La verdad de la vida

La aparición de la Familia Real española guardando su minuto de silencio en el jardín suscitó algunos comentarios críticos sobre lo “poco apropiado que era vestir a unas niñas tan de negro”.

Ciertamente, dichos comentarios no tuvieron mucha trascendencia, ni la imagen en sí tampoco, porque, nos guste o no, la Monarquía española… ¿cómo decirlo?, socialmente hablando parece interesar cada vez menos. Pero esto sería otro tema.

Ciñámonos sólo al comentario desaprobador de que “unas niñas vayan de luto”, porque la idea parece concordar con el sentir general, que ya data de varios decenios, pero que se ha puesto más de manifiesto, como tantas otras cosas, en estos meses de pandemia. El sentir general de que la muerte, si ya la escondemos para nosotros mismos, pues muchísimo más debemos ocultársela a los niños. 

¿Han visto a algún niño en un cementerio? En el tanatorio, al que pasada una edad sin duda ya hemos tenido ocasión de acudir y no pocas veces, ¿han visto alguna vez a las nietecitas de un difunto? Y todavía el tanatorio indica trauma reciente, pero en el cementerio un dos de noviembre, ¿tendría algo de super traumático que una niña de diez años fuera con sus padres a visitar la tumba de un abuelo fallecido hace ya tiempo? (Bueno, la verdad es que la costumbre se ha perdido casi totalmente, para los de diez como para los de cuarenta. Aunque ese día sea el más “animado” del cementerio, lo que hay es residual. Si se tratara de una costumbre vigente, acudirían todas las familias de Sevilla). En una misa de funeral, ¿se ve algún niño? No digo de dos años, sino de doce, de trece, ¿ven alguno?

La vigencia social generalizada es que hay que mantener a los niños estrictamente al margen de todo lo que tenga que ver con la muerte. Bueno… podemos comprender que las realidades tristes y dolorosas puedan herir la sensibilidad de los niños (y las nuestras, claro. Pero nosotros no tenemos más remedio que afrontarlas). Pueden herirla, sí.

¿Alguien se preocupa de no herir la sensibilidad de los niños cuando se les explica, desde tiernísima edad, el mecanismo de la reproducción humana? ¿Alguien se plantea si, explicando ciertas cosas fisiológicas en todo su visceral detalle, mucho antes de que les surja la menor curiosidad al respecto, no se estará destrozando algo precioso e irrecuperable (la inocencia, que disfruta la dimensión espiritual del ser humano, crucial para contrarrestar luego la inevitable parte animal)…? Ah, no, eso no se piensa. Es la verdad, la verdad, y hay que explicarla, y con detalle además, y con fotografías y con vídeos. Esa es la realidad, la realidad. A los niños no hay que mentirles, se acabaron los tabúes, a explicar, a divulgar…

De manera que hoy es obligatorio, nadie lo discute, el explicarles todos los detalles, por crudos que sean, del nacimiento de un ser humano… pero de la muerte no se puede hablar. ¿Y no morimos, igual que nacemos? Si se trata de “decir la verdad, la verdad, fuera tabúes”, ¿no es tan verdad una cosa como la otra?

Se ha hablado estos días, con harta justicia (¡y aún se ha hablado POCO!), del enorme dolor que ha supuesto para tantas familias, ya no sólo perder a un padre, a una abuela, sino encima el no poder asistir al funeral, el no poder presenciar el entierro… En lenguaje convencional, “el no poder despedirlos”.

Y aquí viene lo más aterrador para muchos, entre los que me cuento. ¿Es verdaderamente este hecho – el que el abuelo se muera “como un perro”, sin funeral, sin entierro, sin nada- tan, tan doloroso para la mayoría? Ojalá me equivocara (en este caso, la expresión, convertida en tópico, expresa una verdad intensa – anhelo equivocarme), pero creo que estos fallecimientos asépticos concuerdan monstruosamente bien con la tendencia de los últimos años.

Sin necesidad de pandemias, cada vez había menos funerales, menos recordatorios… Los entierros estaban concurridos en casos de personajes “socialmente relevantes”, o en el caso de fallecidos jóvenes (lo único, esto último, que consigue crear un cierto aire de luto en el ambiente). Pero la muerte de la humilde y anónima tía abuela, la muerte del olvidado nonagenario con Alzheimer… ¿no es vivida muchas veces como una molestia más, como un incómodo trámite a seguir- ratito de tanatorio, y entierro, adiós- cuya supresión (la supresión de las ceremonias) no cambia mucho las cosas?

En otra época, la muerte, ya fuera la de una centenaria que llevara treinta años con demencia (hasta más en ese caso) inducía a una solemnidad, a una trascendencia, a una reflexión sobre los inescrutables misterios del destino humano.

Hoy, a fuerza de esconder y simplificar, los no-entierros, no-funerales del coronavirus, es de temer que para muchos no hayan sido sino una simplificación bastante cómoda… y que “sienten jurisprudencia” para un final de la vida aún más aséptico de lo que ya era.

Y ojalá yerre estrepitosamente.


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