La Sevilla cateta

Tengo por atribuida al insigne americanista Morales Padrón la siguiente sentencia, nunca mejor calificada como tal: “El sevillano presume mucho de ser de Sevilla,  pero ignora las razones por las que debe presumir”. Pocas veces un forastero nos ha cortado un traje más entallado. De estos años -que se arraciman en siglos- de paulatino hundimiento en la decadencia de la Ciudad, tenemos culpa, a mi juicio, sus habitantes. También tenemos el eximente de haber nacido entre los escombros de la que un día fue alhaja de la civilización occidental; de no haber vivido más que este persistente fundir de las joyas familiares del pasado esplendor para permutarlas por bisutería barata y cateta. Uno contempla desde la atalaya distante de su “malajismo” la sucesión interminable de charlotadas y astracanadas por la que discurren los días sin pulso de esta ciudad en minúsculas. A la sucesión en salidas ordinarias de pasitoscofradieros, que hasta el CECOP ha tenido que decir basta, le acompañan espectáculos tan variopintos como el del cierre de la calentería del Postigo, con pregón, procesión petitoria y banda de música incluidas. Ya hubiera querido García Márquez que alguno de sus personajes cobrara vida como éste de la calentera, salido de la brillante letra del maestro Burgos. Algo parecido a lo que fue aquel sainete del rescate del bacalao en su cuesta, con alcalde y cura de guarnicióninclusos en el pasacalle. No teníamos bastante en nuestra nimiedad cuando el pobre de Harrison Ford no tuvo mejor idea que pasar unos días entre nosotros. A pesar de su aspecto indigente fue rápidamente localizado y acosado por la legión de papafritazzis, que son esos tipos con cámara de fotos telefónica en ristre cual paparazzis de andar por casa. Hasta se han publicado reportajes sobre la ruta gastronómica de la pareja hollywoodiense con amplio detalle de la comanda. Aún no hemos llegado al detalle escatológico de la micción en urinario tabernario o a la descripción de las heces, si las hubiera, pero todo se andará. Otra muestra más de la ola hortera que nos invade la ha puesto el denominado colectivo gay, lo que aquí se ha llamado toda la vida en aumentativo o no, mariquitas. Cuando en muchas ciudades están pasadas de moda la profusión de pluma, cuero y aceite derramado, nosotros nos apuntamos a la cabalgata macarra que avergüenza a cualquier individuo de tendencia homosexual dotado de una esquirla de dignidad y buen gusto. Con el posible desahucio de los bares de renta antigua Citroën y La Raza se ha montado un cirio que uno ya no sabe a qué carta quedarse, entre los aspavientos afectados de sus propietarios y los de sus interesados defensores. Mientras tanto y con la discreción ausente en el caso de los bares citados, se está desmantelando la gran empresa multinacional sevillana de ingeniería, Abengoa, otrora orgullo de Sevilla y España. Silencio, se rueda (cuesta abajo). Ni que decir tiene que cierran librerías y se hunden conventos barrocos o iglesias como la de San José ante la indiferencia de la sociedad civil que anda en menesteres más importantes como los enumerados arriba. Para colmo, éramos pocos y la abuela se nos pone con contracciones: Obama no tiene otra cosa mejor que hacer en verano que visitarnos. La proverbial chabacanería de nuestra bendita gente no para de lamerse el ombligo propio y vecino con la carcajada pretendidamente graciosa del asombro del presidente de la primera potencia del mundo ante… ¿nuestro museo, nuestra historia, nuestra catedral? …no: nuestro adobo. Anda y que nos vayan dando por donde menos nos duele ya, de tanto tránsito como hemos tenido por salva sea la parte. Hasta Berlanga se hubiera avergonzado, pero aquí la vergüenza hace mucho tiempo que escasea tanto más que el empleo. Presumamos, como dijo el canario catedrático Padrón, del adobo y el incienso que de lo que una vez fuimos ni sabemos y por tanto, ni nos acordamos.


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