniciosas tras el telón de la pretendida bondad laica que alimenta a este humanitarismo combatiente y que sus responsables más preclaros no han sabido lidiar hasta la fecha. Es más, son los más lúcidos directivos de dichas organizaciones a lo largo del tiempo (el propio Kouchner entre ellos) quienes han venido poniendo el dedo en la llaga, cada vez con más ahínco, gravedad y urgencia, sobre las controversias más lacerantes y los resultados más sangrantes de sus actuaciones, sobre todo en África, o ponen de relieve que su presencia a menudo sirvió incluso para otorgar legitimidad a fiascos tan rotundos como los de Etiopía (jamás fue la sequía la causa de las hambrunas, sino la manipulación de la maldad humana), Somalia (¿quién les dijo que debíamos ir allí a causas perdidas?) o Sudán, en una guerra interminable del fin del mundo, envuelta en las más millonaria y cara campaña de ayuda humanitaria jamás concebida y que perdura desde hace casi medio siglo (Operation Lifeline Sudan).

Alguien tendrá que contarlo y hacer balance de todo ello, sin mierdeces, sin mitos falsos y sin tonterías.

He dicho.




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