La vida es bella

Hace veinticinco años (¡veinticinco años, ya!) del estreno de aquella magnífica película, “La vida es bella”, de Roberto Benigni que no dejó indiferente a ninguno de sus espectadores y de la que todos recordamos su música, sus magníficas interpretaciones y la moraleja que de ella se extrae: lo más inteligente es poner al mal tiempo buena cara.

El cuarto de siglo que ahora se cumple ha venido a coincidir con un tiempo en que rara es la noticia que no es desalentadora, preocupante o desesperanzadora, lo cual ha hecho que  me pregunte cómo afrontar estos momentos tan difíciles para todos de la forma más inteligente, y, si es posible, sin perder el sentido de humor.

Lo primero que he recordado es que es básico tomar conciencia de la realidad que nos rodea, y con ello no les animo a atiborrarse de datos económicos (IPC, caída del PIB, inflación de dos dígitos, atonía en la inversión, descenso en el número de cotizantes en la Seguridad Social, etc.). Me refiero al hecho de asumir que no podemos seguir viviendo igual con el mismo dinero, que habrá hábitos que modificar, que toca dejar de mirarnos a nosotros mismos, levantar la vista y observar que hay personas que con menos ingresos sobreviven y sacan sus familias adelante.

No debemos sentir vergüenza al decir que no hemos podido veranear este año, como hacíamos en temporadas anteriores, por renunciar a cadenas de televisión privada, y, llegado el caso, por darse de baja en compañías privadas de salud. De toda la vida, los hermanos menores o primos más pequeños han heredado ropa y no ha sido ningún trauma para ellos. Un buen amigo me decía medio en broma que este invierno íbamos a vivir una crisis de consumismo: con su mismo abrigo, con su mismo jersey, con sus mismos vaqueros,…

Hemos asumido como normal el tener dos coches y dos plazas de garaje, con los gastos inherentes que ello conlleva (alquiler de la plaza, seguros, revisiones, ITV, Impuesto municipal de vehículo de tracción mecánica) cuando para la mayoría lo normal es el transporte público, llueva, nieve, ventee o caiga el sol a plomo.

La costumbre de vivir permanentemente endeudados por la facilidad de los créditos (vía descubiertos en cuenta, pagos con tarjetas revolving, las campañas de “compre en Navidad y pague en tres meses”, el Euribor por los suelos, etc.) ha hecho que nos olvidemos de que nuestros mayores a las deudas les llamaban “trampas” y que sólo incurrían en ellas por una “verdadera” necesidad.

Lo segundo es confeccionar un presupuesto mediante la anotación de cuáles son nuestros ingresos (fijos y variables) y cuáles son los gastos fijos comprometidos (alquiler o recibo del préstamos hipotecario, comunidad de propietarios, seguros, cuotas de clubes sociales u otras asociaciones, etc.) y cuáles los variables estimados (alimentación, ropa, calzado, etc.) con detalle de cuándo debe hacerse frente a ellos, mejor con una tabla de filas (conceptos) y columnas (meses). Es muy importante no olvidar ninguno.

Seguidamente, hemos de escribir cada día los gastos en que incurrimos, porque ello nos permitirá confrontarlos con los presupuestados y observar las desviaciones producidas, tanto al alza como a la baja. No debemos sorprendernos de que se produzcan discrepancias entre lo previsto y lo realizado, pero este resultado nos dirá a las claras cuál es la realidad deseada y cuál la acontecida, de lo cual extraeremos consecuencias para un próximo futuro.

Del aumento de la demanda de créditos da fe el IV Barómetro de préstamos al consumo de la Asociación de Usuarios Financieros (ASUFIN) que nos habla de un aumento del 29,30 % en el pasado mes de agosto, cuando en 2021 fue del 24,10 % y en 2020 del 14,20 %, la mitad. El ahorro que algunos hogares acumularon durante la pandemia se empieza a agotar, obtener financiación bancaria sale ahora más caro, y, para colmo, el endeudamiento es en muchos casos para adquirir bienes de primera necesidad.

Tiempos difíciles dan lugar a personas fuertes y ahora toca echarle imaginación al asunto. Habrá que releer la carta a los Filipenses de san Pablo donde nos dice: “Sé lo que es vivir en la pobreza y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en cualquier circunstancia: tanto a quedar satisfecho como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir por no tener nada”, y explica cómo hacerlo.

Éramos ricos y, probablemente, no lo sabíamos, por eso Schopenhauer nos decía que “La felicidad es un estado que se recuerda”. No lo olviden, la vida es bella. Siempre.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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1 Comment

  1. José Antonio Molino dice:

    La vida bella y además, siempre nos deja un atisbo de esperanza, de que todo puede ser mejor en un futuro y esa esperanza sin duda es un motor eterno para afrontar los malos tiempos. Dignas de aplicar tus sabias recomendaciones, que a todos nos forjarán carácter y fortaleza de espíritu además de aprender un máster en economía doméstica. Siempre he dicho que las deudas, tarjetas y “trampas” deben administrase y manejarse con prudencia y sentido común, porque así nos serán útiles para nuestros propósitos sin caer en los peligros del sobreendeudamiento. Mi padre decía que más importante que tener dinero era tener crédito, entiéndase en todo el amplio sentido de la palabra, no sólo en tener préstamos.
    Pero sea, como sea, en buenos o malos tiempos, que no falte la Esperanza, porque nos hace la vida más bella aún

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