La prodigiosa memoria histórica de Concha Velasco 

No tuvo desperdicio la entrevista que Bertín Osborne le hizo a Concha Velasco en su programa. Y aún hubiera tenido más provecho de haber prescindido de dos insulsas figurantes que aún no han hecho nada en su vida mínimamente parecido a la carrera de la gran artista.

Los más tontos, queriendo disimular, se han quedado entre todo lo declarado con eso de que a Concha Velasco le gustaba un huevo Manolo Escobar. Pretenden meterte el capote delante mismo de los ojos para que no te desvíes más allá de la estocada que te lleve al matadero de los imbéciles. Pero Concha largó de Franco. Y Concha mentirá todo lo que quiera, pero con Bertín ha sido toda una estimuladora de verdades, una animadora para todos de ser capaces de contarlas.

Con ella ha quedado patente una valiente pintura de colores colocados con enorme soltura a lo largo de una biografía llena de intensidades, que demuestra en su caso -como en el de tantos- que la España de Franco no fue en blanco y negro. En blanco y negro nació una tintada de amargados y revanchistas que hubieran traído por naturaleza ese mismo tono oscuro y triste lo mismo con Franco que en el Medievo. O sea: fatales e insolucionables, como Carmen Calvo, Garzón o Zapatero.

Concha Velasco se distanció a leguas como socialista de ese socialismo sin remedio en odios, ese socialismo de dictadores camuflados en la democracia, lobos disfrazados de cordero. Y reconoció con agrado haber actuado ante Franco y su esposa en las fiestas del Palacio segoviano de la Granja. Tuvo agallas para decir que iba todos los años y que eso representaba un honor como artista. Le echó narices a declarar, sin inmutarse, que si ahora te niegas con el actual régimen, te buscas un lío; pero que por una negativa a Franco jamás te hubiera pasado nada ni mucho menos ir a prisión.

A Concha Velasco no le cabía en la entrevista, por más que quisiera, una vida como la suya; sin embargo, en la entrega sincera a Bertín no se reservó que recibió regalos del Caudillo y aún siguen colocados en su casa. Tampoco se calló que merendaba de vez en cuando con Carmen Polo, la esposa del entonces Jefe del Estado, y que eran amigas.

Fue una lección de inteligencia socialista, de demócrata auténtica, de libertad de pensamiento, de sosiego,  de reconciliación y entendimiento entre españoles, de serena y humana aceptación de los tiempos de España. Y fue desde luego una demostración de prodigiosa memoria de su dilatada carrera, pero también de una historia que en la narración verídica de Concha Velasco acabará siendo delito. 




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