La vieja bancada verde

En la televisión vemos mucho estos días las imágenes de discusiones y gritos en la señera Cámara de los Comunes del Parlamento británico. No es ciertamente el mejor momento para elogiar el sistema político del reino ocupante de nuestro hermoso Peñón… más bien todo lo contrario. 

Pero para algo intemporal cualquier momento es bueno. Un detalle aparentemente menor, que suele considerarse anecdótico, es el pequeño tamaño de la Cámara para tantos parlamentarios; vulgarmente hablando, lo apretados que están todos. El banco corrido, sin separadores siquiera para cada persona como en los trenes o autobuses interurbanos; no, una sola bancada para acomodarse como puedan. Los de la primera fila, que son además los más “importantes”, con las piernas al aire, sin poder apoyar ni una libretita, todo el cuerpo expuesto. 

No es momento como digo para admirar mucho al Reino Unido; pero expreso mi aplauso sin reservas hacia el espacio físico en el que sus parlamentarios se reúnen, y creo que excede lo anecdótico. Estrictamente hablando, no es que ese espacio haya resistido tal cual el paso de los siglos, los incendios y las guerras. Ha sufrido daños y casi destrucciones completas muchas veces, pero siempre se ha reconstruido según el modelo original, como sucede en tantas catedrales y palacios. Así pues, se puede decir, obviando un poco las reconstrucciones (o casi afirmando que más auténtico aún gracias a ellas –el empeño en mantener esa estructura podía más que los incendios), que esas son las mismas bancadas en las que discutían los parlamentarios de siglos pasados, remontándose a la Edad Media, y por eso resultan ahora tan pequeñas e incómodas.

Se pensará que admirar la continuidad de ese espacio ha de deberse a razones nostálgicas o puramente estéticas. O que está relacionado con la vanidad – aquello de presumir de que algo tiene mucha solera… Creo que el que los Commons se sigan reuniendo allí, aun estando apretados, aun teniendo a veces que quedarse de pie algunos de ellos cuando acuden todos, esto tiene un valor mucho más allá de lo nostálgico.

Por lo pronto, obliga a pensar. A veces, como dice el Evangelio, las que hablan son las piedras; en este caso, los bancos verdes.

El primer hecho que ven nuestros ojos, sin necesidad de explicaciones, es que para los representantes de esa todavía gran nación existen cosas más importantes que la comodidad. Merece la pena meditar un instante en esto, en una época en la que hemos hecho casi una religión del bienestar corporal, del confort absoluto. (Nuestro hermoso Congreso de los Diputados, noble edificio decimonónico muy, muy admirable también, se inclina no obstante de lleno al servicio de la comodidad de cada diputado, de manera que cada escaño se ha ido convirtiendo en un comodísimo cobijo para que, escondiditos, sus señorías se distraigan con el móvil tan ricamente…)

Pero todavía esta conclusión es menor – porque se puede pensar que ese momentáneo sacrificio de comodidad es en aras de cosas como el prestigio o la vanidad, no mucho más excelsas. 

Creo que hay razones más profundas para admirar la estrechez de los bancos verdes. Obligan a pensar. ¿Por qué están tan estrechos? Porque datan, como decíamos,  de una época muy anterior, cuando la población del país era mucho más pequeña, había menos representantes, y nuestras comodidades no existían. Vale, pero entonces…

Pero entonces resulta que con nuestros propios ojos estamos viendo lo que en el colegio no nos enseñaron; es decir, que el sistema parlamentario data de muchos siglos atrás; que no se inventó con la Revolución Francesa. En un época tan desdeñosa de lo pasado, que lo utiliza como material turístico, sí, pero que a cada paso nos recuerda las falsedades aprendidas en las aulas por si se nos habían olvidado: que antes de finales del siglo XX todo era oscurantismo, que la democracia es invento recentísimo, que hasta hace nada toda la sociedad occidental estaba oprimida, hasta que llegó la luz y la claridad del progre occidental moderno… pues en una época como ésta, tan llena de mentiras, conviene que dejemos hablar a las piedras.




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