Miércoles Santo. Seis de la tarde. Calor incómodo pero suave, rayos de sol tenues, la tarde estaba hecha a medias, como si le faltase algo. Nosotros, testigos de la multitud, veíamos una muchedumbre que se movía rápidamente entre el claro de calle que se dejaba ver entre la Alameda de Hércules y Conde de Barajas. Llegué al encuentro con padre e hijo, me uní a ellos. Nuestra jornada tocaba a su fin con La Lanzada de San Martín que avanzaba por Trajano, una vez pasó el misterio, bajamos Conde de Barajas y nos metimos en ese tramo donde se podía andar más ligero, y podíamos trazar más rápido para irnos de vuelta a casa.


Algo inusual ocurrió. Debíamos haber cruzado sin problemas, pero seguían pasando capirotes color franciscano por allí. Hubo un cierto titubeo. A tiempo pasado y con los meses tachados del calendario, te das cuenta que todo pasa por algo, por lo que sea Dios nos puso allí. Nos regaló una revirá inesperada en aquel Miércoles Santo, que no estaba ni en nuestra cabeza ni en nuestra ruta previamente marcada. Los trazos se salieron del cuadro que teníamos pintado y unos brochazos de más en Semana Santa, siempre son bienvenidos. Pero, ¿quién nos diría que esa revirá sería eterna en nuestra mente y alma, querido Víctor? ¿Quién nos diría que tu hijo y yo la vamos a tener grabada para siempre?

Y aquel capítulo tuvo, a la postre, su importancia vital. Víctor Castro Melero, dio su último trago cofrade en Sevilla en aquella revirá que hizo el palio del Buen Fin enfilando la calle Jesús del Gran Poder y con el hijo de Dios en San Lorenzo mirando de reojo. Víctor vio su última revirá en la tierra de la fe aquel miércoles santo, y a las pocas semanas cruzó el dintel de las puertas de San Pedro para cubrirse de plenitud, para reposar su alma y para comenzar una chicotá eterna de la mano del Hijo de Dios y su bendita madre en los albores celestiales.


Jamás olvidaré aquella “derecha alante izquierda atrás”, como jamás olvidaré a Víctor. Un referente del que tomar ejemplo, que se fue de la calle Cuna al cielo, que dejó un legado lleno de amor y bondad, ejemplar como marido, espléndido como padre. Con un sencillez superlativa. Amigo de sus amigos y querido por toda su gente de la calle Cuna.

Estas palabras que escribo son sólo un pequeño homenaje a aquella bellísima persona que tanto nos dejó y se nos marchó aquel 13 de Abril. Aquella revirá siempre será la tuya, Víctor, aquella revirá fue un rayo de fe, te lo aseguro. Tocan el martillo… escuchadme ahí arriba esta chicotá va por ti, por tu hijo y por ella, siempre ella.

A la gloria, querido Víctor.