La señorita cortijera

La cuestión no es si eres transexual o feminista (nótese la contundencia de lo frontalmente opuesto), pobre o rico, grupo de riesgo, sector esencial, mujer o negro, sino si eres de izquierdas o un simple facha, da igual el lugar que ocupes en la gradación, desde C’s a Vox pasando por el PP.

El candidato Ignacio Garriga, de Vox, por ejemplo, es obvio que no cumple con el requisito de racializado, por más que le parezca evidente a tanto incauto, ya que en su espiral de ADN no registra indicio alguno del cromosoma adecuado de progre a la remanguillé.

Para que se entienda bien pondremos otro ejemplo, esta vez referido a ese feminismo montaraz de tambor y trompeta que merodea en las neuronas transversales de ministras como Carmen Calvo o Irene Montero hasta obturarles el conducto ético y moral.

Hay una diputada, malagueña, del mismo partido rojizo que la vicepresidenta, que el otro día se entorpecía a sí misma su grandilocuencia y su impostura en el Parlamento andaluz cuando se refería a la más mínima sospecha de falta de compromiso en la lucha contra la violencia contra las mujeres por parte de la RTVA.

Se refería la circunspecta con nombres y apellidos a la opinión expresada por un tertuliano en la radio pública (yo mismo) donde mencionaba que la violencia en nuestra sociedad es multidireccional y, aunque un dato oficial, extraído de la Fiscalía General del Estado, señala que el 70% de las personas asesinadas en España son varones, es un dato que por sí mismo carece de significado y que conviene ponerlo en el contexto adecuado para la más exacta evaluación de lo que hablamos.

Una ignara de su misma cuerda ideológica quiso interpretar, porque su meninge no da para más, que lo que se expresaba en aquel momento era una negación de alguna clase de violencia sobre la mujer y se atrevió entonces a negar con la ceguera de su burricie que existiese un sólo caso de violencia inversa, cosa estúpida donde las haya, como es obvio.

Pues bien, la susodicha diputada en el Parlamento andaluz, Beatriz Rubiño Yáñez se llama, se acaloraba el otro día en exigencia de la destitución inmediata del mencionado tertuliano (o sea, yo mismo), cosa que, por otra parte, se había producido de manera fulminante y absurda 17 días antes, suspendido en sus funciones, por evitar mayores y su diatriba sólo consistía en el lagrimeo de cocodrilo habitual de las señoritingas y los impostores, que apelaba a una dudosa ejemplaridad limpia de la menor suspicacia que pudieran despertar conceptos complejos en una sectaria de su especie.

Obsérvese, sin embargo, que todo el subidón de fanática adrenalina, tanto de la tertuliana de ocasión, obscena en su manifiesta incapacidad para asimilar pensamientos complejos, como de la diputada socialista, falsaria en su pretendido compromiso con dicha causa, se les ha desvanecido de repente, en cuanto el Gobierno de Pedro Sánchez ha usurpado 2 de cada 3 euros destinados a los ayuntamientos andaluces para la lucha contra la llamada violencia de género, en favor de aumentarlos a la financiación de esa tarea en Cataluña.

Beatriz Rubiño Yáñez, así como la tertuliana de baratillo, se han quedado mudas y ni se atreverán a sugerir, menos aún a exigir, la inmediata destitución de la ministra de la tropelía para librar al partido de ambas de cualquier tacha imaginable o suspicacia sobre la falta de compromiso de los secuaces y las ‘secuazas’ que tocan el tambor en esta farsa.

Más allá del fanatismo ciego de esta muchachada ininteligente que las acredita a ambas como analfabetas funcionales, lo que documenta toda esta perversión es, en primer lugar, el sectarismo inquisitorial que las ilumina, y, en segundo lugar, esa obediencia infame de agachar la cerviz ante su desmedido señoritismo cortijero de pandereta al que se habían acostumbrado en los tiempos de Chaves, Griñán y Susana Díaz, que recuerda en demasía los célebres versos de Lorca en “La sangre derramada (Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías)”: “¡Qué blandos con las espigas! ¡Qué duros con las espuelas!”…

Callan ante el abuso de sus señoritos, pero aplican las espuelas y el garrote vil con los cimarrones. No nos callarán.

He dicho.




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