La revolución en patinete eléctrico

El día más fatídico de todos será aquel en que Portugal decrete que ya no cabe un español más. También podría unirse que Marruecos desencadene una marcha verde sobre Ceuta y/o Melilla. O sobre Canarias, vaya usted a saber.

Dos secuaces de la rebelión como Otegui y Puigdemont esperan el momento adecuado para que el soufflé crezca hasta que reviente, cosa que podría suceder apenas que un dirigente ocasional europeo (algún descerebrado siempre vuela suelto) acepte, como hizo la Alemania de Helmut Kohl en su momento con Croacia y Eslovenia, las credenciales soberanistas de alguna urraca.

En fin, todo esto es ciencia-ficción, pero no pocos españoles le otorgan alguna clase de verosimilitud al cuadro en forma de temor o de incertidumbre. La realidad no es esta, pero sí lo es el cuadro de intenciones que presentan sin tapujos algunos dirigentes de Podemos e independentistas, y no por la pandemia, sino desde mucho antes.

Francia, por el momento, no aconseja a sus ciudadanos venir a España a hacer turismo este verano ante el desconcierto que generan las decisiones contradictorias de un gobierno aquejado de una poliomielitis radical desde su nacimiento.

De acuerdo en que al menos una parte del PSOE o del Gobierno no efectúa pronunciamientos tan osados y se mueven más en la cautela. O tal vez en el ocultamiento; es decir, tratándose de Sánchez, mejor decir en la mentira, porque su palabra tiene el mismo valor que las acciones de una empresa quitanieves en mitad del desierto del Sáhara o las de una fábrica de hielo en Groenlandia.

Si vamos a los hechos comprobados, lo que sabemos es que cada medida adoptada en el Consejo de Ministros carece de consignación ni de informe presupuestario porque no existe presupuesto y, lo que es peor, difícilmente puede haberlo si se tiene en cuenta que nadie alcanza a precisar aún ni los ingresos. O sea, cada artículo del BOE, cada decreto, tiene la misma consistencia que una nube.

No se olvide que el sanchi-Estado es una amalgama o un pegote que vive con el mismo presupuesto que elaboró Montoro en 2017 para el último gobierno de Mariano Rajoy, de modo que todos esos anuncios que escuchamos, sean sobre los ERTE, sobre renta mínima, sobre gasto social o sobre cualquier otro trompetazo anunciado a través del plasma tienen la vulnerabilidad de cualquier capricho de Sánchez, el hombre que nunca sabe si va a pedir carne o pescado y termina por cambiar el menú en el último momento y nos pone a todos a dieta. Así no es un gobierno, sino una cuchufleta.

Lo que sí sabemos con toda certeza es que Sánchez se ha enamorado como lo que es, como un adolescente, y vive ensimismado con sus estados de alarma y sus Reales Decretos-Ley. Si fuera por su mero gusto le cambiaría el nombre a España por el de Espalarma.

Los ‘espalarmitanos’ empiezan a estar hasta la cumbre de Davos de soportar las marrullerías de los ministros, y las conjeturas de Podemos se parecen cada día más a las ocurrencias de Fidel Castro cuando proclamaba la solución a todos los marasmos del desabastecimiento y del “período especial” (aquella “nueva normalidad” de los cubanos) con la llegada de las bicicletas chinas y el advenimiento de la olla express.

En mitad de los años 80, a Fidel le dio por las vacas y la inseminación artificial. Quiso crear una nueva raza benefactora de leche y carne inagotables cruzando ejemplares de Holstein y Angus con las pacíficas vaquitas guajiras de la isla. A base de discursos interminables retransmitidos por radio y televisión, Fidel esparció su tesis de aquel alumbramiento prodigioso antes de adquirir varias camadas en Canadá, en especial un ejemplar de tetas como calderas de vapor de una locomotora del que se enamoró de manera obsesiva y al que llamó “Ubre blanca, la vaca roja”.

A continuación, por 27.000 dólares, se hizo traer en la motonave “Camagüey” un semental titánico, de la misma raza Holstein, llamado Rosafé, y puso a todos los braceros de la zafra disponibles a menearle la manivela. Ante su portentosa actividad eyaculadora, el torazo estuvo a punto de engrosar el panteón de los orichas como ídolo de los bongoseros guapos de La Habana, pero fue sometido a tal festival de masturbaciones, que, tras más de 20.000 dosis de semen recogidas en menos de un año, ‘el monstruo’ falleció en mitad de una eyaculación, exánime en aquel intento enloquecido por convertir la manigua y el Caribe en un mar de esperma. Ni García Márquez pudo imaginar tanta locura con su tirano de “El otoño del patriarca”.

En sus alucinadas visiones castrochavistas, Errejón, Rufián y todas las ‘gretas’ podemitas vislumbran un futuro con las instalaciones de Peugeot-Renault y de la Nissan en manos del Estado fabricando sin descanso autobuses de energía verde y patinetas eléctricas que asaltarán los palacios de invierno. Son los perroflautas de la revolución sin humos…, salvo el de las flores violetas que se cultivan en Marruecos.

Los ciudadanos de clase media de Espalarma ya no son ni la mitad del conjunto nacional y están siendo convertidos por decreto en sanguijuelas del presupuesto, mientras buena parte de la sociedad, algunos jueces y la Guardia Civil se resisten a que la vieja balsa de piedra de Saramago se inunde hasta la línea de cabotaje o se adentre en el mar ignoto de las ensoñaciones de un populismo asambleario feminoide que Sánchez espolea con su aventurerismo ‘sandía’ de ecologeta milenarista.

“Todo por la matria”, terminará por gritar María Gámez, la directora general de la Guardia Civil, mientras Irene Montero planta hibiscus nuevos y setos de buganvillas y campánulas celestes en los jardines de Galapagar para que se los coman los ciervos y los gamos de los bosques de Cuelgamuros.

He dicho.

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