La Muralla y la Puerta de Hércules

La antigua Puerta de Goles de la muralla, baluarte que según las crónicas legendarias confería a Híspalis el honor de ser la mejor defendida de occidente, se encontraba en la confluencia de las actuales calles San Laureano, Goles y Alfonso XII, antigua de Armas. Esta luz permeable a través del primitivo muro romano sufrió muchos avatares a lo largo de la Historia, considerándose por muchos investigadores que el nombre de Goles puede derivar de una corrupción de Hércules. Utilizada en época visigoda e islámica, no se sabe exactamente cuál fue su devenir cuando la fortificación hispalense fue derribada por Abderramán III en el siglo X, aunque se estima que buena parte de esta zona frente al río se mantuvo en pie. Sevilla fue cercada nuevamente durante el Reino Taifa, siendo después ampliada y reconstruida la muralla por los feraces almorávides a principios del siglo XII. Los alarifes almohades realzaron y embellecieron el adarve décadas más tarde; estos conquistadores africanos fueron los que levantaron las torres albarranas de la Plata y del Oro, reforzando todo el perímetro urbano con barbacana y foso. Cuentan las crónicas populares que Fernando III atravesó este Arco de Goles cuando conquistó la ciudad milenaria en 1248, aunque no existe constancia documental de tal episodio. En época renacentista, Hernán Ruiz reconstruyó la portada casi en su totalidad, entrando Felipe II por este lugar el 10 de mayo de 1570 y denominándose a partir de entonces Puerta Real.

Una dilatada y evocadora  sucesión de acontecimientos que convierte a este portón de la fortaleza en objeto de mil y una historias legendarias, como la de La Piedra Llorosa, que trascurre a mediados del siglo XIX, cuando el alcalde corrió desconsolado ante el fusilamiento inclemente de unos jóvenes rebeldes “echados al monte”. Hoy queda como testigo mudo de tal suceso el sillar donde se sentó a llorar, a unos pasos de la desaparecida puerta, gritando amargamente: ¡Pobre ciudad! ¡Pobre ciudad!…




 

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