La ninfa del tren 13022 (y 4)

La ninfa del tren 13022 (1)

La ninfa del tren 13022 (2)

La ninfa del tren 13022 (3)

Conforme avanzaba por el pasillo no dejaba de otear los últimos asientos que, a simple vista, parecían completos y de ellos no sobresalía nada especial, quiero decir que no se distinguía precisamente ningún círculo de luz difusa en torno a ningún cuerpo luminoso. “No podía ser, maldita sea”, mascullaba mientras me quitaba de las piernas una hamaca de playa que, con las prisas, se me había enredado en ellas de manera lastimosa. “Yo la he visto, yo la he visto”, me repetía sin cesar. Y esa era la letanía que llevaba encima puesta, totalmente desprovisto ya de cualquier útil que tuviera que ver con la atención al cliente. Como un autómata, abría puertas y dejaba -abandonándome a la desolación- que “el personal” fuera desalojando los vagones en Estadio y en Segunda Aguada… Apenas quedaban ocho o diez personas en la plataforma de la máquina expendedora. Todos los asientos estaban ocupados y el jolgorio a cuenta de la inminente llegada era ensordecedor. Una reunión de amantes del Punk ocupaba todo “el territorio”, nunca mejor dicho. Y no salía de ellos, precisamente, ninguna luminaria reveladora. Al contrario, y haciendo gala de su filosofía, no encontré más que desgarro y desesperación en esta pandilla de crestados. De ella, ni rastro.

Definitivamente hundido, porque en el último asiento del último vagón del tren 13022 quien se sentaba era una pétrea y “colocada” punki que me sacó hasta la lengua, decidí refugiarme en mi cabina a rumiar. Sí, a rumiar y a esperar que esto acabase de una puñetera vez. Que este viaje, sin duda alguna, se quedaría impreso en el diario de este desgraciado Interventor como un mal sueño, una media pesadilla que casi arruina mi acreditada profesionalidad ante la clientela. Con la cabeza gacha, ajeno al mundanal ruido, cogí el llavín para abrir la puerta tratando de asumir por completo la amargura que produce el desencanto… Pero el sonido ininterrumpido producido por un abrir y cerrar de hojas, justo a mis espaldas, hizo que despertara del limbo en que me encontraba y me di la vuelta con la velocidad de un felino hacia el lugar desde el que lo estaba oyendo… ¡Allí, allí! ¡Sí! Bajo el último asiento del último vagón del tren 13022 había un libro que se abría y se cerraba solo, seguramente a causa de un extrañísimo remolino formado por el aire que entraba del exterior. Me agaché con dificultad. A alguien se le había caído un libro y no se había dado ni cuenta, eso era seguro. Metí el brazo por entre dos mochilas y pude cogerlo. Estaba abierto, abierto por una de sus páginas, abierto por una de las páginas de las Leyendas  de Gustavo Adolfo Bécquer…

Me levanté como pude intentando por todos los medios disimular el hallazgo. Me estiré el uniforme y con la rapidez del rayo me encerré en mi cabina con el libro bajo el brazo. Me senté y me quedé un rato pensativo, contemplando el camino de hierro que se me iba quedando atrás sin remedio. Abrí de manera instintiva el libro, y apareció la misma página de antes, una de las páginas de las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. ¡Y sobre la página, como echados a voleo, unos cuantos cabellos del color del oro!… Me quedé en blanco. No podía moverme. Contemplaba absorto la senda de hierro en paralelas que se me iba quedando atrás sin remedio alguno… 

Sí, os lo puedo asegurar, no es ninguna broma. Existen las ninfas y viajan en tren. Yo, por lo menos, las he visto.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *