El otro día contrataron a un compañero de trabajo de manera indefinida, debido a su corta experiencia, como la mía, y al tipo de contrato que le hicieron, le dije: ¡Joder, qué suerte! ¡Enhorabuena! Después del café de sobremesa, pensé y dije: ¿Por qué le he dicho suerte? ¿Acaso eso es suerte o recompensa a una estupenda labor? El caso es que lo dije casi automáticamente, sin pensar.

Siempre solemos invocar esta mágica palabra cuando nos encontramos en ciertos momentos: la  suerte. La empleamos en frases hechas: “Qué buena suerte” o “Qué mala suerte”, solemos hacer énfasis de dicho término, como el que yo hice con mi compañero. Esta mochila de viaje y de vida, está comúnmente en nuestro vocabulario. Me atrevería a decir que todos los días, la usamos o la escuchamos.


Yo soy de los que piensa que la suerte no existe, ni la buena ni la mala. Y hablo desde mi experiencia personal. Toda  buena “suerte” es sólo la punta de un iceberg, de mucho trabajo, constancia, esfuerzo y tiempo que nosotros mismos, en muchas ocasiones, ni valoramos.

Confundimos azar con suerte, y tenemos la tendencia a sobrevalorar esta palabra, la cual está inundando nuestra cotidianidad, y no nos damos ni cuenta. Y ojo, el resultado suele ser siempre  el mismo, todo el mundo tiene suerte menos nosotros ¡Qué casualidad! Maldecimos.

Hay que valorar lo que uno tiene, y sobre todo, esforzarse en una serie de objetivos e ir a por ellos. La suerte, de la buena, llegará sola. Yo me debería aplicar, y dejar de usar la palabra suerte como excusa, al final estoy  fomentándome el conformismo. Y eso no se puede permitir.

Por cierto, encontrarse dinero en la calle o que te inviten a una cerveza, tampoco es suerte. El dinero te durará diez minutos y el que te invita a una cerveza te quiere mucho.