La puta vida

La vida es como el pabilo de un cirio. Se yergue, a la vez, poderosa y frágil y nos basta haber sido concebidos para que ese cabo ya surja prendido; así, tan pronto comienza a arder, aquella vida vigorosa está ya abocada a extinguirse.

Es el agorerismo que, dicen, viene de serie en el filósofo. Yo no soy filósofo pero, como pasa con la psicología, todos llevamos uno dentro. Les cuento esto a raíz de una noticia inesperada de un buen amigo. Cuando lean este artículo, este amigo hará veinte horas que había escrito un tuit. Su último tuit. Una de esas interacciones que, como el loco que habla consigo mismo, suele escribirse en esta red social. Un comentario que, si alguien leyó, se quedó sin respuesta, siquiera la mía. Una de esas preguntas que, para los restos, se quedará sin réplica.

Es la realidad de la vida que nos observa desde el silencio más perverso. Porque estamos acostumbrados a ver, a escuchar y a leer en televisión, radio y prensa sobre las terribles realidades ajenas como si estas fueran una película en la que, tras el FIN, estuviéramos a salvo de lo que les ocurrió a aquellos protagonistas. Y nada más lejos, valga la intencionada repetición, de la realidad. «La vida es mu puta, Juan», solía remarcarme mi añorado amigo como si yo no lo supiera. La perversa realidad que decía.

Mi amigo se fue de repente. Porque sí. Se marchó con la esperanza de ver ganar hoy a su equipo del alma. Con la ilusión de hacerle un inesperado regalo a su esposa, que cumple años en breve. Con el anhelo siempre presente de volver a ver atardeceres a la orilla de su playa que tanto añoraba. Con las ganas de haber sido un alguien en esta sociedad que le ninguneaba. Con deseos incumplidos, ¡muchos deseos incumplidos!, y las ganas de ver cada día a su familia, cada vez que llegaba de trabajar, a la que cuidaba y amaba más que a su propia salud. Se lo llevó, como él tanto añoraba de su tierra, el viento. El viento lo apagó. El viento en forma de muerte súbita. Una de esas putadas de esta vida, ¿verdad, querido amigo? 

No es la primera vez que leo sobre hechos similares a los que aquí les hablo y creanme que, sin conocer a la persona en cuestión, me embarga una doble sensación de sorpresa y tristeza. Una triple sensación, mejor: sorpresa, tristeza y un inopinado estado reflexivo. Como la película que les argumentaba. Es como si el guión nunca estuviese escrito para nosotros, siempre espectadores de lo ajeno. Qué error. ¡Qué error! La vida de los demás, tan distinta y tan paralela a la nuestra.

No quiero pensar qué será ahora de tu familia sin ti. No puedo imaginarme que será de nosotros, tus amigos, los de verdad, sin ti. O sí.  Sí puedo, pero no quiero. Ayer todo era vida y bastó un segundo para que todo se torciera y la llama de tu pabilo quedara sin luz, como la del cirio que tan orgulloso portabas con tu hermandad de toda la vida. Qué ironía, ¿eh?: «Toda la vida». Como si esta fuera algo que nos durase siglos y fíjate…, apenas unos pocos lustros.

Nos veremos en algún momento impreciso, estoy seguro, pero espero que más tarde que pronto. Me acordaré mucho de ti, y más aún cuando entre en la red de la arpía azul que muchos, inocentes, aún llaman Twitter, e intentaré vivir con la conciencia de aprovechar hasta el último minuto con aquello que realmente merece la pena, a pesar de la puta vida. 




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