La puerta de la izquierda

Con igual cinismo al empleado por la ministra de Hacienda en el Congreso cuando contestaba al diputado Espinosa de los Monteros que “Por cuarta vez se lo repito: este gobierno no va a subir los impuestos a la clase media ni a la clase trabajadora”, el hemiciclo sentencia mediante aplausos la inexistencia de cualquier otro tipo de violencia intrafamiliar contemplada por el Convenio de Estambul.

Los aplausos de homenaje están muy bien en reconocimiento de las víctimas de toda clase de violencia, como así sucedió en ocasión anterior hace unos meses cuando se leyeron los nombres de los asesinados por la banda terrorista ETA, pero ello no puede pretender negar la existencia de víctimas de otros grupos terroristas, se llamen Grapo, FRAP, Terra Lliure o Triple A.

En esa hemiplejia vivimos todos enfangados estas décadas atroces de negacionismo sectario que cualquier día pretenderá eliminar la ley de la gravedad mediante una ovación o apagar el sol con abucheos o con multas.

Los impuestos suben a velocidad supersónica de un día para otro y a los autónomos el gobierno les clava una cuota atropellada que no puede desmentirse con la proclamación oficial realizada por la portavoz ministerial de que el gobierno no subirá los impuestos a la clase media.

Si consideramos la proclamación de Marichús como único dato oficial válido, eso no modifica en nada la obscena realidad de que de 1.500 euros generados por un autónomo, casi las dos terceras partes irán a parar al bolsillo de Hacienda entre la cuota, el IRPF y el IVA.

Son ya demasiados los asertos vanos que por exigencias del guión no se discuten en esta democracia. Un día el gobierno acuerda una ley de memoria democrática que impide con multas y condenas debatir la Historia y al día siguiente prohíbe discutir hasta “la nueva bilogía”, que es una construcción por decreto, o deconstrucción, de la taxonomía de las especies en la que si un elefante hablara podría auto identificarse como hormiga y exigiría como un derecho la apertura de un recinto para insectos del tamaño de una casa.

A nadie le importa si un oso o una osa dice sentirse un jilguero y en nada modifica que ensaye el canto o el vuelo, pero nada en el mundo animal cambiará mientras los osos sigan sin nacer de un huevo.

Negar la realidad es siempre un mal negocio y la realidad que tenemos es la de que si intentas discutir de algo te apedrean o te silencian mediante una ovación cerrada y espesa que te expulsa y te condena.

Cualquier día de éstos, un lobby llevará al Congreso que el sol no volverá a ponerse aunque se haga de noche y nos obligarán a permanecer insomnes mientras les dure el contubernio.

Es mejor no discutir de ciertas cosas, proponen el PP y C’s, que prefieren atravesar la vergüenza moral e intelectual de estos tiempos de anuencias salvajes y de silencios antes que deslindar la realidad del interés electoral o de que te apuñalen los radicales a sablazos.

Hace muy poquitos años, hasta la aparición de Vox, el partido entonces de Albert Rivera era el único que asumía y defendía los postulados de igualdad real que no permitían que el negacionismo ciego feminista e impostado incluyese sus falsarios argumentos y se saliera con la suya para desgracia y tragedia de cientos de miles de varones acosados y acusados sin el menor respeto a la presunción de inocencia.

Tardaron poco en renunciar a ello en pos de un rédito electoral más que dudoso, porque son ya millones las víctimas directas y los familiares de cualquier condición y sexo que observan espantados el calvario y la amenaza en la que viven (y hasta se suicidan) quienes quedaron atrapados en una legislación tuerta que se niega a contemplar y completar la realidad social en la que se desarrollan los hechos.

En el fondo, ni siquiera Vox desea tocar lo legislado, sino apenas incorporar, y hasta agravar, en igualdad todo lo que la legislación recoge para una parte de la sociedad, pero no dejan espacio para reivindicar la incorporación de nada más si ello no supone privilegiar la condición misma de lo que defienden en exclusiva para una parte de la misma.

En su día señaló Sartori que hay una forma aún más inhumana de condena que la cárcel, que es lo que algunos identifican con la “pena de telediario”, pero que también consiste en esquilmarte del trabajo, privarte de tu capacidad para el sustento, para el premio o el reconocimiento merecido y enviarte al ostracismo.

Sólo los que obvian, rehúyen y aceptan la realidad decretada y no debaten o cuestionan que el gobierno no ha subido los impuestos ni a los trabajadores ni a la clase media podrán optar a entrar en el reino de los cielos… por la puerta de la izquierda.

He dicho.




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