La matraca del franquismo

Se dice que el emperador Carlos V se detuvo en cierta ocasión ante la tumba de Lutero, y cuando le sugirieron que abriera dicha sepultura para sacar su cadáver y darle su merecido, nuestro rey respondió que él hacía la guerra contra los vivos, no contra los muertos. De esta anécdota edificante, el PSOE de Sánchez podría sacar alguna moraleja. 

Fue diferente lo que ocurrió en la muy civilizada Inglaterra, en la cual los restos de Oliver Cromwell, tras pasar varios años enterrados con todos los honores, fueron exhumados y vejados de forma póstuma por sus enemigos, al llegar estos al poder. Desde luego, esta manía de ciertos políticos rencorosos de ensañarse con las momias de los difuntos resulta, a nuestro juicio, bastante incivilizada, por más dictador que uno haya sido. Los que tenemos cierta formación clásica sabemos, por Antígona, que los tiranos de todos los tiempos son muy dados a violar sepulturas; y los que tienen alguna idea de lo que fue de verdad la Guerra Civil española saben perfectamente que exponer cadáveres y profanar iglesias formaba parte de las aficiones de aquellos rojos a los que admiran tanto los pijiprogres que hoy nos pastorean. Como dicen los jóvenes de hoy, todo es demasiado zombi y demasiado gore para quien presume de racionalismo ilustrado.

Objetivamente, resulta difícil de entender cómo pasan estas cosas en un país en el que, más que problemas, tenemos emergencias gravísimas. Una comunidad autónoma en abierta rebeldía (y otras tres o cuatro más esperando su ocasión); unos políticos que defienden con toda su cara dura a quienes se están preparando para lanzarse al terrorismo; una crisis económica en ciernes; un problemón demográfico que va a estallar antes de lo que nos creemos… Y unos estudiantes que se ponen en huelga para exigir que les pongan aire acondicionado en las aulas y, a la vez, para protestar contra el “cambio climático”.

Pero, para mí, lo más increíble de todo es que la manía sanchesca de querer sacar a su Excelencia de la fosa no solo no parezca oficiosidad ridícula sino que encima le dé rédito electoral al susodicho. Uno no comprende qué clase de catadura moral y de ceguera intelectual anima al electorado español. La reacción del mismo solo se explica como resultado de la matraca en la que estamos instalados hace más de cuarenta años desde todos los medios de comunicación, según la cual Franco era un cruce entre Gengis Kan y Jack el Destripador; y como su imagen ha sido vista a menudo en la televisión saludando efusivamente a Hitler, los votantes han decidido que tan malo era uno como otro, y por eso se querían tanto. Un caso modélico de reductio ad Hitlerum

En eso está la izquierda española, tratando de combatir el espíritu de Franco que vaga silencioso por el Valle de los Caídos, pero que puede soplar en cualquier momento hacia la Plaza de Oriente y reunirse con el de Millán Astray. Y lo malo es que PP y C’s están totalmente paralizados de terror en este asunto, y no hacen más que abstenerse y pasar de puntillas ante él, pues temen que les acusen de fachas si declaran la obviedad de que la tumba de Franco no hace el menor daño donde está, allí en la sierra de Madrid, adonde solo acuden nostálgicos y curiosos, que, por cierto, están en su derecho de pensar y de sentir como les plazca. En eso consiste la tolerancia. La otra obviedad es que todos aquellos que supuestamente aún yacen por las cunetas de España no van a encontrar la menor reparación porque los restos de Don Paco sean trasladados a El Pardo. Ya está bien de querer ser víctima siempre sin reparar nunca en las responsabilidades que uno ha tenido.

Mención aparte merece la actitud que en este tema ha adoptado la Iglesia, que al parecer ha decidido plegarse a lo que diga el gobierno, no vaya a ser que le vayan a venir consecuencias negativas, que todos sospechamos cuáles pueden ser. Si la autoridad canónica de la que depende el Valle de los Caídos dijera “esto es terreno sagrado y de aquí no se exhuma a nadie sin permiso de la familia”, aunque lo diga el Tribunal Supremo o el Doctor Fraude con sus decretos-leyes, el asunto estaría finiquitado. Pero la valentía no parece ser virtud de los Obispos contemporáneos, ni en Roma parece haber la menor sensibilidad hacia una figura que libró a la Iglesia española del exterminio total. Creo que se acabarán arrepintiendo de esta sumisa actitud.

La derecha nunca va a encontrar su sitio hasta que no abandone sus complejos y diga abiertamente lo que muchos españoles pensamos. Que el franquismo fue una mala solución para un problema gravísimo que aquejó a España en los años treinta, pero que no fue un problema que creara Franco, ni siquiera la derecha. La gravísima crisis por la que pasó España en aquellos años fue creada fundamentalmente por la izquierda, por su sectarismo, por su incapacidad para la alternancia democrática, por su radicalismo anticristiano, por su maximalismo revolucionario. Franco no era demócrata, eso nadie lo discute, pero menos aún lo eran sus adversarios, esos que fueron derrotados en el campo de batalla y cuyos herederos pretenden ahora una revancha que llega con medio siglo de retraso.




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