La rebeldía que obedece

Los pintores de brocha gorda se han hecho todos zurdos y blanquean las fachadas de la realidad a destajo, cual si fueran sepulcros blanqueados.

Los muertos (y los ancianos), pero también la democracia, desaparecen a toda prisa delante de nuestros ojos a base de brochazos de esa muchedumbre incierta que ha aprendido a arrodillarse como monaguillos de la nueva realidad de Sánchez, oficiante de un ceremonial absurdo que eleva sus preces por la hecatombe de Occidente.

El gobierno pinta con pistola, a dispersión y a discreción, y le mete la primera mano, pero luego llegan las cuadrillas de enjalbegadores y enjalbegadoras (anoten el desglose inclusivo para un discurso) y entierran bajo treinta capas de argumentos obtusos, ciegos o torcidos lo que nos sucede.

Tras dos meses y medio de silencio sobre la pandemia, antes de que el virus asomara la jeta en casa, y otros tantos de campañas engañosas y contradictorias, que sólo pretendían ocultar la inoperancia y la flagrante negligencia (tal vez dolosa y criminal) del Gobierno, los ejércitos de genuflexos, armados con sus brochas se apresuran a repintar las huellas del desastre. Lo sucedido con las mascarillas es apenas un ejemplo.

La conjunción planetaria que pronosticó Pajín cuando coincidieran ZP y Obama en la Casa Blanca sólo parió una foto con las niñas del vallisoletano vestidas de vampiros frikis de la Familia Monsters (CBS) o de la Familia Addams (ABC), para el solaz y el recochineo de la concurrencia. Creo que fue el primer ensayo de una maniobra para poner a los EE.UU. “en una situación imposible” con aquellos atuendos fuera de protocolo y como cuervos de Edgar Allan Poe.

Pero decía que el sanchicomunismo ha llamado a sumarse al redoble de tambores y a multiplicar esfuerzos en esta revolución obediente que lo mismo te invita a arrodillarte que te cesa por la cara con siete manos de mentiras plásticas para que parezca otra cosa.

Repito que me siguen produciendo sonrojo y desconfianza esa clase de revolucionarios a los que cuando sus líderes les ordenan “¡Desobedeced!”, ellos obedecen ciegamente. Tal vez Trapero sea el mejor ejemplo de esa paradoja surrealista.

La Fiscalía pide ahora una mínima condena por desobediencia para el mozo, cuando lo que hacía era obedecer las órdenes de un golpe destinado a desobedecer al Estado y para lo cual no necesitaba recibir órdenes de nadie porque las órdenes las daba él: es decir, un mejunje de rebelión y sedición y de desobediencias obedientes, o viceversa, que acabará por volver tarumba al juez y a la legalidad vigente con la anuencia cómplice de Dolores Delgado.

El nuevo ordeno y mando por decreto, digo, pretende instaurar las mascarillas obligatorias para todos bajo multa por poner presuntamente en riesgo la salud de otros, pero los de la brocha gorda se apresuran a considerar que no se invade la intimidad ni la libertad de las personas. Para el día que se instaure vestir con camisa de cuello Mao o cubrirse la melena y lucir barba luenga ya estaremos todos entrenados.

Desconozco qué habría sucedido en mitad de la epidemia de SIDA si a alguien se le hubiese ocurrido penalizar las relaciones sexuales sin preservativo (“¡Póntelo, pónselo!”, rezaba la campaña publicitaria de los 80). O peor aún, castigar los contactos homosexuales sin condón, tan proclives ellos al contagio. Pero ya digo yo que hay algo muy rarito y sospechoso en unos rebeldes que se echan al monte a protestar contra… la oposición, no contra el Gobierno.

Ni siquiera en los primeros años del franquismo estaba penalizado no asistir a misa con regularidad, pero con la nueva normalidad del sanchismo te pueden cascar 100 pavos de multa si no cumples con el catecismo recién inventado por el Mando Único del Obispo Illa.

Hasta su párroco, Simón, el de las homilías diarias, recitó durante semanas desde su púlpito del plasma la inconveniencia (¿o era incongruencia culposa?) de convertir en obligatoria una medida que en una sociedad libre y democrática sólo puede ser un ruego a la población, una recomendación (intensa, exhaustiva y pertinaz si se quiere), pero no una imposición a contrapelo no sólo de las costumbres, sino también de las libertades y de los derechos más elementales de los ciudadanos.

La pretendida obligación genérica y generalizada de usar las mascarillas bajo amenaza resulta intragable desde cualquier punto de vista que se adopte y no puede convivir con una democracia digna de ese nombre, al menos mientras siga en pie la estatua de Churchill en Parliament Square, no sólo vandalizada por los pintores de brocha gorda de esta nueva normalidad paranoica y con pulsiones de una dictadura neta y abotonada hasta el cuello que se arrodilla ante los delincuentes y llama asesina a la Policía: o sea, la nueva normalidad en la que los pájaros le disparan a las escopetas.

Hasta dónde son capaces de tragar algunos aún está por descubrir, pero los veo desfilando de rodillas, con sus rezos laicos del Black Lives Matter, como si estuvieran de peregrinación en Lourdes. La ventaja es que podrán quemar autobuses y contenedores sin el pasamontañas, sólo con la mascarilla puesta.

A esta gente les resulta aburrida la democracia y aspiran a la heroicidad de arrodillarse ante cualquier becerro de marca Nike o Adidas. A mí me estremecen los políticos que aspiran no a hacer política sino que pretenden hacer Historia, porque es la pulsión que habita en los soberbios y en los tiranos.

PS: Y C’s…, en el estraperlo de los votos, as usual.

He dicho.




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