La plaza

Es curioso como la sabiduría popular, con sus dichos y refranes, encierra en pocas palabras todo un compendio de experiencias vividas por las generaciones que nos precedieron, y atinan al describir una situación. Mi suegro, hombre poco docto en letras pero con un sentido común envidiable y de familia rural oriunda de la serranía de Ronda, me dijo en cierta ocasión, al oírme hablar de una persona de quien yo realzaba sus virtudes, una frase que no necesita más comentario: “En santo que mea, no creas”.

Al escucharla por primera vez, me acordé de cómo la iglesia católica no hace santo a nadie en vida, sino a quien después de muerto pasa por todo un largo proceso: venerable, beato y, finalmente, santo, no sin antes haber constatado un milagro y escuchado al abogado del diablo, un sacerdote que escruta a las personas que vivieron con él, los documentos que dejó escritos y cuantos testimonios puedan confirmar o no su elevación a los altares. Esta figura se hizo muy popular a raíz de la novela homónima de Morris West.

Recordaba esta anécdota cuando leí hace unas dos semanas que se había inaugurado una plaza rotulada con el nombre del ex alcalde de Sevilla Alfredo Sánchez Monteseirín. De entrada no me parece bien rotular con el nombre de alguien que esté vivo una vía pública, ya sea calle, avenida, plaza o glorieta, porque el balance de una vida sólo se puede conocer al final de la misma.

Por otro lado, me parece increíble que un político con su trayectoria merezca semejante galardón a su memoria: nacido en La Rinconada, es concejal de Burguillos entre 1979 y 1987, pasa a ser diputado provincial entre 1983 y 1995 fecha en la que es elegido presidente de la Diputación Provincial, donde mantiene la tradición de acoger a cuantos políticos de la provincia han pasado de ocupar puestos de alcaldía y tenencias de alcaldía a no tener ninguna responsabilidad en sus respectivos pueblos, hasta el punto de que se sobredimensiona en gastos de personal y hace plantearse a muchos la necesidad de mantener o no una administración local cuyas competencias se solapan con las de los ayuntamientos y la propia Junta de Andalucía, circunstancia que se da también en muchas provincias españolas.

En las elecciones de 1999 alcanza la alcaldía de Sevilla al pactar con el Partido Andalucista (PA), a cambio de que el partido regionalista asumiera Urbanismo, área que se negó a entregarle la candidatura más votada, que fue el Partido Popular (PP). El “abrazo del oso” le salió caro al PA, que después de aquello inició la penosa marcha hacia su desaparición. En 2003 obtiene mayoría simple y se ve de nuevo obligado a pactar, al igual que en 2007 con Izquierda unida – los Verdes (IU-LV), aunque volviera a ser el PP el partido más votado.

Obediente a Zapatero, como Espadas lo es a Sánchez, en su gestión hubo luces y sombras (¡hasta un reloj parado marca dos veces la hora exacta cada día!): Sevilla continuó siendo la capital con los barrios más pobres de España, se peatonalizaron calles sin escuchar la voz de sus vecinos, se redujo el número de aparcamientos con el carril bici hasta límites insoportables, disminuyó drásticamente el arbolado, se disparó el déficit y el endeudamiento a pesar de las sucesivas subidas de tasas e impuestos, se construyó el proyecto Metropol-Parasol en la Plaza de la Encarnación, también conocido como las “setas”, con una evaluación de costes tan errónea que aún lo estamos pagando y, para no cansar al lector, se permitió la construcción de la torre Pelli, vulgo torre Sevilla para romper el skyline de la ciudad con ese gigantesco pintalabios, financiada por las dos extintas Cajas de Ahorros de Sevilla (San Fernando y Monte), que fueron hacia abajo conforme la torre se elevaba ( ). También hubo momentos simpáticos, como la inauguración de la avenida de la Astronomía y su discurso sobre los astronautas (está en YouTube). Da alipori.

Tan contentos estaban los sevillanos con su equipo de gobierno del PSOE, que le otorgaron al PP 22 concejales en las elecciones de 2011, lo nunca visto. Por cierto: resulta llamativo que el concejal más crítico de la oposición en aquella época, Beltrán Pérez, quien denunciara casos de corrupción como la entrega de bolsas de dinero a okupas de los Bermejales para que se fueran, o las mordidas de Mercasevilla, donde además está el origen de los EREs, ahora, que al parecer deja la política, reconozca en Twitter como un acto de justicia esta plaza: Beltrán, ¡quién te ha visto y quién te ve!

En mi modesta opinión, justicia hubiera sido haberle dedicado esa plaza a uno de tantos sevillanos que dejaron huella y que no cuentan ni con un callejón en nuestra ciudad. Ahí van algunos nombres: Alfonso Grosso Sánchez (pintor), Antonio de Ulloa (botánico), Manuel Summers (cine), Francisco Márquez Villanueva (filólogo), Javier Benjumea Puigcerver (ingeniero), María Requena (escritora), Pastora Imperio (baile), Rafael del Estad (compositor), Rosario Valpuesta Fernández (letrada), Manuel González García (sacerdote elevado a santo), etc. Para Sevilla, un político más en su callejero; para muchos sevillanos ilustres, una ocasión menos de ser recordados.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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