La trampa

Pocas generaciones han conocido tan grandes y acelerados cambios como la que hoy tiene la dicha de haberse jubilado o estar a las puertas de decirle adiós a su vida laboral. Son personas que han pasado del ábaco al ipod, del papel de calca a la impresora matricial, de escuchar la radio de galena en torno a una mesa de camilla con una copa de cisco, a ver una macropantalla HD de televisión en su salón, con aire acondicionado central, y, en muchos pueblos de España, de recoger el agua con un cubo en la fuente más cercana, a tener un grifo monomando en su bañera.

Esta espiral de mudanzas nos ha traído multitud de cambios de hábitos, y hoy quisiera reflexionar sobre uno de los más sorprendentes: la facilidad con la que nos endeudamos y seguimos haciéndolo de forma indefinida, entiéndase de forma general, porque siempre habrá excepciones, y esto tanto en el plano familiar, en el empresarial (apalancamiento) y en el sector Público (Corporaciones locales, Autonomías y Estado).

A algunos de los lectores les podrá sonar a disparate que hubiera un tiempo en que se hablara de la virtud del ahorro; que fuera un hábito común abrirle una libreta de ahorro infantil a un recién nacido o que hubiera cuentas de ahorros vinculados a una determinada finalidad: ahorro pesquero, ahorro emigrante, o, más recientemente, ahorro vivienda, esta última con ventajas fiscales, dado que se podían desgravar las aportaciones realizadas en cada ejercicio fiscal.

Las añoradas Cajas de Ahorros nacieron como instituciones que contaban con toda una gama de productos destinados al ahorro en sus distintas vertientes: ahorro ordinario (sin una finalidad a priori), ahorro a plazo y ahorro vinculado, ya citado en el párrafo anterior.

Eran tiempos en los que un préstamo se “pedía” (ojo a la expresión) para una necesidad, entendiéndose por tal la compra de una vivienda, de un coche o de muebles o enseres para el hogar, y era común el uso de expresiones como “me he metido en una trampa”, “todavía no he salido de la trampa” o “por fin me he podido quitar la trampa que tenía”, curiosa forma de llamar al hecho de endeudarse, primero con un ditero, personaje popular que algunos de los lectores recordarán; más tarde con una entidad financiera, y, finalmente con las grandes superficies de distribución.

El marketing y el mimetismo hacia lo que consumen los demás, nos hizo creer que una necesidad era también un abono de fútbol o de toros, el alquiler de un palco en semana santa, lucir un caballo en la feria, un convite de boda por todo lo alto o un viaje a Nueva York.

¿En qué momento perdimos el miedo a endeudarnos? ¿Cuándo se produjo el cambio en las entidades financieras, que pasaron de exigirnos multitud de requisitos para la concesión de un préstamo, a invitarnos a utilizar al límite nuestra capacidad de crédito? ¿Qué ejemplo les damos a nuestros hijos cuando aparecemos en la lista de morosos de nuestra comunidad de propietarios, y no nos privamos de caprichos perfectamente aplazables?

Las actuales circunstancias que estamos atravesando a raíz de la pandemia quizás puedan hacernos volver la vista atrás y entender las ventajas de contar con un dietario donde anotar nuestros gastos e ingresos, hacernos caer en la cuenta de que nuestro abuelo tenía razón al decirnos que más tiene quien menos necesita, porque, lo estamos viendo ahora, podemos ser felices con mucho menos de lo que pensábamos. 

Como economista dedicado a las Finanzas siempre he tenido presente por su sabiduría las advertencias que nos hace la Biblia sobre los prestatarios: “El impío toma prestado y no paga…” (Salmos 37,21), y “… el que toma prestado es siervo del que presta” (Proverbios 22,7), para entender la psicología de algunos morosos (no todos) y para contemplar una deuda como una situación temporal de la que conviene salir, cuando menos, en el plazo acordado.

¿Le prestan la debida atención las parejas que deciden compartir su vida, al comportamiento financiero del otro? ¿Son conscientes de los hábitos que han aprendido en su familia de origen? Es en el propio hogar donde nuestros hijos van a tomar las primeras lecciones de educación financiera, por imitación, siendo la economía doméstica la primera asignatura que deberían aprender, para que el día en que gestionen los gastos e ingresos de su casa no se vean sorprendidos por la realidad, muy distinta a la vida de ensueño a la que les hemos invitado a disfrutar en su infancia y adolescencia.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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