La okupa del tren

Entendí algunas cosas en aquel viaje en el tren rápido. Era temprano, demasiado temprano. A esas horas, hasta que llegué al tren, iba pobremente propulsado por un café hecho la noche anterior y mal recalentado. 

Concentraba las pocas neuronas que aquella hora estaban encendidas en no meter la pata (sin aspirar ni mucho menos a mostrar desenvoltura) y ponerme en la fila correcta, no olvidarme nada en la máquina de los rayos X y avanzar por las vías hasta encontrar vagón y asiento.

Tras el esfuerzo y simplemente por llegar hasta el vagón correcto (en esas horas de tan poca lucidez) tenía la sensación de haber hecho más de medio viaje. Solo me faltaba llegar al asiento donde mi plan de viaje era echar una larga cabezada. 

Pero la cosa se torció. Vi que mi asiento estaba ocupado por una chica que, arteramente, miraba por la ventanilla a la inhóspita estación con esa luz algo fantasmal. Nada interesante, vamos. El que debía ser su pareja, con gran educación, en un español trabajoso me preguntó si no me importaba cambiar el asiento para que (ella) pudiera viajar con los otros tres. Por el aspecto (él) viajaba con su pareja y los suegros y no era cuestión de negarme a la petición del muchacho ya que hubiera sido (para él) una humillación en toda regla. 

Me di cuenta que eran portugueses. Mayor razón para ser amable ya que uno, de siempre, ha sido gran defensor de estrechar relaciones con estos vecinos en lo económico, cultural y social. 

Por tanto cedí el asiento y me senté donde me dijeron. Pronto apareció otra chica mirando alternativamente billete y asiento y me indicó que estaba mal ubicado. Le conté mi historia a la vez que miraba a los portugueses. La chica portuguesa, decidió inhibirse volviendo a mirar el lúgubre paisaje. 

Era el asiento de al lado el que me tocaba. Por lo que había perdido el derecho a ventana para mi disgusto, cosa que les expliqué en torpe portugués (aprendido tiempo atrás en un tiempo que fijé residencia allí por un trabajo). Mantuvo la portuguesa la mirada perdida a través de los cristales. Se había apoderado del asiento y ya era causa perdida.

Un muchacho diferente entra en escena. Estaba enfrente. Mi portugués no debía ser muy bueno porque me entendió en español perfectamente y me ofreció su asiento que era de ventana y por donde, ya por fin, confiaba en pasar un rato mirando por la ventana como iba amaneciendo, a campo abierto, sin pensar en nada, solo dejar que el paisaje se moviera y se mostrara en su despertar. Algo así como las vacas cuando miran a los trenes, pero al revés.  

Después de unos kilómetros y con el tren ya viajando la calma se fue instalando; junto con el suave traqueteo muchos se quedaron dormidos incluyendo la “okupa” que ya no miraba por la ventana.

Me dio por pensar en la “okupación”. En este caso de asiento y poltrona. Una vez que se asienta uno/a se disfruta de  una especie de posesión. Ficticia, desde luego, pero yo pude comprobar que de allí no hubiera salido la joven ni con argumentos, ni con moción de censura, ni con investigación parlamentaria, ni con nada. 

Pensé en cuantos viajan en asientos que no les corresponden, cómodos, al lado de la ventanilla. No saben y da igual. Se equivocan y da igual. Se entorpecen unos a otros y da igual. Y cuanto más dure mejor. 

Luego me quedé dormido como todos los demás. 




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