La vaca Paca y el esqueleto del abuelo

Con el disfraz de la vaca Paca se presentó la otra tarde la vicepresidente Carmen Calvo en rueda de Prensa para anunciar que el Valle ya no será de los caídos por España en ambos bandos, sino un memorial civil que recuerde para siempre la victoria de un bando sobre el otro. O si lo prefieren, la derrota sufrida por los unos a manos de los otros.

Les falta sutileza (de ahí, tal vez, el disfraz de la vaca) y no saben admitir que la derrota fue de todos y para todos. Esta, que es la gran enseñanza de nuestra guerra civil, no le cabe a la Calvo en la meninge sectaria ni en la falta de escrúpulo para enfangarse entre los cadáveres de la memoria de los españoles.

“La vaca Paca tiene una mancha en la pata/ La vaca Paca, de noche duerme y de día hace caca”, reza la canción infantil y en ella se refleja la naturaleza misma de su trazo grueso, de su brochazo con el rabo, que no mata moscas pero sí a la inteligencia.

Recalcó la ubérrima vaca Paca metida a vicepresidente el hecho de que será un “cementerio civil”, no religioso, con la certeza de quien sabe que su verdadera pretensión es derribar la Cruz que lo preside todo, pero olvida que los familiares de quienes fueron allí enterrados pudieron denegar el permiso, de modo que aceptaron aquel receptáculo para los suyos como lugar de recuerdo, reconciliación y fin de la tragedia, más allá de las consideraciones religiosas que tuviesen en vida.

Hubo de todo allí…, soldados y civiles desconocidos de ambos lados, gente anónima por inidentificable, víctimas y verdugos, inocentes y culpables, cobardes y valientes, héroes y villanos, ateos y creyentes, crueles y benevolentes, devotos e irreverentes, temerarios y temerosos, obreros y oficiales, recatados y perdularios, asesinos y asesinados… todos unidos en la hora común del final de su trayecto o del comienzo de su eternidad, según lo miren.

Todos tuvieron miedo en alguna ocasión, todos respiraron alguna vez el aire fresco y el rocío de las mañanas tenues, pero todos cayeron en la trampa ineludible de unos dirigentes incapaces y rastreros que tensaron las cuerdas de la palabra como flechas que arrebatasen vidas.

Los lanzaron a unos contra otros y, por acciones u omisiones, condujeron a sus huestes hasta el cañón donde despedazarse y convertirse en esqueletos. España, viene a decir ahora la vaca Paca sin decirlo, con sus mugidos de palabras, tendría que haberse rendido al destino inequívoco de la sovietización prevista en los manuales que no ocultaba nadie.

La opción era aceptar la hoguera de los Steplag en los archipiélagos de las siberias hispanas o enfrentarse a tiros, como lo anunciaba Largo Caballero, tal vez el más infame dirigente socialista de aquellos días, el cual, por cierto, da nombre a una Fundación perfectamente innombrable e ilegalizable.

El final era sobradamente previsible y se impondría la barbarie en todo caso, porque lo habían fiado todo a la fuerza de las armas y a la crueldad de cada cual. La razón tiene muchos caminos, tantos como el perdón, pero las armas sólo tienen uno, el del estampido y la sangre derramada que pone fin a las palabras. Cuando las ideologías se transforman en dinamita sólo cabe esperar que exploten las gargantas y se imponga el silencio.

La vaca Paca, con sus ubres explosivas, se ha plantado en el Congreso con un proyecto de Ley entre los cuernos que arremete contra las ovejas pacíficas del raciocinio y del pasado, sólo por despistar de lo que hablamos y nos acucia en nuestros días, que son 53.000 fallecidos, como poco, y un país arrasado en su economía y en su labor por culpa de una gestión catastrófica de una epidemia, que es la única de Europa que no será sometida a investigación.

No sabremos nunca lo ocurrido en el más allá cuando las almas de todos los allí enterrados se hayan reencontrado, pero tenemos casi la certeza de que sus calaveras y su memoria reposan en paz en el nicho común de aquellos muros y no hay noticia alguna de una rebelión de huesos incomodados por la presencia cercana de aquellos a quienes se enfrentaron.

También pudiera ser que el día que sepamos qué cifra bárbara piensa la vaca Paca que cayeron de uno y otro lado en aquel enfrentamiento logremos averiguar cuántos muertos hemos de esperar por la pandemia, porque lo mismo es que quieren vengar aquello de este modo tan obsceno.

Tengo la seguridad, en todo caso, de que lo mejor que pueden hacer con el recuerdo de sus antepasados en la guerra es dejarlo quieto, porque cuando alguien habla de las penurias de un abuelo resulta fácil prever que, más pronto que tarde, se adivinará un abuelo que fue verdugo antes de transformarse en victimario.

La prudencia y el buen juicio aconsejan dejar en paz al abuelito muerto en tamañas circunstancias, porque hasta los asesinos acaban por morir y puede que se encuentren con el verdugo de otros muertos y todos ellos se les enganchen en la piel hasta la hora de la propia despedida. Amén.

He dicho.




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