Sobre todo en nuestra tierra andaluza, tan hábil en la gesticulación y el giro lingüístico, se conoce de sobra qué significados pueden darse al título de esta reflexión. Mucho se ha escrito sobre el origen de tan desahogador gesto, de sus múltiples interpretaciones y de lo acertado que pueda ser su exhibición pública, pero poco de la necesidad de practicarlo.

Mandar a personas o colectivos a tomar por donde la espalda pierde su casto nombre se está convirtiendo en una necesidad. Sí, en una imperiosa necesidad. Entre políticos, politiquillos, trileros profesionales del enjuague mediático, cantamañanas autonómicos y demás vomitiva fauna que nos rodea, el número de acreedores a tan gráfica actuación crece exponencialmente cada día. Esta sociedad repleta de “bajocres” (ni a mediocres llegan) está creando todo un conjunto de ciudadanos que consideran muy seriamente institucionalizar, y aplicar, tan suculento gesto de manera incesante y generalizada.


Asistir de manera continuada a la demostración sin dudas de tanta desvergüenza e incapacidad como la que exhiben sin pudor nuestros políticos, lleva a tal desesperanza y frustración que nos hace pensar si este sistema que llaman democrático tiene algún futuro. Porque de ese polvo viene este inmenso lodo, de que todos seamos iguales a la hora de decidir cuándo, nos guste o no, esto es a todas luces injusto y peligroso. Claro que lo “progre” (asco de palabra, joder) es defender con todo tipo de argumentos el sufragio universal, pero esto parte de una perversión terrible: considerar igualmente capacitados a quienes no lo están. Hasta la saciedad habremos escuchado que cómo puede valer lo mismo el voto de un catedrático, un médico, un ingeniero o un abogado, que el de algunos personajes que ocupan horas de televisión en este país. Ya a estas alturas estará pensando que desvarío o que mi dosis de estupefacientes en sangre alcanza peligrosos niveles, pero le pido que reflexione y vea donde estamos. Ponga el telediario y dígame si no es para levantar el dedo ante la primera noticia que aparezca, ante el primer comentario que escuche, y no bajarlo más. La democracia que instauramos hace cuarenta años estaba preñada de gente culta y preparada y por eso fue modélica. La de hoy es un esperpento en el que nos toman continuamente por imbéciles y ante eso solo cabe el gesto inequívoco del índice hacia arriba. Una peineta en toda regla.

Que la hemeroteca demuestre cada día que donde dije digo, digo Diego. Que tengamos que escuchar a una ministra decir que el dinero público “no es de nadie”, que un presidente autonómico llame a los españoles, a usted y a mí, “bestias carroñeras con tara en el ADN”, que en Andalucía lleve gobernando un partido más tiempo del que estuvo Franco haciéndolo y sigamos siendo el furgón de cola de Europa, que un comisario de policía tenga en jaque mediante manifiestas ilegalidades a derecha e izquierda y se hable de “las cloacas del poder”, solo provoca una interpelación: ¿En qué asquerosa cloaca nos han/hemos metido a todos?

Por ahí viene mi paseo imaginario por los psicotrópicos. Si nuestro sistema de elección política provoca esto, o cambiamos de sistema o nos aplicamos también la peineta. Porque si pensamos por un momento que nuestros políticos van a cambiar su “modus vivendi” para solucionar algo de lo que de verdad nos importa ahora, a lo mejor resulta que nos merecemos que nos tomen por imbéciles y que la peineta venga de vuelta. ¿Pasa algo?… como de costumbre, NADA.