“La pillaron trabajando”

“La pillaron trabajando”, se oye comentar a veces, como describiendo un grave delito, que afortunadamente fue descubierto por la Policía. 

Es de esperar que algún niño que conserve la inocencia se extrañe si oye esta frase y pregunte que cómo es posible, pues, ¿qué tiene de malo trabajar? Es de esperar, y aun de desear que eso ocurra –es decir, que niños o almas inocentes se sorprendan si oyen esto- pues demostraría que aún queda un poso sano en esta sociedad rarísima contra natura que estamos construyendo.

La mayoría de las personas, por desgracia, entendemos ya qué quiere decir esta acusación. Alude a una persona que percibía una “paga” del Estado (llámese subsidio de desempleo, baja laboral, jubilación anticipada… esas sórdidas palabras la familiaridad con las cuales indica lo peor de la vida adulta), y que aun así, es decir, percibiendo un dinero del erario público como compensación social a su incapacidad de ganarse la vida, pues ha decidido además “trabajar”, es decir, ganar dinero de modo clandestino. En la compleja sociedad en la que vivimos, en la que el “delito fiscal” se considera más grave que el homicidio (y por supuesto, infinitamente más grave y perseguido -legal, policial y socialmente-,  que el robo con violencia), por supuesto esta actitud debe ser punible. Pero, ¿no es más adecuado expresarlo de otra manera?

¿No deberíamos decir: “Lo pillaron cobrando una paga que no debía”? ¿No es eso lo verdaderamente grave, lo de estafar al resto de ciudadanos que pagan impuestos, y quitar credibilidad a lo que de verdad están enfermos o incapaces? Ese es el delito y la estafa, ¿no?, el engañar, el robar a toda la sociedad percibiendo “pagas” y ayudas y subsidios fingiendo necesidades ficticias… Lo que antaño y en otro tipo de sociedad empobrecida podía a lo mejor considerarse una picaresca no tan grave, hoy día, bajo la presente dictadura fiscal, adquiere un carácter repulsivo. Es un delito que despierta pocas simpatías. 

Pero lo estremecedor es el modo de expresarlo, “lo pillaron trabajando”. Señores, lo malo no es trabajar. Lo malo es el engaño y robo al resto de ciudadanos. Digan “lo pillaron hurtando del erario público”, y así lo entenderán hasta las almas puras.

Trabajar no es malo; ni cultivar la tierra ni criar ganados. Esa es la primaria y noble tarea del ser humano. Pero vivimos en un mundo surrealista…

“Se darán ayudas enormes a los que en Doñana dejen de cultivar”, oímos ayer por la radio. “A los que decidan seguir cultivando de otra manera, más ecológica, también se les darán ayudas pero mucho menores”. 

Vale que del complejo asunto de Doñana ignoramos tantas cosas que no podemos opinar. Pero por desgracia este tipo de noticias alucinantes (ayudas para el ganadero que renuncie a sus ganados, para el agricultor que deje de cultivar) son continuas. Hace un tiempo saltó una noticia así referida a Holanda: el Gobierno del segundo país exportador agrícola del mundo (sí, es así curiosamente, pese a su minúsculo tamaño) prometiendo a sus agricultores y ganaderos pingües ingresos si… ¿si cultivaban más y mejor, si modernizaban sus técnicas, si se atrevían con productos nuevos?, no, el premio se les daba sólo si dejaban de cultivar. Si se olvidaban de las tierras y se dedicaban al descanso: entonces se les entregarían las generosas pagas.

Un poco de “infancia espiritual”, del sentido sano de las cosas, conviene conservar toda la vida. Estas cosas, aun cuando puntualmente tengan una justificación, dado lo complejo de nuestra forma de vida, cuando se generalizan tanto, ¡son intolerables! ¿Cómo se puede fomentar desde arriba el no trabajo, el no cultivar la tierra, el no criar ganados?

¿No fue el origen de la Comunidad Europea la preocupación por conservar un poco de autosuficiencia? En teoría, sólo con que un gran país siembre trigo, ya es suficiente para todo el planeta; y así con todos los productos. Pero, ¿cómo arriesgarse a tan peligrosísima dependencia? 

¿Dónde queda hoy esa preocupación?

Pero no osamos opinar de economía. Más bien nos referíamos al lenguaje. El lenguaje cambia la realidad. 

Si puntualmente hay que dejar de hacer algo tan básico como cultivar la tierra, ¡qué remedio!, habrá que hacerlo, pero considerándolo una  tragedia. No dando por hecho que se trata de algo bueno.

El lenguaje que estamos empleando es lo verdaderamente destructivo. Trabajar, cultivar, criar ganados… se está considerando delito. Como comer carne, como tener “demasiados” hijos (¡que se diga eso en la estéril Europa…!).

Muchos dirán que se ha quedado antiguo lo de “Comerás el pan con el sudor de tu frente”. Pues muy bien, ciertamente es antiguo, pero, ¿cómo sustituirlo? ¿Cómo lo comeremos si no?




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