La Semana Santa recobrada

Espero que los enamorados de estas cuestiones me lo sepan perdonar o al menos no me tiren por el balcón antes ni después de terminar de leer estas líneas. Lo enuncio así de breve: esta Semana Santa me ha gustado.

No es que yo proponga sustituir los pasos y cofradías en las calles por este modo de vivir la Semana Santa, porque, además, soy consciente de que casi todo lo que hemos hecho este año puede hacerse casi igual fuera del horario de las procesiones, pero cuando eso ocurre hay algo de bravío o de relincho en los pasos por salir o de escenografía fatigada y exhausta tras la ‘recogía’ que invita de un modo diferente a la reflexión, al recogimiento o a la oración delante de nuestras imágenes.

Bueno, quizá no se trate tanto de las imágenes mismas y sí tal vez del ambiente del que las rodeamos al visitar los templos. Ese bulle bulle, ese rumor de expectativas, visitas como de buscar primicias en lo que allí se cuece, como una pole position de nervioseras, o en lo que ya ha sucedido, que no es lo mismo que acercarse a ver las escenografías tranquilas, quietas, en sus lugares de culto, a sabiendas de que hemos ido a verlas sin otra emoción que acompañarnos de su presencia un rato, apenas por compartir un rezo, un ruego, un agradecimiento, una esperanza…

Algo parecido debió ser hace varios siglos, como aún ocurre en más de medio mundo, durante la Semana Santa, antes de que se produjera el goce y la explosión de las procesiones en las calles. Tal vez en eso consista, por lo general, la excepcionalidad de esta Semana Grande y así sería las primeras veces, con mucho más recogimiento y encierro en nosotros mismos.

Quizá fuese el carácter de este pueblo, la manera de transformar las cosas, lo que obró este milagro de convertir una conmemoración de dolor y muerte en una marea de vitalidad y de pasión arrebatada que combina de manera sorprendente la solemnidad de la Pasión de Cristo y la tristeza de las Dolorosas acompasadas entre el quejío de una saeta y la alegría de unas bambalinas dichosas y felices que repiquetean en las calles. Tal vez ahí radica la idiosincrasia y la singularidad marcada por nuestro pueblo en el calendario.

Tendré que preguntarle otra vez al catedrático Genaro Chic y al compañero J. Félix Machuca para que me expliquen si también en otro tiempo esta tierra marcó las diferencias en el modo de celebrar las festividades compartidas dedicadas a Astarté, a Isis o a Mercurio respecto de otros lugares alrededor del Mediterráneo. Si también entonces las dotamos de alguna particularidad brillante que las adaptara a un modo de contemplar y vivir las devociones.

Porque tal vez sea eso, que aquí no sabemos estarnos quietos y lo modelamos todo a nuestra forma para ofrendar a Dios, o a nuestros ‘dioses’, con un envoltorio y un espíritu tan particular que lo trasciende todo. Y si es eso, sólo las exigencias de una pandemia lograrán, y no para siempre, recluir nuestra forma de vivir la Fe y de compartir la devoción y nuestras emociones.

En todo caso, ya digo, a mí, esta Semana Santa que nos ha cambiado el paso, me ha gustado vivirla, porque ha sido de otro modo y nos ha metido algo de distancia para observar y comparar de lejos los desbordamientos de las bullas y le ha restado el fragor de mucho material sobrante que parecía y parece inevitable pero que también le araña a la sustancia que en el fondo permanece.

Estos días de visitas a los templos, a pesar de las colas puntuales en algunas hermandades, había un deseo expreso y manifiesto de miles de personas en el reencuentro con la devoción del barrio, sin aglomeraciones, ruidos ni desbordes.

Y además, sin tapones en las calles, sin las vallas del CECOP ni dificultades insalvables para moverse de un lado a otro, Sevilla era más Sevilla y parecía un poco más un pueblo, con sus atardeceres pacíficos lamidos de vencejos y las plazuelas lánguidas, sin prisas, casi convertidas en oratorios de descanso, con sus terrazas y consumiciones.

Claro que ha sido triste evocar lo que pudo ser y no fue; claro que echamos de menos lo que tendría que haber sido, pero digo que algo bueno hemos de sacar de esta forma ocasional de haber vivido esta Semana Santa extraña, a contrapelo de lo que somos. Y digo que yo la he disfrutado en los detalles y los goces que nos aguardan, así como en todas esas otras pequeñas cosas que creíamos desaparecidas o que nos pasaban desapercibidas por el fragor de los turistas o de las multitudes que bajaban de los barrios hacia el corazón de la ciudad para unirse a la estampida de los pasos en las calles.

En todo caso, sépanlo, aunque sin los pasos ni el repiqueteo de los tambores en las calles, nuestra Fe ha vencido otra vez a la Muerte. Jesús ha resucitado.

He dicho.




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