La Navidad y el Cambio Climático

Para encontrar el origen de las manifestaciones festivas de lo que conocemos como Navidad hay que remontarse al despertar de los tiempos, cuando los homínidos comenzaron a escudriñar los astros, sus movimientos aparentes y las estaciones climáticas. En las fechas que correspondían al solsticio de invierno, entre el diecisiete y el veinticinco de diciembre en el actual calendario, los humanos ancestrales observaban esperanzados el renacimiento del Sol que alimentaría sus cosechas y dejaba atrás poco a poco días de penumbra, noches eternas y fríos abrasadores. El Dios Ra egipcio, el Baal semítico, el Helios griego, el Sol Invictus romano, todos ellos le representaban: el que recobra su fortaleza y permite recuperar un ambiente propicio para la vida y el cuidado de las crías. Trescientos años después del nacimiento de Jesucristo, Constantino el Grande institucionalizó la fiesta del solsticio como fecha de nacimiento de Cristo, aunque en su fuero interno mantuviera creencias paganas. Todos los antecedentes históricos al respecto nos remiten al común sentimiento de esta conmemoración anual, a la fascinación y esperanza en un futuro próximo mejor, al calor protector de Dios, a la restauración de un entorno favorable para el desarrollo vital. Esta primaria llama de ilusión y resurrección se ha transmitido a lo largo del tránsito evolutivo humano de millones de años, salvando obstáculos y adaptándose al medio en condiciones extremas. Jesús de Nazaret increpa a los fariseos por el exceso de parafernalia y rituales de origen pagano: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí. Enseñando como doctrinas preceptos de hombres… Astutamente violáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición (Marcos 7:6-9)”.

 

Málaga

 

Es indudable que la Tierra, tras un largo devenir geológico y biológico, se encuentra en un momento crucial de su densa historia debido a la intervención prepotente del hombre en la Biosfera. Se ha especulado con los recursos terrestres durante siglos, se ha desarrollado una revolución tecnológica ciega y degradante, se ha ensuciado el planeta… Para intentar recuperar lo maltratado, se propugnan, entre otras, medidas de control en las emisiones de gases nocivos a la atmósfera con el objetivo de evitar el calentamiento global, aunque no se resuelve con una fórmula matemática de aplicación inmediata. Cualquier actividad humana tiene un impacto sobre el medio, siendo imprescindible contrapesar los efectos benéficos y los perjudiciales para escoger caminos de progreso equilibrado que entrañen un menor deterioro del mundo en que vivimos, pues incluso algunas de las propuestas para paliar el efecto invernadero tienen sus secuelas indeseables. Considerando, por ejemplo, la energía eólica como una de las alternativas, hay que tener en cuenta sus consecuencias en una implantación a gran escala: no permite un almacenamiento duradero, necesitando apoyo externo; resulta poco productiva para los requerimientos actuales; contribuye a la degradación de las zonas rurales ocupadas, afectando a la flora y fauna del entorno, como ocurre con las aves migratorias. Son necesarios, por tanto, renovados esfuerzos para potenciar las investigaciones sobre otros recursos como la energía mareomotriz o la geotérmica; para educar  a los jóvenes en valores universales abandonados; para fomentar el ámbito rural, modificando paulatinamente hábitos de vida con el objetivo de atemperar la alteración progresiva de los ecosistemas.

 

 

Se escuchan voces frías, desdeñosas, que alertan del peligro de celebrar la Navidad y de su impacto medioambiental; sería recomendable, por tanto, hacer un balance de sus inconvenientes y de sus ventajas. Si evaluamos estas últimas, se puede afirmar que el hombre moderno sigue sintiendo esa llamada, esa luz nueva, ese resurgimiento, esa alegría compartida en el clan, la tribu, la familia. La Navidad pertenece a todos los seres humanos de bien desde que el hombre primitivo levantó la vista y contempló extasiado las estrellas del firmamento, imaginando la inmensidad del universo y apreciando su desvalimiento ante tanta grandeza. Ese impulso le llevó a la veneración de divinidades celestes y a canalizarlas con el paso del tiempo a través de los sentimientos y la fe religiosa, procurándole paz interior, bondad, esperanza…; y también le indujo la necesidad de manifestar y festejar en esos días la victoria de la Vida sobre la muerte, de la Luz sobre la oscuridad.




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