El pensamiento progresista ha hecho del humanitarismo su bandera. Un humanitarismo que evidentemente es falso, e incluso un poco hipócrita, pues se basa en una manipuladora y selectiva compasión por aquellos que sufren, sin más norte que el capricho. Un progresista que se precie suele presumir de buenos sentimientos y acusa a sus adversarios de gozar con el sufrimiento ajeno. Por ejemplo, la compasión por los enfermos lleva a algunos a querer eliminarlos de un plumazo, legalizando la eutanasia. Cuando se les hace ver que la eutanasia es un eufemismo para designar lo que no es más que un suicidio o un asesinato “con causa objetiva”, se indignan y replican que a algunos nos gusta ver sufrir a los enfermos terminales.


Pero los ejemplos podrían multiplicarse. La lógica ola de solidaridad despertada en toda España en el caso del pequeño Julen es compatible con la indiferencia más atroz ante el holocausto de 100.000 niños que son abortados anualmente solo en España. Para ellos no hay piedad. Hasta los cerdos y los pollos que van al matadero despiertan lágrimas de misericordia en los corazones progresistas, que sin embargo no se conmueven al pensar en el desastre colosal que se produciría de tener que alimentar a la humanidad solo a base de proteínas vegetales. Sin contar con que, en cualquier momento, las masas progresistas pueden descubrir con emoción el sufrimiento de las lechugas, que todo se andará. Ya lo dijo el autor del célebre fandango:

“Tomate. ¿Qué culpa tiene el tomate


que está tranquilo en su mata

y venga un tío malaje

y lo meta en una lata

y lo mande pa Caracas”.

Pero hoy querría destacar hasta qué punto este humanitarismo de pacotilla por más que se revista de nobles sentimientos, en el fondo, supone una regresión a la barbarie. Un buen ejemplo de ello es la profanación de la tumba del General Franco, que el gobierno de Pedro Sánchez trama con tozuda contumacia, con la complicidad de la Anti-españa (la ultra izquierda y los separatistas) y la cobarde indiferencia de la derechita oficial que solo de pensar que la puedan llamar “franquista” se pone de los nervios. Evidentemente, la izquierda no disimula su objetivo rencoroso y revanchista, que no es otro que el de tratar de derrotar, más de cuarenta años después, a quien en vida no perdió ni una sola batalla. Lo hacen sin reparar en que luchar contra un muerto tiene algo entre morboso y ridículo, un comportamiento patológico que, por más que traten de hacer legal, tiene algo peliculero que suena a venganza inútil, a obsesión irracional, a salteadores de tumbas, a momias redivivas, al estilo de Howard Carter o del Cid Campeador, que ganaba batallas incluso después de muerto. Por algo decía Fedro que “al león muerto hasta las liebres lo insultan”, y no necesito precisar quién es el león aquí y quiénes son las liebres. Incluso parece un poco grotesco que hayan tenido que esperar tanto para darse cuenta de la afrenta que supone el que Franco esté donde está.

Podemos tomárnoslo a broma, pero exhumar un cadáver y llevárselo a otro lado menos digno es una forma poco sutil de herir y vilipendiar a una figura histórica del pasado. No vamos a entrar ahora en la evidencia histórica, desvergonzadamente ignorada por muchos “biempensantes”, de que quienes promueven este ajuste de cuentas sean partidos como el PSOE o ERC que tuvieron gran parte de culpa en la Guerra Civil. Más allá de eso, desenterrar a los muertos que no nos caen bien es un modo de proceder que supone una regresión a las formas más primitivas y crueles de barbarie, aquella que no respetaba espacios sagrados. En la tradición occidental hay una norma escrita que manda dejar en paz a los muertos y respetar sus sepulturas. Una famosa tragedia de Sófocles, Antígona, describe la inhumana actitud del tirano Creonte, empeñado en impedir que se hicieran honras fúnebres a Polinices, hermano de Antígona, dando como excusa que este había hecho la guerra a Tebas, la patria de todos ellos. Pues ese es precisamente un rasgo propio de la civilización: dar por descontado que por muy malo que haya sido el difunto, incluso el peor enemigo que quepa concebir, también tiene derecho a descansar en paz una vez muerto.

Es verdad que en tiempos más recientes se han cometido actos de justicia retrospectiva contra cadáveres, que tienen tan poco de ético como de estético. En la Restauración británica (1660), la tumba de Oliver Cromwell fue abierta y su esqueleto fue cargado de cadenas y decapitado. Pero no creo que sea una página de la que los británicos estén especialmente satisfechos. No hablaremos más de ello para no dar ideas al amigo Sánchez. Mucho más razonable y humana nos parece la actitud de Carlos I de España, quien tras la batalla de Mühlberg y habiéndose apoderado de la ciudad de Wittemberg, en la que descansaban los restos de Lutero, rehusó sacarlo de la tumba declarando: “Yo hago la guerra contra los vivos, no contra los muertos”.

Por lo tanto, carecen de sentido todas las supuestas razones que esgrime el gobierno para el atropello que pretende perpetrar: que se trata de un dictador malísimo y que su sepultura es un lugar de enaltecimiento y de glorificación del mal absoluto. Resulta curioso comprobar cómo en la tragedia de Sófocles nadie duda de que Polinices era enemigo de la polis. La misma Antígona no defiende la conducta de su hermano, sino que hace referencia explícita a que, por muy mal que se haya portado en vida, él merece unas honras fúnebres dignas. Por muy déspota que fuera Cromwell, su huesa no se merecía el paseíto que le dieron sus enemigos.

Que Franco no sea propiamente un caído en la Guerra Civil no es argumento para sacarlo de su sepultura. Su lugar de reposo es una basílica católica, y las normas canónicas consagran el derecho de los fundadores de un lugar sacro a descansar en él. La decisión que tomó el anterior Jefe del Estado (¡que todavía vive!) de sepultarlo allí fue del todo lógica, prácticamente nadie la discutió en su momento y constituye motivo suficiente para que el enterramiento se respete. Ya han pasado más de cuarenta años y a nadie con dos dedos de frente le puede molestar que ese señor repose en un punto remoto de la sierra madrileña, un lugar al que solo van los que quieren ir ahí. Ni los votos de las mayorías democráticas ni las legitimidades políticas ni los supuestos crímenes del difunto son razones para ir contra la ley natural de la civilización, que establece que hay espacios sagrados a los que los odios políticos no pueden ni deben alcanzar. Habría que dejar en paz a los muertos.