La pobre gente

Como ya saben los habituales seguidores de estos artículos, soy uno de tantos enamorados como hay de la lectura de los clásicos, y el gusto por esta afición me ha llevado recientemente a disfrutar con “La pobre gente”, ópera prima de un gigante de la literatura universal: Fiódor Dostoyevski, obra con la que el autor ruso dio origen al género de la novela social. Publicada en 1846 en varias entregas, fue modificada posteriormente hasta que en 1865 conoció su versión definitiva, que es la que ha llegado traducida hasta nosotros.

Como anuncia su título, describe la precariedad e inopia en la que viven dos personajes que se escriben cartas narrando su situación y consolándose mutuamente, con reflexiones sobre el origen de la escasez de sus recursos, no exentas de un amor y una ternura que, en ocasiones, llegan a conmover al lector al detallar como un humilde funcionario entrado en años, protege a una huérfana, y reparte su escaso peculio entre los necesitados que lo rodean, llevado sencillamente de su corazón efusivo y bueno.

El hecho de haberla leído precisamente en estos días de Navidad me ha hecho meditar sobre tanto derroche en comidas de diciembre, que nos lleva a ingerir algunas veces sin tener apetito; a tantos décimos de lotería comprados por compromiso; a esos gastos superfluos en regalos que suelen ser compensaciones de otros recibidos y, en definitiva, a cómo nos incomoda el que se nos hable de pobreza en estas fechas en las que celebramos precisamente el nacimiento de un Niño en un humilde pesebre.

Son tiempos de incertidumbre en el trabajo, de arriesgar cambiando la residencia a otros países donde poder ejercer la profesión para la que se ha estudiado, de salarios muy bajos en términos nominales (se hace difícil superar los 1.000 euros mensuales) y reales (la inflación actúa como polilla que carcome el poder adquisitivo).

En Sevilla tenemos tres de los cinco barrios más pobres de España en renta per cápita, y por no hablar de esos hombres y mujeres, familias enteras con sus hijos, provenientes de países en guerra o con persecuciones, que huyen del hambre y de la muerte, y que vienen a tocar las puertas de Europa en situaciones muy precarias, buscando mejores condiciones de vida y un futuro.

En cierta ocasión, nuestro profesor de Estructura Económica, don Antonio Rallo q.e.p.d., nos comentó que la Economía no era la ciencia de la riqueza, sino de la pobreza (la preocupación de los primeros economistas fue la política distributiva), y, ciertamente, ninguna de las curvas estudiadas en Macroeconomía, incluida la de Lorentz, ni índices como el de Gini, me dieron a conocer lo que significa la escasez de recursos necesarios para sobrevivir, como la lectura de “Las uvas de la ira”, magistral obra del premio nobel John Steinbeck posteriormente llevada al cine, con el trasfondo del crash de 1929.

La pobreza no es tema de conversación (“a la bicha ni nombrarla”), ni tampoco es noticia (“A los pobres los tendréis siempre”, Mateo 26,11 y Juan 12,8). Por poner un ejemplo: mientras que las víctimas del hundimiento del Titanic en 1912 han sido profusamente recordadas en libros, películas y documentales, las casi 600 del vapor Utopía, todos ellos humildes italianos que zarparon de Nápoles en 1891 con destino Nueva York en busca de un futuro mejor, y que encontraron la muerte al chocar contra un acorazado frente a la costa de La Línea de la Concepción (Cádiz) en medio de un temporal, sólo son recordadas por algunos lugareños de la zona.

Creo que ante la pobreza podemos adoptar dos posturas: la de aquel sabio que describía nuestro ilustre Calderón de la Barca en “La vida es sueño”, que comiendo hierbas se lamentaba de su triste sino, pero que al volver el rostro hacia atrás vio que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojaba; o la del que piensa que pertenece a un estatus económico donde la pobreza no le alcanza.

A estos últimos les recordaría que hay otras pobrezas, además de la económica: la pobreza en esperanza, tan arraigada en nuestra juventud; la pobreza en generosidad; la pobreza en conocimientos; la pobreza derivada de la discriminación racial o étnica… 

Y termino con más reflexiones: ¿doy el mismo valor a cada vida humana? ¿Soy consciente de que el progreso no está solamente en el desarrollo tecnológico o económico? ¿Soy capaz de conmoverme ante el que me extiende su mano para implorar una limosna? ¿Construyo mi vida al margen de la realidad y del sufrimiento de los demás? 

Ojalá no olvidemos que una sociedad sin corazón pierde la capacidad de compadecerse, y una sociedad sin compasión no tiene futuro, porque es estéril.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com 




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3 Comments

  1. Emilio Martin dice:

    Alberto, gracias por abrirnos los ojos, que generalmente los tenemos abiertos , solo para los que nos gusta mirar . Buen compendio de la realidad que nos rodea.

  2. Didaqus J dice:

    Por supuesto que la economía no es la ciencia de la riqueza sino de crear ésta. Y tal, no se crea sólo dándole a la maquinita del dinero sino creando bienes, servicios y capital. Si no generas riqueza, tendrás pobreza y seguro que podrás distribuirla muy bien pues, para que tener riqueza, si todos podemos ser igual de pobres. Eso sí, podemos crear riqueza con el corazón a través de la economía de la gracia de Dios, Eclesiastés 5:19

  3. José Antonio Molino dice:

    Desde luego, todas las pobrezas son indignas y denigrantes para las personas. La pobreza económica, las excluye de su entorno y muchas veces humilla al ser humano, por las enormes desigualdades que provoca. Pero todas las demás pobrezas, en generosidad, en esperanza, en conocimientos, que son, en fin, pobreza de valores, son casi peores, pues impiden construir ese mundo más humano, y poner en la medida de lo posible, remedio a las necesidades ajenas. Pero yo creo que aún queda suficiente gente “rica” en sentimientos, en valores y en conciencia, y a pesar de todo, este valle de lágrimas tiene futuro.

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