La milana bonita vuela en el Congreso

La somanta de palos que se llevó ayer Marlaska en el Congreso no le cabía por la puerta de su casa.

Gorka Gómez, su marido, al verlo llegar, debió decirle que no le trajera más chismes al apartamento, que no sabía ya dónde meterlos, porque el garaje y el trastero lo tienen hasta los topes de tantas calamidades acumuladas por culpa de sus marrullerías en apenas cuatro meses de co-gobernanza con los perroflautas.

Lo peor es que ahora el matrimonio ni siquiera puede desprenderse de todo eso en el depósito municipal destinado a las esteras viejas y la Sociedad Protectora contra los Machismos (SPM) ha comunicado a la pareja que tampoco tienen sitio desde que Sánchez formó gobierno, porque en su caso, además, toda la descarga viene de tres mujeres impecables en el verbo: CAT, MAC y TJB…; o sea, Cayetana Álvarez de Toledo, Macarena Olona y Teresa Jiménez Becerril.

La paliza que ayer le dieron las tres damas al ministro no se recuerda igual desde la última de Bud Spencer y Terence Hill y puede que la Marvel haga acopio de material para las próximas series de Batman, Lobezno y Deadpool.

Macarena Olona es una Monica Bellucci fértil y apaisada que detrás de esa voz dulce de soprano ligera en “L’elisir d’amore” oculta la casta y el peligro de una dehesa entera de reses bravas. MAC es una Anna Netrebko de Alicante, como una diosa de espumas del Mediterráneo, que lleva en el bolso al sargento Hartman, de “La chaqueta metálica” de Kubrick.

CAT es como un muro de zarzas y chumberas, un jardín japo de cactáceas y rosales rubios o un hato de espinos y plantas crasas elegantes, al que es mejor no arrimarse demasiado no sea que te estés arrancando púas hasta seis meses más tarde. La esgrima de CAT es minuciosa y preciosista como unas sábanas de hilo, pero no blande florete, sino el látigo de un verbo de avispero y una garrota de pastor de ovejas.

Teresa Jiménez Becerril es una daga de Sevilla, un puñal de Virgen dolorosa y dolorida por el asesinato vil de su hermano y su cuñada y por la orfandad insufrible de sus tres sobrinos a manos de la ETA. A TJB no la distraigas de la esencia del Mal ni frivolices con los juegos florales del independentismo o te asomarás al pozo del dolor vibrante frente a la irracionalidad de los desmemoriados.

Entre las tres arrinconaron a Marlaska y lo pusieron de rodillas a cantar un Miserere de mentiras y excusas inefables, que no podían ser pronunciadas sin que la honra que lució mientras fue magistrado de la Audiencia Nacional se le derritiera como cera por el pantalón de pitillo abajo hasta la punta de sus zapatos. Ayer me pareció que a ese Marlaska narcisista se le deslizaba el tinte por la frente como al profesor Aschenbach (Dirk Bogarde) en la patética última escena de “Muerte en Venecia”.

Cada vez que MAC, CAT y TJB enunciaron una pregunta para el ministro fue como si los tres cerditos soplaran con todas sus fuerzas en la casa del lobo y le quitaran una columna al edificio de iniquidades y miserias en el que Marlaska pretendía cobijar su infame, despendolada y deplorable invasión de competencias.

El pecado de Marlaska fue un secreto a voces en el Congreso y lo que le caía encima no era el peso de la Ley sino el de la honra y la dignidad de una institución con 176 años de Historia y la gallardía inmensa de un plantel de coroneles y generales de la Guardia Civil en defensa de la Constitución y de la separación de poderes.

Ayer, desde detrás de su mascarilla en el salón de Plenos del Congreso, Montesquieu le lanzaba pedorretas soeces al ministro engreído y montaraz del que durante años pensaron todos, por sus resoluciones judiciales, que su ideología era conservadora.

Y sí, yo también creo que Marlaska es un conservador de mala especie, un señorito envalentonado por la alcurnia de sus cargos en la cosa pública, que considera que sus desaires, agravios y caprichos pueden aplacarse humillando a la plebe con dinero o arrojándole unos chuscos para que se calme.

Marlaska ha creído ver en el coronel Pérez de los Cobos a un Azarías de “Los santos inocentes” con tricornio y pensó que podía dispararle a la milana bonita de la honra de ese Cuerpo prometiéndoles una subida de salarios, justo en el momento en el que este país sólo está para desescaladas.

La Justicia -no le hagan caso a Pedro Pacheco- no es un cachondeo, aunque existan jueces que a veces lo parezcan y normas que recuerden más un ditirambo o una orgía que el catón imprescindible de toda democracia.

El ególatra Marlaska, que exigía reserva absoluta a la Policía judicial cuando estaba en la Audiencia Nacional al frente de la lucha anti terrorista, sustituyó en el cargo a otro mayúsculo Narciso (y prevaricador), de nombre Baltasar, que acabó arrastrado con la toga y sus puñetas blancas por el fango de su propia soberbia, la misma que le impide dimitir a este ministro. Pero le sigue el rastro.

Acabará con un gorro de Napoleón u ordenando vaciar el mar para encontrar tesoros prodigiosos en el fondo, como un patriarca solitario de un otoño inacabable.

He dicho.




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2 Comments

  1. José Mª Arenzana dice:

    Gracias, doña Zoé.

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