La tómbola electoral en Numancia

By Luant

 

Cuenta el gran Javier García Pelayo que en una de sus vidas anteriores pasaba por Numancia cuando la ciudad se encontraba sitiada por los romanos en torno al año 143 a.C. y que propuso a la asamblea de los resistentes rendirse y dejarse de jaleos temiendo que aquello acabaría mal o peor.

El que avisa no es traidor, pero al bueno de Javier lo pasaportaron al otro barrio por profeta y agorero, aunque los hechos posteriores vinieron a confirmar su pronóstico.

Cuando Escipión Emiliano entró al fin en la fortificación celtíbera, comprobó la calamidad de que la mayoría de los ciudadanos se habían suicidado y prendido fuego a sus casas antes que entregarse al enemigo; pero eso, a Javier no le dio tiempo a verlo.

Yo creo que a partir de aquella apuesta ganadora, que le costó la vida, fue que Javier dedicó su entusiasmo al cálculo de probabilidades. Contemplado de ese modo, el azar ya no era una ruleta a ciegas, sino una sucesión de momentos aciagos y dichosos, pero previsibles, donde sólo te limitas a elegir cuándo recoges las ganancias y te levantas de la mesa para dejar de hacer el primo.

Pablo Iglesias, por ejemplo, ha escogido ahora tirar las cartas, sumar lo acumulado hasta la fecha, a la espera de un mejor momento para intentar hacer saltar la banca, que en su caso consiste en que aspira a ser comandante en jefe de la fuerzas armadas de la República de Españalandia bajo un régimen que llamaríamos “la iglesiocracia” o de “mis cojones morenos”.

Puede que pronto comprobemos que las cuentas de Bárcenas eran una hucha infantil del cerdito comparadas con la caja B de Pablo Iglesias o con los manejos de Zapatero en Venezuela.

O más sencillamente, puede que Iglesias haya decidido sólo cambiar de timba y sentarse a jugar en la mesa de al lado, la de los platós televisivos, para convertirse en una especie de Risto Mejide con coleta, amparado por la libertad de expresión que él derogaría de inmediato si lograra su objetivo y que la Constitución consagra, bajo el amparo de un socio financiero llamado Roures con el que iría a pachas.

El atómico Javier García-Pelayo sostiene que la fuerza que mueve el mundo es el amor y que eso lo revoluciona todo, pero para Pablo Iglesias lo que mueve el mundo es el dinero, ni siquiera el odio, y entonces eso le transforma en una tragaperras que engulle y devora todo lo que se le pone a tiro.

Irene Montero, que se considera a sí misma “mandona y rencorosa”, le ha sobrevivido hasta la fecha porque, aunque a ella le guste ponerse “canciones de estas que son machistas e infames, como el “Despacito” o de Daddy Yankee” y otros malotes, tuvo claro desde el comienzo que “el amor romántico es opresor, patriarcal y tóxico” y que a este juego del dinero no se viene a hacer el primo, la prima ni el prime. Todo por la pasta, que el negocio marcha viento en popa y no es cuestión de jugárselo al “todo o nada” por un encoñamiento o por separar el polvo de la paja con alguna Verstrynge.

A Pablo Iglesias le pueden suceder dos cosas: que acabe como Al Capone, enfrentado quizás a la Justicia no por sus miserables maniobras y provocaciones que han llevado a 47 millones de españoles al límite del no retorno, sino por sus olvidos y burlas con el fisco, o bien, que termine como Juan Guerra, lapidado por la traición y el despecho de una de sus amantes trasnochadas que sea incapaz de deslindar la diferencia entre el amor romántico y un gatillazo.

Pablo Iglesias, no obstante, ha pedido cartas en una última mano amañada, la de Madrid, antes de decidir si se retira del Casino, por si le sale bien la jugada y le toca el bingo de su vida. A Sánchez se le va la vida en ello y, si le hiciera falta meter un talegazo en la tómbola electoral del oso y del madroño, va a necesitar a Pablo para completar un full de ases y reyes que disimule en lo posible el golpe. Hoy por ti y mañana por mí, Pedro.

No lo olvide nadie, que al póker, como bien saben Zapatero y Javier García-Pelayo, hoy no se juega, por lo general, en una mesa con tus cartas, sino sobre un panel electrónico y mediante un cable submarino en el que la máquina conoce las que llevan todos y las cartas pueden ser cambiadas por un algoritmo hasta el milisegundo antes de levantarlas. El no va más.

He dicho.




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