La mosca tras el cristal

Normalmente escribo a sabiendas de que no me lee[rá] nadie pero, como aquella mosca que no deja de darse costalazos contra el cristal de un ventanal, no cejo tampoco en ese empeño, en esa cabezonería, de querer seguir hacia delante aunque el paisaje que hay ante mí esté vetado. Soy como esa mosca: obcecado, iluso y estúpido.

Las esperanzas son reflejo de los deseos y los deseos, como habrán comprobado a lo largo de sus propias vidas, no siempre se cumplen. Ser millonario es un anhelo de casi todos y, al final, nos conformamos con ser millonarios en amor, en amigos, en salud… Como cuando jugamos un décimo de la Lotería de Navidad y vemos cómo en la televisión salen los agraciados con los premios descorchando botellas de champán (de esos de tres euros en el supermercado) y tú, idiota, te emocionas. Pues eso: millonarios en salud. Y, a veces, ni eso. Aquello de la mosca que les decía: «¡El año que viene!» o «¡A ver en el Sorteo del Niño!». Tolais…

Escribo como catarsis porque lo que escribo se queda como si lo hiciese en un diario personal: para la intimidad. Aunque, para no mentirles, siempre tengo la esperanza de que alguien me robe ese diario y haga suyas mis palabras.

Algo falla cuando las ilusiones no se cumplen y, por norma general, suele ser porque no sabemos canalizar nuestras expectativas. Hablamos de suerte como si la suerte tuviese fuer propio cuando, sin embargo, la suerte es la excusa que nos hemos inventado para no llamar a nuestros fracasos por su nombre. La suerte para el que la busca, ¿no lo han oído decir? Y aquí se concita esto mismo que digo del fracaso: si buscas tu fortuna es posible que la encuentres, aunque también puede ser que no siempre la busques lo suficiente y entonces culpes a «la suerte» de tu ineficacia. Quien esto escribe sabe de qué les habla. Les hablo como poeta intentando demostrar en su vida que es poeta, fíjense.

La metáfora de la mosca tras el cristal en el ventanal es el claro ejemplo de lo que aquí les expongo; pero la mosca no suele cejar en su empeño y, si alguna vez se han fijado, ocurre que la mosca llega a desaparecer. Unas veces ha caído en la cuenta de que para llegar a ese horizonte tras el ventanal no puede seguir golpeándose y tiene que encontrar otra forma de salir; otras nos la encontramos, cualquier día, sobre el suelo, sobre el hueco de aquel ventano, muerta de extenuación sobre sus propias alas con un horizonte que sigue amaneciendo y que siempre ha sido ajeno a ese esfuerzo. Pues así siempre.

Es cierto aquello que decía en su columna diaria Enrique García-Máiquez sobre Borges y aquella ave mitológica que volaba al revés porque le interesaba más saber de dónde venía que a dónde iba; ahí, quizás, esté el quid para ser la mosca que dejó de golpearse con el ventanal y no la que murió en el intento. Para no sucumbir hay que saber por qué se lucha. O no, no sé. No hagan mucho caso que yo aún, de cuando en cuando, obcecado, iluso, estúpido, me sigo dando golpes con el cristal pero avisados quedan.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *