BOCA PRESTADA

Generalizar no es recomendable, lo sabemos de sobra. Que acarrea injusticia, también es sabido. El caso es que cualquier comunidad no es más que un agregado de individuos de todo pelaje y condición que una vez abstraídos de su individualidad pasan al grueso anonimato de lo que llamamos sociedad. Y, si identificamos a la inversa el todo por la unidad, tendremos la imagen que proyectamos sobre ese conjunto nos guste o no. Sirva esta evidente disquisición para poner encima de la mesa, o sobre el papel, el hecho de que la ciudad de Sevilla sea posiblemente la mas sucia de toda la estribación norteafricana. Ante este hecho pocas discusiones caben o, mejor dicho, ninguna. Seguramente usted, sevillano que pierde su tiempo como mejor quiere y que en este caso lo hace leyendo estas palabras, sea la viva personificación de la escrupulosidad y el aseo. Eso nadie lo pone en duda. El caso es que ni usted ni yo vivimos en soledad y por tanto formamos parte de ese consorcio de personas que habita temporal o circunstancialmente este bello y loado hasta la saciedad continente llamado Sevilla. También concurre en este tiempo que nos toca vivir a usted y a mí la circunstancia expuesta hace unas líneas de la suciedad de nuestro entorno. Ergo tanto usted como yo somos unos guarros de libro, aunque nuestro discurrir por la vida sea propio de un pulidor de patenas. Si uno anda más o menos en lo cierto, ni los papeles nacen del pavimento ni los chicles, pipas, botellas y colillas germinan entre las baldosas de nuestras aceras como si de flores abstractas se tratara. De las deposiciones caninas -que tanto abundan en nuestras aceras y obligan al viandante a ejercer una suerte de ‘slalon’ para evitar esa otra suerte que otorga, supuestamente, la pisada en blando-, habrá quien opine que no son de su incumbencia por carecer de la compañía del mejor amigo del humano, que también defeca como todo hijo del Señor. Al final, unos porque no fuman, otros porque no tienen perro ni nada parecido y aquellos porque no beben ni mascan chicle, la culpa no tiene dueño y por tanto la casa está sin barrer. Al parecer la mierda nos viene llovida del cielo o como hemos dicho antes, nace y se reproduce por esporas o espuriamente. En todo caso el yerro lo tiene el ayuntamiento que no asea convenientemente; dicho sea esto último por todos nosotros como expiación de nuestra falta, sacramento éste al que se prestan los políticos de turno cuando están en el turno de espera de tocar pelo de nómina, vulgo oposición. Porque si a alguno de estos próceres se le ocurriera señalar directamente al ciudadano en general como responsable del estado de la ciudad, en las urnas, se iba a comer exactamente lo que van dejando por suelo esos perros de nadie. Aunque estuviera diciendo una verdad como la Plaza de España. De grande y de sucia.