La mamarrachada con la simbología histórica

 

No hay mayor ni más irrefutable prueba de que el águila de San Juan no es emblema del franquismo (figura hasta en el primer ejemplar de la Constitución Española) y que por tanto la Ley de Memoria Histórica o Democrática no pretende nada relacionado con evitar la exaltación de aquel Régimen, que comprobar que hay decenas de monumentos en España con ese escudo de época muy anterior, de tal modo que el empeño en hacer desaparecer cientos de esos escudos no guarda relación alguna con la simbología propia de ese tiempo cuando se pone como ejemplo que en Alemania o en Italia tampoco se permitiría el uso de la simbología nazi o fascista, sino que la razón de eliminarlos es sólo atendiendo a quién o en qué época se colocaron en dichos lugares.

Tanto el águila de San Juan, del tiempo de los Reyes Católicos, como el águila bicéfala del escudo imperial de Carlos V y los Austria fueron usados a lo largo de siglos como símbolos históricos de España (también durante el franquismo), con independencia de que los colocaran en época de Felipe II o del mismísimo Francisco Franco.

Así puede comprobarse en más de mil edificios públicos y sitios históricos, como estos dos ejemplos de Sevilla, uno en el edificio de Parques y Jardines del de María Luisa y el otro en la fuente de los Jardines de Catalina de Ribera o de Murillo, ambos anteriores a la Exposición Iberoamericana de 1929 y, por tanto, anteriores a la implantación de la dictadura franquista tras la guerra civil.

Lo que se pretende, pues, con la eliminación de los escudos y la simbología idéntica ubicada, por ejemplo, en la fachada del Rectorado de la Universidad o en la fachada del antiguo Mercado de Entradores de la calle Pastor y Landero, cuyos escudos monumentales fueron arrancados por la autoridad recientemente, no guarda relación alguna con el verdadero simbolismo de dichos escudos, que es lo que habría pretendido prohibir dicha ley de manera falsa, sino con la identidad del tiempo en que fueron colocados, cosa tan estúpida que obligaría a suprimir la mayor parte de los embalses, hospitales, carreteras y otras obras públicas y privadas hoy existentes de aquel tiempo porque podrían ser considerados una muestra representativa de aquel Régimen, igual que podrían serlo los más de cien pueblos de colonización de nueva planta construidos entre 1945 y 1970.

Este juego de falacias comparativas urdido por la izquierda ha pretendido confundir el uso de una simbología específica propia, como en el caso del nazismo, con la utilización normalizada a lo largo de la Historia y desde hace siglos sólo porque el franquismo prolongó su uso común, lo cual deja a la citada Ley como una mamarrachada que podría condenar el uso de tenedores y cucharas para comer sólo porque Franco o el franquismo utilizaba esa clase de cubiertos a los que entonces podrían también catalogar de “símbolos franquistas”.

Cuando todo se inicia en un absurdo, lo normal es que acabe en el ridículo, como aquí sucede, y nos priva de elementos ornamentales, decorativos y artísticos cuya función y significado, al margen de quién los realizara o los colocara en aquellos lugares, no tiene vínculo posible con el contenido y la pretensión perseguida por el espíritu de la norma, más allá de que mienten cuando se refieren a Italia, país democrático que denosta la etapa del fascismo pero que continúa plagado de edificios con sus rótulos del tiempo de Mussolini e incluso de placas conmemorativas dedicadas a los caídos con toda la simbología de fasces propios de aquel tiempo.

He dicho.




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