La nueva iglesia bajo el volcán del clima

Soy muy partidario de dejar que sea la Ciencia la que hable. Ocurre que, en tal caso, ¿qué narices pinta esa criatura llamada Greta Thunberg pontificando y siendo recibida en la sede global de los promotores de la cosa climática? ¿A ninguno de ellos le daría pudor reportar aplausos a Goofy, a Pluto o al Pato Donald robándoles el plano?

Añado un motivo más para el escepticismo, aunque muy alejado de la ciencia climática y más cerca de la consideración moral que pueda esconderse detrás de toda esa manipulación permanente de una doctrina que suena más a asertos de un catecismo que a debate científico propiamente dicho: ¿qué clase de gente tan soberbia puede atribuirse la deriva del clima por causa del factor humano sin demostrarla y a la vez su misma solución improbada? ¿Acaso no resulta demasiado parecido a la mistificación de aquellos chamanes que descifraban y relacionaban el significado de la erupción de un volcán con algún deseo de los dioses a los que había que ofrecer sacrificios para calmarles la ira?

Es decir, no sólo fingían interpretar los deseos de los dioses sino que a la vez aseguraban conocer la receta infalible para apaciguarlos: ellos eran el problema y la solución al mismo tiempo (en su provecho), mientras los volcanes seguían pegando sus petardazos a destiempo… A destiempo para todos, menos, claro está, para los hermeneutas de la cosa, que vivían como rediósssss gracias a las predicciones de un eclipse o de un cataclismo preanunciado y a sus prescripciones de asustaviejas.

El milenarismo de los profetillas admonicionistas que anunciaban desgracias o epidemias terroríficas sólo precisaba esperar el tiempo necesario para que se desencadenara una desgracia o una plaga, para luego erigirse como sacerdotes de una nueva secta capaz de contactar con el futuro o como guardianes de los infinitos arcanos del azar o la casualidad. A Reyes Maroto le fascina el espectáculo de Cumbre Vieja y contempla en ello un atractivo turístico igual que a Nerón le debió producir lágrimas de emoción ver ardiendo Roma. Los tarados emocionales están por todas partes.

Y no, la Naturaleza no habla, ni se queja ni protesta. Sólo se desenvuelve y puede causar estragos si te coge en el tiempo y lugar equivocados, como por ejemplo aquellos miles de pompeyanos que quedaron sepultados bajo un mar de lava o los marineros a los que sorprendía una tormenta a bordo de una cáscara de nuez. Sólo los estúpidos de un tiempo irrelevante considerarían profético hoy día que el Vesubio explote y sepulte a Nápoles, con sus varios millones de habitantes, bajo una lluvia de cenizas y lapilli. Y puede que eso llegue alguna vez, porque en los arcenes de las carreteras alrededor del Lago de Averno y de Pozzuoli , la patria chica de otro ‘volcán’ llamado Sofía Loren, brota el humo lacrimógeno de las entrañas de la Tierra y a pesar de ello nadie sale corriendo de un lugar tan bello, igual que nadie se plantea al visitar la preciosa ciudad de Taormina que eructe el Etna.

La Naturaleza no es bondadosa ni asesina, pero sí es hermosa y está llena de riesgos. El ser humano se ha acostumbrado, aprendido y adaptado para protegerse de la mayor parte de los daños que genera y sólo a los espíritus menores se les ocurre pensar en una Naturaleza protestona declarada en rebeldía apenas porque en invierno crece el hielo en los polos, porque en un desierto se levante una tormenta de arena o porque truene y haga vientos de fuerza siete cuando llegan los monzones.

Prefiero que la Ciencia hable, pero sólo la pura Ciencia y no la endeble entendedera de una adolescente ni los intereses de algunos en una reconversión industrial que tal vez sea inevitable y hasta necesaria, pero de la que sospecho, porque está llena de alarmismos injustificados y que barrunto como una nueva religión materialista con sus credos, sus anatemas, herejías y doctrinas, que pretenden sustituir la espiritualidad del ser humano por dogmas tan ininteligibles y contingentes como la variabilidad del viento o la alteración de 0,001 grado en la temperatura media de la Tierra.

No se me ocurre un argumento “más superior” al de un cambio climático por causa de la acción del hombre, que estaría poniendo en riesgo el futuro del planeta como modo de justificar cualquier prohibición o aberración q se les ocurra.

Si la Humanidad entera está en peligro por fumar, por usar útiles e higiénicas bolsas de plástico, por conducir, por usar condones, por tirarse un pedo o por comernos un filete, nos podemos dar por muertos y jurar por Belcebú que estamos ante el mismísimo IV Reich y esta vez no ha empezado por invadir Polonia ni los Sudetes, sino que nos ha cogido a todos por los huevos del interés general a cuenta del cambio climático acojonante y atpcle (“a tomar por culo la escopeta”).

Antes q hablar del clima, por higiene moral y científica yo propondría procesar y amonestar no sólo a los padres de ese pobre engendro, sino también a los promotores que la invitan a esos foros del demonio que pagamos entre todos y a quienes la aplauden y la vitorean, empezando por cada uno de los miembros encuadrados en el IPCC.

A mí me dan mucha vergüenza, cosa q no creo haber sentido jamás, todo lo contrario, ante un científico de ninguna especialidad por muy equivocado que estuviera en sus hipótesis y teorías. Los del “cambio climático por narices” no son parte de la Ciencia, sino miembros de una iglesia ecuménica universal que ha venido para esquilmarnos a todos. El resto es mera excusa.

He dicho.




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